Contextos

¿La crisis migratoria está matando el sueño europeo?

Por Douglas Murray 

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"Hay una urgente necesidad de mejorar el procedimiento por el que se distinguen los auténticos refugiados de los inmigrantes económicos. El sistema actual no resulta adecuado, algo que ha empeorado por el hecho de que, una vez en Europa, resulta muy difícil expulsar a la gente, sean quienes sean. Sería más lógico que los países europeos no dejaran entrar a los inmigrantes mientras averiguan quiénes son (la mayoría de ellos vienen sin papeles), y luego establecer la legitimidad de sus afirmaciones. La UE podría considerar pagar a países norteafricanos por crear centros temporales de ese tipo. Túnez es una posibilidad evidente, lo mismo que Marruecos"

La supresión de fronteras y la libre circulación de personas eran ideas centrales del proyecto de la Unión Europea. Pero actualmente, dondequiera que se mire en el continente, esa visión se está convirtiendo en una pesadilla. La marea de refugiados y emigrantes que atraviesa el Mediterráneo afecta a todos los países europeos y está creando nuevas y preocupantes realidades.

El Gobierno húngaro ha ordenado la construcción de una valla en la frontera con Serbia para tratar de impedir la entrada al flujo de inmigrantes. Se ha colocado una estructura provisional consistente en grandes rollos de alambre de espino. En la frontera italo-austriaca hay retenciones sin precedentes, ya que las autoridades austriacas no permiten el paso de inmigrantes. En Calais reina el caos debido a los inmigrantes que tratan de colarse en el túnel del Canal o de hallar otra forma de pasar desde ese puerto francés a Gran Bretaña. Y en la localidad de Heidenau, en el este de Alemania, ha habido noches de disturbios debido a que los residentes protestaron por un refugio para personas en busca de asilo, quemaron una instalación de acogida para inmigrantes y abuchearon a la canciller Merkel cuando visitó la zona. Su Gobierno acaba de anunciar que espera que 800.000 inmigrantes entren en Alemania este año.

El clima político está cambiando en todas partes. En los últimos años, Suecia ha acogido a un número de inmigrantes por encima incluso de lo que le correspondería. Su Gobierno se jacta orgulloso del ejemplo que cree estar dando. Pero una consecuencia de ello es que, según las últimas encuestas de opinión, el partido Demócratas Suecos, contrario a la inmigración, obtiene resultados superiores a cualquier otra formación. Hasta hace poco este grupo obtenía porcentajes de una sola cifra en las encuestas.

En otros sitios las cosas, aunque no se estén desintegrando, sí que están dejando de sostenerse. Polonia, la República Checa y Eslovaquia anunciaron en los últimos días que no aceptarían la entrada de más inmigrantes musulmanes. Puede que eso infrinja las políticas migratorias y de asilo de la UE, pero los tres países insisten en que de ahora en adelante sólo aceptarán refugiados cristianos procedentes de Siria.

Y eso que estos países son los que menos están padeciendo el problema. Según los términos del Tratado de Dublín, los refugiados solicitan asilo en el primer país de la Unión Europea al que lleguen, así que quienes cargan actualmente con mayor responsabilidad son Italia y Grecia. Y está empezando a notarse. En marzo, el ministro de Defensa griego amenazó a otros Estados miembros de la UE con inundar de inmigrantes el resto de Europa, incluidos combatientes del Estado Islámico, si no ayudaban más a la economía de su país. En junio, el Gobierno italiano amenazó con conceder visados a los inmigrantes que les permitirían viajar legalmente a cualquier lugar de la Unión. Esas amenazas cuadran mal con el propósito declarado de la UE de lograr una “unión cada vez mayor” entre los Estados miembros. Son una pistola en la sien de la integración europea.

Naturalmente, la inmigración a través del punto débil de Europa no es ninguna novedad; lo que sí lo es es la escala del movimiento migratorio y lo inadecuado de la respuesta al mismo. Este año ya hemos asistido a la mayor entrada de inmigrantes hasta la fecha, y no hay un fin a la vista.

La causa de la crisis no es sólo la terrible situación en Siria y Eritrea, sino la gente procedente del África subsahariana, entre otros lugares, que busca una vida mejor para poder mantener a sus familias. El caos en Libia, evidentemente, hace que el problema de los puntos de partida elegidos resulte difícil de abordar. Pero es poco probable que la situación en sus países de origen cambie a corto plazo.

No está precisamente en manos de Europa estabilizar la situación en Siria y Eritrea (por nombrar sólo dos países) y mejorar las condiciones de vida en el África subsahariana y el resto de la región. Quien crea que el Viejo Continente puede arreglar los problemas de esos países, aparte de los suyos propios, es tan ingenuo como quienes creen que el problema empieza en Calais. Este reto exige, sin embargo, una respuesta de amplio espectro que no esta siendo considerada en absoluto.

Hay motivos para esta parálisis. Hasta ahora, la cuestión de qué hacer sigue siendo veneno (políticamente hablando) para cualquiera de los principales políticos de Europa Occidental. Durante este verano, el primer ministro británico David Cameron se refirió de pasada al “enjambre” de inmigrantes de Calais. Sus oponentes políticos saltaron de inmediato y criticaron su lenguaje “ofensivo”. ¿Cómo de posible es entonces proponer la clase de pensamiento audaz que tenemos que considerar en Europa si seguimos reduciendo nuestra respuesta a esta crisis a juegos de palabras?

El primer reto podría ser tratar de animar a los inmigrantes a permanecer más cerca de los países de los que huyen. El profesor Paul Collier sugirió recientemente el establecimiento en Jordania de refugios de trabajo patrocinados por la Unión Europea para asegurar que los refugiados sirios (que constituyen el 40% de los recién llegados a la UE) tengan un aliciente para permanecer en la región. Eso no sólo les concederá una mayor posibilidad de integrarse, sino que les facilitara el regreso a casa cuando la situación mejore, si es que lo hace. Deberían considerarse proyectos análogos en otras áreas.

También hay una urgente necesidad de mejorar el procedimiento por el que se distinguen los auténticos refugiados de los inmigrantes económicos. El sistema actual no resulta adecuado, algo que ha empeorado por el hecho de que, una vez en Europa, resulta muy difícil expulsar a la gente, sean quienes sean. Sería más lógico que los países europeos no dejaran entrar a los inmigrantes mientras averiguan quiénes son (la mayoría de ellos vienen sin papeles), y luego establecer la legitimidad de sus afirmaciones. La UE podría considerar pagar a países norteafricanos por crear centros temporales de ese tipo. Túnez es una posibilidad evidente, lo mismo que Marruecos. Quizá el Gobierno francés pudiera negociar con los argelinos. A menos que alguien tenga ganas de volver a Libia, ésos son los socios con los que podríamos colaborar.

Una vez llegados a Europa los legítimos refugiados, también será crucial crear un sistema de permisos de residencia más matizado y por niveles, en vez del sistema de talla única. Así, aparte del derecho de estancia permanente, deberían existir permisos temporales, limitados estrictamente al lugar y el periodo para el que hayan sido emitidos.

Puede que en algún momento haya que adoptar estas pocas sugerencias. Muchos legisladores así lo reconocen, en privado. Pero mientras los líderes europeos siguen aguardando a que estas ideas se vuelvan políticamente aceptables, van haciendo rodar el problema por todo el continente. Es hora de que tomen las riendas. Si fracasan, se levantarán vallas por toda Europa y al menos una parte del sueño europeo, si no es que es más, puede morir con ello.

© Versión original (en inglés): Gatestone Institute
© Versión en español: Revista El Medio