Contextos

La batalla de Jerusalén

Por Moshe Phillips Benyamin Korn 

Bandera de Jerusalén.
"Washington quiere crear un Estado palestino contiguo a Israel, con una gran parte de la ciudad de Jerusalén como capital. La única forma de hacerlo es manteniendo la creencia de que el liderazgo palestino es 'moderado'. Admitir que Abás es el que incita a la violencia significaría reconocer que no quiere la paz y, por consiguiente, desbaratar por completo la premisa de la política de la Administración sobre Oriente Medio"

“Esto es una batalla por Jerusalén”, dijo recientemente el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en una alocución televisiva a sus conciudadanos. Está en lo cierto. Pero debido a la presión de la Administración Obama, Israel está luchando maniatado.

La guerra empezó el pasado verano. Turbas de árabes palestinos empezaron a atacar a israelíes –conductores u oficiales de policía– en algunos barrios del este de Jerusalén. No hubo provocación alguna. No reaccionaban ante ninguna iniciativa israelí. Simplemente trataban de matar judíos.

El 1 de septiembre, un autobús fue apedreado, a resultas de lo cual cayó herida una niña israelí de tan sólo 3 años. El 2 de octubre, víspera de Yom Kipur, una familia israelí que volvía del Muro de las Lamentaciones acabó, accidentalmente, en el barrio árabe de A Tur. Los lanzapiedras se abalanzaron sobre su presa. Dos de las muchachas que iban en el vehículo familiar resultaron heridas, una manera delicada de decir que estuvieron a punto de morir apedreadas.

Para los árabes que tratan de conquistar Jerusalén, el hecho de herir a unas chicas israelíes de cuando en cuando no es suficiente. Entre el 17 y el 19 de octubre la televisión oficial palestina emitió repetidas veces un comunicado del presidente de la Autoridad Palestina (AP), Mahmud Abás, en el que afirmaba que los judíos estaban secretamente planeando “ultrajar” la mezquita de Al Aqsa e instaba a los árabes a “frenarlos de cualquier manera”.

Los palestinos captaron el mensaje. El 22 de octubre Abdelramán al Shaludi estrelló su coche contra una parada del tranvía de Jerusalén y mató a dos personas –una de ellas era un bebé de apenas 3 meses, Jaya Zisel Braun, de nacionalidad norteamericana– e hirió a otras ocho. Sultán Abu al Einen, consejero del presidente Abás, elogió públicamente a Al Shaludi coronándolo como un “valeroso mártir”. Y en la página oficial de Facebook de Al Fatah, el partido de Abás, se calificó de “heroico” al asesino.

Una semana después llegó el intento de asesinato de un rabino americano-israelí, Yehuda Glick. Abás dijo del criminal: “Alcanzó el cielo mientras defendía los derechos de los nuestros”. Al Fatah organizó manifestaciones por toda la ciudad y llamó a “los luchadores y a las masas” a un “día de ira” en el Monte del Templo y en toda Jerusalén. Como era de esperar, la Policía israelí impidió a los musulmanes llegar al Monte ese día; asimismo, descubrió un almacén de bombas en Al Aqsa.

La AP declaró inmediatamente que la Policía había profanado la mezquita y que el cierre del Monte probaba que Israel quería destruirla, lo cual serviría de pretexto para más actos terroristas palestinos, desde un nuevo ataque al tranvía el 5 de noviembre (2 muertos, 13 heridos) hasta el asesinato de cinco judíos (tres de ellos americanos) en Har Nof, el 18 del mismo mes. Durante todo este tiempo, Abás siguió avivando el fuego con discursos acerca de la pretensión judía de “contaminar” la mezquita.

Cualquier persona razonable puede ver que las afirmaciones de la AP son burdas mentiras, y que éstas desempeñan un papel primordial en la incitación a la violencia. Pero la Administración Obama tiene una agenda política que parece interferir con la disposición a enfrentarse a los hechos.

Washington quiere crear un Estado palestino contiguo a Israel, con una gran parte de la ciudad de Jerusalén como capital. La única forma de hacerlo es manteniendo la creencia de que el liderazgo palestino es “moderado”. Admitir que Abás es el que incita a la violencia significaría reconocer que no quiere la paz y, por consiguiente, desbaratar por completo la premisa de la política de la Administración sobre Oriente Medio.

De ahí la impactante –o incluso repulsiva– respuesta del presidente Obama a la matanza de Har Nof: “Muchos israelíes han muerto, pero también muchos palestinos”.

Los israelíes que han muerto eran víctimas inocentes del terrorismo palestino. La mayoría de los palestinos que han muerto eran terroristas. Pero a ojos del señor Obama todo está bastante empañado, no hay distinciones morales y todos son culpables. Esa es su única manera de proseguir con la mentira de la moderación palestina y en pro del Estado palestino.

La Administración Obama se equivoca. Los Estados Unidos deberían ponerse del lado del aliado pacificador, Israel, en su lucha contra el terrorismo palestino en Jerusalén. No importa que las víctimas sean tres americanos decapitados por el Estado Islámico o tres americanos sacrificados en una sinagoga de Jerusalén: América e Israel luchan contra el mismo enemigo.

Se está librando la batalla por Jerusalén, y no está siendo una lucha justa. Los terroristas palestinos usan piedras, bombas, coches y hachas. Los líderes palestinos los elogian, protegen y financian. Israel trata de defenderse desesperadamente, pero la Administración Obama, con su presión y sus críticas implacables y su equivalencia moral, de hecho está maniatando a Israel.

Ha llegado el momento de que los judíos norteamericanos den un paso al frente. No con cenas benéficas y típicos discursos recaudatorios, sino con el foco puesto en una política de acción efectiva que mande un mensaje a la Administración y movilice al Congreso y al pueblo americanos en socorro de Israel y Jerusalén. Ha llegado el momento de que los judíos norteamericanos acepten el desafío. Antes de que se pierda la batalla.

The Algemeiner