Revista de Prensa

La ayuda humanitaria y la Autoridad Palestina

 

Mahmud Abás

Los líderes palestinos reciben anualmente millones de dólares para ayudar a su pueblo que, sin embargo, acaban siendo empleados en otros fines, entre ellos la propia corrupción. Simon Shaphira y Jacques Neriah, del Jerusalen Center for Public Affairs, proponen a Trump una iniciativa para cambiar el destino de la ayuda estadounidense.

[Con esta finalidad] EEUU tendrá que presentar un paquete de ayudas a desembolsar en los próximos años, destinadas a producir crecimiento, empleo, prosperidad y recuperación. Todos los proyectos serían llevados a cabo por firmas americanas trabajando con subcontratistas locales. (…)

Por ejemplo, las ciudades palestinas son una pesadilla para el planeamiento urbanístico. Reorganizar los campos-ciudades de refugiados con el fin de servir mejor a los ciudadanos debe ser una prioridad. La Franja de Gaza es una de las áreas con más densidad demográfica del mundo. La única manera de sobrevivir a la explosión demográfica es (…) mediante el desmantelamiento de los campos de refugiados actuales y construir en su lugar un moderno complejo de torres de gran altura con las infraestructuras necesarias (guarderías, escuelas, parques infantiles, hospitales y servicios municipales). En la nueva situación política es inconcebible que se pueda permitir la existencia de las condiciones en las que un palestino que vive en su propio Estado siga considerándose un refugiado.

Las preocupaciones comunes en cuanto a la seguridad entre Riad y Jerusalén parecen anunciar el inicio de unas relaciones más estrechas y el abandono de la política anti-israelí de los saudíes. Sin embargo, David Andrew Weinberg y David Daoud, de la Foundation for Defense of Democracies, defienden en este artículo conjunto que Arabia Saudí sigue siendo un enemigo de Israel.

Sí, Arabia Saudí e Israel están alineados contra la amenaza de Irán, pero están lejos de ser aliados. Curiosamente, muchos funcionarios saudíes y otras personalidades siguen propagando el odio hacia los judíos e Israel, así como otros expresan tolerancia y moderación.

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En 2015, el gran muftí nombrado por el Estado predicó que los judíos estaban planeando destruir la mezquita de Al Aqsa en Jerusalén y llamó al ISIS “parte del Ejército israelí”. La principal autoridad religiosa del Estado elogió lo que denominó “la yihad palestina y la defensa de los santuarios musulmanes en Palestina”, calificando de acto de “terrorismo” la llamada “violación de la santidad de los lugares sagrados islámicos”.

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El incipiente deshielo de las relaciones con Israel y el pueblo judío es un paso en la buena dirección . Sin embargo, el permiso de Riad a sus funcionarios para inflamar el antisemitismo es contradictorio con este objetivo y, definitivamente, malo para los intereses americanos. (…)

Si el reino quiere convertirse en un líder regional responsable y moderado tiene que actual como tal y extender esa moderación a los pueblos de las distintas confesiones. Y sí, eso incluye también a los judíos.

Jonathan Schanzer se refiere aquí a la imposibilidad de contar con una voz unitaria de los pueblos árabes, a pesar de la creencia en contrario de la Administración estadounidense.

La única “verdad básica” que pude discernir es que el mundo árabe es un complejo mosaico de identidades nacionales, fuertemente influenciadas por el clan, la familia, la tribu y, por supuesto, la religión. La gente habla diferentes dialectos y abraza distintas culturas. Sí, hay puntos en común entre los árabes, pero cuanto más viajas a través de la región más consciente eres de las diferencias.

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Si el presidente hunde a EEUU en otro conflicto o decide no participar en él, la opinión pública árabe no jugará ningún papel. En la actual América populista, la discusión se ha desplazado directamente a lo que la gente aquí cree que va en interés nacional.

Buena suerte a los burócratas de Oriente Medio y a los analistas políticos que están tratando de determinar exactamente qué significa eso.