Contextos

La educación geopolítica de Donald Trump

Por Michael J. Totten 

Donald Trump. presidente de EEUU
"Los odiadores profesionales de todo lo islámico no tienen remedio. Puedes hacerles ver que Albania, de mayoría musulmana, está entre los países más proamericanos del planeta y seguirán describiéndolo como una amenaza terrorista. Ellos son así. Donald Trump es diferente. Sí es capaz de aprender cosas nuevas y rectificar"

El domingo 21 de mayo, el presidente Donald Trump pronunció en Riad (Arabia Saudí) un discurso ante los líderes de decenas de países de mayoría musulmana escrito por el arquitecto de la campanuda prohibición de viajar a Estados Unidos, Stephen Miller. La mayor parte del mundo se abochornó de antemano. Pero resulta que ese discurso de Trump estuvo radicalmente alejado de la retórica tosca, detestable y completamente histérica que sobre la materia suelen gastarse él y algunos de sus ayudantes.

Aquel día, Trump dijo:

Líderes y ciudadanos de todos los países reunidos hoy aquí: quiero que sepan que Estados Unidos está deseando tener unos lazos más estrechos de amistad, seguridad, cultura y comercio. (…) No estamos aquí para sermonear; no estamos aquí para decir a otros cómo deben vivir, qué hacer, qué ser o a quién rezar. En vez de ello, estamos aquí para ofrecer una asociación, basada en intereses y valores compartidos, en pro de un futuro mejor para todos nosotros.

“Francamente, es el tipo de discurso que podría haber dado el presidente Obama”, comentó Fareed Zakaria, de la CNN, y tenía razón.

Aquellos que se pusieron nerviosos por anticipado tenían motivos para preocuparse. Gracias al presidente de Estados Unidos, nuestras relaciones con México son peores que nunca desde Pancho Villa. Gritó al primer ministro australiano, Malcolm Turnbull, cuando apenas llevaba una semana como presidente. Incluso afirmó, hace sólo un mes, que Canadá está actuando de manera deplorable.

La prohibición de viajar alejó a nuestros amigos y aliados en Irak en el mes de enero (¿pueden creerse que sólo han pasado unos pocos meses?), y dijo un montón de disparates sobre los musulmanes en general y sobre Arabia Saudí en particular cuando era candidato a la presidencia. “Donald J. Trump pide el veto total y absoluto a la entrada de musulmanes en Estados Unidos”, dijo el año pasado, entre vítores, en uno de sus mítines, “hasta que los representantes de nuestro país averigüen qué demonios está pasando”.

Mintió –o al menos fabricó un falso recuerdo– sobre los “miles” de musulmanes de New Jersey que celebraron los atentados del 11-S. “Vi cómo se derrumbó el World Trade Center”, dijo, otra vez en un mitin de campaña. “Y en Jersey City, New Jersey, vi a miles y miles de personas celebrando mientras el edificio se venía abajo. Miles de personas estaban dando gritos de alegría”.

“¿Quién voló el World Trade Center?”, preguntó en Fox News. “No fueron los iraquíes, fue Arabia Saudí. Echen un ojo a Arabia Saudí, abran los documentos”.

“El islam nos odia”, le dijo a Anderson Cooper, de la CNN, hace poco más de un año, como si “el islam” fuese una especie de monolito. Obviamente, muchísimos musulmanes nos odian, pero otros muchos no, y muchos de ellos son nuestros amigos. Prácticamente cualquiera con una pizca de experiencia en esa parte del mundo puede atestiguar que en Oriente Medio hay un inmenso abanico de opiniones sobre Occidente. Es tan obvio y elemental como que el almuerzo va detrás del desayuno. Que Trump aparentemente no lo supiera y hablara de la región entera como si todo el mundo fuese nuestro enemigo alarmó a los diplomáticos, a los profesionales de la política exterior y a los corresponsales en el extranjero de todo el espectro político.

Nadie que no sepa distinguir a un amigo de un enemigo ganará jamás una guerra en Oriente Medio o en otra parte. Se lo garantizo. Trump se quejó incesantemente de que Barack Obama se negaba a identificar públicamente a los “terroristas islámicos radicales” como nuestro enemigo. Bien: tampoco vamos a llegar a ninguna parte negándonos a reconocer que hay musulmanes desde Marruecos al Kurdistán e incluso –en un grado radicalmente menor– en Arabia Saudí que son nuestros aliados. Especialmente, no llegaremos a ninguna parte si tratamos a esta gente de forma tan terrible que ya no puedan volver a trabajar con nosotros.

Pero ha habido un cambio enorme en este tiempo. Tal vez sea en parte el hecho de que, por una decisión del propio Trump, estemos armando a los musulmanes kurdos para combatir al ISIS. El presidente debe de haberse dado cuenta, en algún punto del pasado reciente, de que los saudíes se oponen con mayor firmeza al régimen iraní que nosotros, y que están suavizando su actitud hacia los israelíes. Su asesor sobre Seguridad Nacional, H. R. McMaster, y su secretario de Defensa, James Mattis, seguramente le hayan descrito cuál es la situación allí, y aparentemente les escucha más a ellos de lo que escucha a tipos como Steve Bannon. En su discurso, reconoció que la abrumadora mayoría de las personas asesinadas por terroristas son musulmanas, detalle difícil de cuadrar con el concepto de que todos los musulmanes de la Tierra están programados para ser yihadistas.

Los odiadores profesionales de todas las cosas islámicas, como Pamela Geller, Robert Spencer y Frank Gaffney, no tienen remedio. Puedes hacerles ver que Albania, de mayoría musulmana, está entre los países más proamericanos del planeta y seguirán describiéndolo como una amenaza terrorista. Ellos son así.

Donald Trump es diferente. Jamás cambiará su personalidad. Para el resto de sus días, Trump va a ser Trump. No obstante, sí es capaz de aprender cosas nuevas y rectificar.

Puede que podamos decir que las posiciones previas del presidente eran producto de una monumental ignorancia más que de una ideología pétrea, y es más fácil llenar un recipiente vacío que cambiar el de uno que rebosa.

© Versión original (en inglés): World Affairs Journal
© Versión en español: Revista El Medio