Contextos

La crisis diplomática entre Estados Unidos y Turquía

Por Burak Bekdil 

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"La Administración estadounidense no debería repetir los errores que el bloque occidental ha cometido con Erdogan desde que éste llegó al poder, en 2002. Tratar con guante de seda a Turquía no la ha hecho anclarse a Occidente. Al contrario: ha animado a Erdogan a abusar del 'valor simbólico' de su país y lo ha convertido en un socio a tiempo parcial con una poderosa afición al chantaje"

En términos oficiales, Turquía y EEUU son aliados en la OTAN y socios estratégicos. En estos días, su relación parece cualquier cosa menos una alianza o una asociación, pero el cambio no se ha producido de la noche a la mañana.

En 1964, el presidente estadounidense Lyndon Johnson advirtió a Turquía contra movimientos militares imprudentes que pudiera estar planeando en Chipre. La famosa carta de Johnson llevó al primer ministro turco del momento, Ismet Inönü, a convocar a su Gabinete para una sesión de urgencia. Esa fue la primera grieta importante entre Estados Unidos y su aliado del sudeste europeo, guardián de una de las fronteras de Occidente con la URSS. La carta de Johnson también fue el primer incidente que prendió la mecha (sobre todo en la izquierda) del antiamericanismo en Turquía.

La advertencia del presidente Johnson puede que contribuyera a que el Ejército turco permaneciera en sus barracones mientras, a finales de la década de 1960, el conflicto intercomunitario chipriota se agravaba. Pero en 1974 ese mismo ejército invadió el tercio norte de la isla, en respuesta a una efímera intentona golpista que pretendía anexionar Chipre a Grecia. En 1975, el Congreso norteamericano dictó un embargo de armas a Turquía, pese a las objeciones de la Administración Ford, después de que Ankara se negara a renunciar a ninguno de los territorios que había capturado el año anterior.

Cuarenta y tres años después, el Congreso dio un paso hacia la prohibición de la entrega de aviones furtivos F-35 a Turquía después de que la Cámara de Representantes y el Senado acordaran un texto para un proyecto de ley sobre gasto en defensa. Las dos cámaras accedieron a prohibir la entrega de más F-35 a Turquía hasta que el Pentágono presentara un plan que valorara el impacto de expulsar a Ankara del programa Joint Strike Fighter (el análisis llegaría noventa días después de que el texto se convirtiera en ley).

Ahora no estamos en 1964 ni en 1975. En primer lugar, en las décadas de 1960 y 1970 la opinión pública turca era en gran parte proamericana (y antisoviética), y el antiamericanismo era “cosa de la extrema izquierda”. En 2017, sin embargo, el 79% de los turcos consultados por el Pew Research Center dieron una opinión desfavorable de EEUU, frente a la media global del 39%. El antiamericanismo es más fuerte en Turquía que en Venezuela, el Líbano, Túnez, Indonesia e incluso Rusia.

En segundo lugar, las anteriores crisis turco-americanas fueron en gran medida monocausales, mientras que la actual tiene múltiples dimensiones, y por lo tanto es más difícil de resolver.

He aquí algunos de los problemas que lastran la relación en el día de hoy:

1. Los turcos han acusado a la Administración Trump –como hicieron antes con la Administración Obama– de armar y financiar a los “terroristas kurdos” en el norte de Siria. Esos “terroristas” son la principal fuerza terrestre de EEUU en la lucha global contra el Estado Islámico. Ankara y Washington llegaron este año a una suerte de compromiso sobre los kurdos sirios y la administración de la estratégica localidad siria de Manbij, pero ese acuerdo parece frágil en el largo plazo.

2. Ankara culpa a la Administración estadounidense de cobijar al clérigo exiliado Fethullah Gülen, supuesto cerebro del fallido golpe de Estado de julio de 2016.

3. Ignorando persistentemente las advertencias de Occidente y la OTAN, el presidente Recep Tayyip Erdogan parece decidido a desplegar los sistemas aéreos y antimisiles S-400, de fabricación rusa, en territorio turco. Turquía se convertirá así en el primer país de la OTAN en desplegar el S-400. Como Washington no deja de repetir, eso expondría los aparatos de la OTAN –en particular los F-35– al riesgo de ser escrutados por los rusos. Ankara está gestionando en privado nuevas adquisiciones de armas rusas.

4. Una entidad financiera turca de titularidad estatal, Türkiye Halk Bankası AŞ (Halbank), está siendo objeto de una investigación penal en el distrito sur de Nueva York, acusada de ayudar a Irán a eludir sanciones. Su subdirector, Hakan Atilla, fue encarcelado en mayo por dichas acusaciones. Los observadores consideran que Halbank será probablemente objeto de sanciones.

5. En mayo, el presidente Trump anunció que EEUU se retiraba del acuerdo internacional sobre el programa nuclear iraní y que reimpondría las sanciones a Teherán. Su Administración también amenazó a otros países con sanciones si no cesaban sus importaciones de petróleo iraní (a pesar de un descenso del 20%, Irán siguió siendo el principal proveedor de crudo de Turquía en el primer trimestre del año). El 24 de julio, el ministro de Exteriores turco, Mevlüt Çavuşoğlu, dijo que Turquía no aplicará las sanciones estadounidenses a Irán. Anteriormente, Ankara había transmitido el mismo mensaje a una delegación del Tesoro de EEUU. Y el día 25 Erdogan afirmó que Irán es “un vecino y un socio estratégico” de Turquía.

6. En el centro de la crisis diplomática entre EEUU y Turquía se encuentra el pastor Andrew Brunson, ciudadano estadounidense residente en Izmir (Esmirna) desde hace 23 años. El Gobierno de Erdogan arrestó a Brunson en 2016 y le imputó cargos de espionaje y golpismo. Las actividades de Brunson fueron vinculadas por las fuerzas del orden turco a Gülen y los milicianos kurdos, atípica misión doble. Después de un año en la cárcel, Brunson fue puesto en arresto domiciliario, pero para Washington era demasiado poco y demasiado tarde. El pastor Brunson es el ejemplo más visible de lo que algunos llaman la diplomacia de los rehenes turca: Turquía ha detenido a veinte ciudadanos estadounidenses, incluidos Brunson y tres empleados de consulados estadounidenses.

El fuego cruzado no hace sino cobrar intensidad. El presidente Trump amenazó a Turquía con “mayores sanciones”, a lo que el ministro de Exteriores turco, Çavuşoğlu, repuso: “Jamás toleraremos amenazas de nadie”. Washington sancionó a los ministros de Interior y Justicia turcos congelándoles sus cuentas bancarias en Estados Unidos, gesto huero porque esas cuentas no existen. El 4 de agosto, Erdogan dictó a su vez sanciones contra los secretarios estadounidenses de Interior y Justicia, intensificando así el conflicto diplomático. (Los estadounidenses tampoco tienen cuentas bancarias en Turquía).

Erdogan, que acaba de salir victorioso de las cruciales elecciones presidenciales del 24 de junio, sigue dando alas al sentimiento turco generalmente xenófobo y concretamente antiamericano. “Los que crean que pueden hacer que Turquía dé un paso atrás con sanciones absurdas nunca han conocido este país. Nunca hemos agachado la cabeza ante esas presiones y nunca lo vamos a hacer”, dijo.

Erdogan, que suele ser un maestro de la política de confrontación, se ha cuidado hasta ahora de evitar un duelo verbal directo con Trump. En su lugar está intentando fomentar divisiones imaginarias dentro de la Administración estadounidense. En un discurso, Erdogan dijo que a Trump lo están “engañando” y tachó las sanciones estadounidenses de trama imperial. Recurrió a una retórica harto conocida para sostener este argumento: “Esto no es más que la manifestación de un enfoque evangélico y sionista”.

Hasta ahora, el único ganador de la disputa entre EEUU y Turquía ha sido Moscú (y, en menor grado, Pekín). El conflicto no conducirá a la guerra entre los dos mayores ejércitos de la OTAN, pero sí empujará más a Turquía a la órbita no occidental.

¿Qué se debe hacer?

Hay límites ideológicos y geoestratégicos al afán turco de alejarse de la OTAN. Turquía, simplemente, no es bienvenida como aliada en el bloque euroasiático excepto por su valor puntual como herramienta para dividir a la alianza occidental a la que teóricamente pertenece. El impulso occidental de tratar con suavidad a Ankara para impedir que se corra más hacia Eurasia no es muy afortunado.

La Administración estadounidense no debería repetir los errores que el bloque occidental ha cometido con Erdogan desde que éste llegó al poder, en 2002. Tratar con guante de seda a Turquía no la ha hecho anclarse a Occidente. Al contrario: ha animado a Erdogan a abusar del valor simbólico de su país y lo ha convertido en un socio a tiempo parcial con una poderosa afición al chantaje.

© Versión original (en inglés): Begin-Sadat Center for Strategic Studies (BESA)
© Versión en español: Revista El Medio