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La CIA farolera y el último sah

Por Mario Noya 

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Hace unos años publiqué un artículo, “Menos lobos, caperuCIA, en el que negaba la verdad proclamada de que la célebre Central Americana de Inteligencia fue la artífice del derrocamiento del primer ministro iraní Mohamed Mosadeq. Para ello, me basé en un artículo que califiqué de “extraordinario” y que apareció en la desaparecida The Weekly Standard en junio de ese mismo 2013. Se titulaba “The Myth of an American Coup” y lo firmaba Ray Takeyh, del Council on Foreign Relations.

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Pues bien, Takeyh acaba de publicar un libro sobre el último sah (así se titula, de hecho) en el que vuelve sobre el tema y del que ha publicado una extraordinaria reseña Michael Doran en el Wall Street Journal. Aquí va un cumplido extracto de la misma:

Lo más destacado del libro de Takeyh es su reinterpretación del golpe contra el primer ministro Mohamed Mosadeq en 1953, el acontecimiento más controvertido en la historia de las relaciones irano-americanas. Nadie ha moldeado la comprensión del golpe como Kermit Roosevelt, nieto del presidente Theodore Roosevelt y el hombre de la CIA en Teherán en 1953. Talentudo vendedor de sí mismo, Kermit Roosevelt se pintó en sus memorias como el arquitecto principal del golpe, asunción que desecha Takeyh. El golpe, dice este último, “fue un complot más iraní que americano”.

En realidad hubo dos complots, y sólo el primero de ellos era americano. Además, observa Takeyh, era “el secreto peor guardado de Teherán”. Cuando el sah siguió el guión de Roosevelt y mandó al coronel Nematolá Nasiri, comandante de la Guardia Imperial, a destituir a Mosadeq, el astuto primer ministro estaba tranquilamente a la espera. Y arrestó a Nasiri. Pese a tener la autoridad constitucional para echar al primer ministro, el sah abandonó el país temeroso de perder la vida y se refugió en Italia. El golpe de la CIA fue un fiasco.

Pero la marcha del sah generó una reacción popular, y las multitudes llenaron las calles en manifestaciones espontáneas contra Mosadeq. Por su parte, la élite tradicional estaba tan deseosa como las masas por traer de vuelta al sah. A ojos de la élite, Mosadeq era un peligroso demagogo, un aspirante a dictador y un enemigo de la monarquía. 

El camino quedó entonces expedito para el arquitecto del segundo complot, el general Fazlolá Zahedi, al frente de una gran coalición de líderes tradicionales contrarios al primer ministro. En el segundo golpe, arguye convincentemente Takeyh, hubo “demasiados actores, demasiada improvisación y demasiadas variables impredecibles” como para haber sido fruto de un solo cerebro, y para qué hablar del de un extranjero como Roosevelt, que no hablaba el idioma ni estaba familiarizado con Irán. Zahedi y su cohorte eran “nacionalistas que trataban de salvar su país y preservar sus instituciones”, dice Takeyh. Habrían derrocado al primer ministro “aun cuando Kermit Roosevelt no hubiera puesto un pie en Irán”.

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Al sah lo salvaron las élites tradicionales… pero él no lo vio así. Él más bien las veía como una casta que podía poner y quitar reyes a conveniencia y se afanó en segarles la hierba bajo los pies. Decisión que acabó por costarle la corona.

Volvamos de nuevo a la reseña de Doran:

Durante los años 60, el sah llevó a cabo una serie de reformas diseñadas para neutralizar a la élite mediante una vasta expansión del poderío policíaco del Estado y el socavamiento de la base económica de los aristócratas. Se rodeó de tecnócratas obsecuentes sin habilidades políticas que se lo debían todo y temían decirle cualquier cosa que no quisiera oír.

La del sah fue una figura de hechuras shakespearianas. Heredó de su padre el instinto autocrático pero no su crueldad. El éxito de su monarquía imponía que compartiera el poder y las responsabilidades con la clase dirigente tradicional, pero no estaba capacitado para esa tarea. “La contradicción que acabó por destruir su régimen”, concluye Takeyh, es que “tenía el gusto por el absolutismo pero no el carácter para sostenerlo”.

Para derrocarlo no hizo falta conspiración alguna de potencias extranjeras. Cuando le acabó surgiendo un enemigo astuto y sanguinario, el ayatolá Jomeini, el sah no tenía ni redaños para combatir ni aliados que le ayudaran a hacerlo.