Contextos

La batalla de Afganistán

Por Clifford D. May 

Afganistan
"Afganistán es una batalla de una guerra que empezó en el pasado remoto; una guerra que aún no hemos ganado; una guerra que probablemente siga su curso. Muchos estadounidenses y europeos consideran intolerable la perspectiva de una 'guerra eterna'. Nuestros enemigos, en cambio, tienen paciencia y determinación. No se debería subestimar la ventaja que eso les da"

Se suele decir que la de Afganistán es la guerra más larga de EEUU, pero eso es impreciso. Afganistán es la batalla más larga de lo que algunos insistimos en denominar la Guerra Larga.

¿Cuándo empezó el conflicto?

En 1996, Osama ben Laden emitió una “Declaración de guerra contra Estados Unidos”. La mayoría de los analistas lo consideraban un mindundi por el que no tenía que preocuparse la superpotencia que disfrutaba de los dividendos de la paz posterior a la Guerra Fría.

En 1998, Ben Laden firmó una fetua en nombre del Frente Islámico Mundial para la Yihad contra los Judíos y los Cruzados; en ella proclamaba que matar a “los americanos y sus aliados –civiles y militares–, en cualquier país y de la manera que fuera,” era “un deber individual para todo musulmán”. De nuevo se prestó una escasa atención; hasta que, unos meses después, dos embajadas estadounidenses en África fueron un atentado con bombas. Entonces, la Administración Clinton respondió disparando unos cuantos misiles contra un campo de Al Qaeda en Afganistán.

Sin duda envalentonados por semejante ineficacia, en 2001 terroristas de Al Qaeda secuestraron varios aviones de pasajeros y los estrellaron contra el Pentágono y las torres del World Trade Center de Nueva York, matando a miles de personas. (O, como prefiere decir la congresista demócrata Ilhán Omar: “Algunas personas hicieron algo”).

Pero fue 22 años antes cuando el ayatolá Ruholá Jomeini comandó una revolución en Irán con el objetivo, según sus propias palabras, de “establecer el Estado islámico mundial”.

Así que, ¿en cuál de esas fechas empezó la guerra? Creo que en ninguna de ellas. Creo que nuestros enemigos, cuya memoria histórica es más aguda que la nuestra, tienen algo que decir al respecto. Y los líderes de la República Islámica de Irán, Al Qaeda, el Estado Islámico y las muchas otras organizaciones yihadistas que operan en decenas de países coinciden todos en que la guerra que están librando comenzó en el siglo VII, cuando los primeros ejércitos islámicos salieron de Arabia y conquistaron reinos, tierras y pueblos por todo el mundo.

Desde entonces, imperios islámicos y califatos han reinado en Oriente Medio, el norte de África, Asia Central y buena parte de Europa. El último de ellos, el Imperio y califato otomano, fue derrotado en la Primera Guerra Mundial y en consecuencia colapsó.

Los atentados del 11-S fueron una represalia por esa catástrofe, como el propio Ben Laden dijo más tarde en un mensaje televisado. Gracias a los talibanes, que se hacen llamar “Emirato Islámico de Afganistán” y la “Espada de la Yihad”, el terrorista saudí se permitió el lujo de planearlos desde una relativa seguridad. Los talibanes lo protegieron incluso después de los atentados. Pero las fuerzas norteamericanas los expulsaron rápida y eficazmente del poder.

¿Qué salió mal luego?

No le prestamos la debida atención a la consolidación de esas victorias militares [en forma de] resultados políticos sostenibles”, me dijo el teniente general H. R. McMaster, que prestó servicio en Afganistán y como asesor de seguridad nacional del presidente Trump. Peor aún, en lugar de una campaña militar de 17 años, EEUU ha librado “una campaña de un año 17 veces, y nuestra estrategia se ha basado en unos supuestos erróneos sobre la naturaleza del conflicto”.

Las misiones asignadas a los comandantes estadounidenses eran a menudo poco claras. “Con la Administración Obama, los talibanes dejaron de ser considerados enemigos”, rememora con asombro el general McMaster. “Los talibanes pudieron recomponerse. Pudieron aprovecharse de un Estado débil, y ahora estamos en este ciclo: cuando sí dedicamos los recursos necesarios, anunciamos nuestros plazos de retirada”.

“Básicamente, la guerra es una competición de voluntades”, afirma el general. “Así que si dices: ‘Oye, me gustaría negociar un acuerdo. Y, ah, por cierto, que me voy’, ¿cómo va a funcionar eso? Eso no funciona”.

El presidente Trump y sus asesores están lidiando ahora con decisiones difíciles. Si nuestras tropas han de seguir en Afganistán, deberían tener una misión clara y alcanzable, una que refuerce nuestra seguridad nacional.

Parece improbable que se pueda transformar Afganistán en una democracia liberal. Derrotar definitivamente a los talibanes podría requerir más recursos de los que se pueden poner a disposición en un momento en que tenemos otras batallas que luchar y otros adversarios que mantener a raya.

Una tercera opción es reforzar poco a poco y con dificultades la capacidad de Afganistán para gobernarse a sí mismo, y asegurar que nunca vuelva a ser utilizado como santuario, campo de entrenamiento y centro de mando para la comisión de ataques terroristas internacionales a gran escala.

Dirán que soy un imperialista, pero tampoco me entusiasma que abandonemos Afganistán y lo dejemos en manos de unos fanáticos que arrojan ácido a la cara de niñas que van camino de la escuela.

Si lo que estoy describiendo es una misión imposible, la única alternativa sensata es retirarse del campo de batalla. Pero en ese caso deberíamos ser sinceros con nosotros mismos sobre este fracaso a cámara lenta y aprender de él. Debemos imaginar los beneficios que cosecharán nuestros enemigos a escala global y planificar en consecuencia.

El embajador estadounidense Zalmay Jalilzad ocupa un curioso cargo: representante especial para la Reconciliación Afgana. Ha estado negociando con los talibanes y ha anunciado un “borrador de acuerdo”. Mis colegas Thomas Joscelyn y Bill Roggio, del Long War Journal de la FDD, lo han calificado de “farsa”. Están convencidos de que, en el mejor de los casos, dará a EEUU un “intervalo decente” antes de que Afganistán se utilice como “centro para el terrorismo internacional una vez más”. Creen que la relación de los talibanes con Al Qaeda nunca ha sido más fuerte. Sirva como refuerzo de esta tesis que los talibanes anunciaron a principios de mes una nueva ofensiva: las Operaciones Al Fath Yihadi. Al Fath significa “victoria”.

Afganistán es una batalla de una guerra que empezó en el pasado remoto; una guerra que aún no hemos ganado; una guerra que probablemente siga su curso. Muchos estadounidenses y europeos consideran intolerable la perspectiva de una guerra eterna. Nuestros enemigos, en cambio, tienen paciencia y determinación. No se debería subestimar la ventaja que eso les da.

© Versión original (en inglés): FDD
© Versión en español: Revista El Medio