Contextos

La auténtica 'Nakba' palestina

Por Philip Carl Salzman 

Kefia palestina.
"Culpar a Israel de todos los problemas palestinos tiene aún menos sentido que atribuir el declive económico, político y cultural del mundo árabe-islámico de los últimos siglos a las intervenciones relativamente breves y limitadas de Occidente"

Hace ahora setenta años, el Comité Especial de Naciones Unidas para Palestina presentó a la Asamblea General de la ONU una exhaustiva propuesta de división de Palestina en un Estado judío y otro árabe que fue aprobada, menos de tres meses después, con 33 votos a favor y 13 en contra. No sería la última vez que un esfuerzo internacional concertado para resolver el conflicto israelo-palestino topara con el escollo del rechazo árabe.

Los árabes musulmanes condenaron duramente el plan de partición de la ONU –y, en términos más generales, la propia idea de un Estado judío en cualquier parte de Palestina– y lucharon por la victoria completa. Siguiendo el principio tribal de que los más cercanos deben unirse contra los más lejanos, la oposición a los judíos fue de tipo jerárquico y también religioso. Los judíos no eran parientes y, aun peor, eran infieles.

Los árabes actuaron conforme a su tradición y se negaron a llegar a acuerdos con quienes consideraban inferiores. Durante más de un milenio, los imperios islámicos se extendieron por las armas por todo Oriente Medio, el norte de África, buena parte de Europa y hasta la remota India. Dios confirió a los musulmanes el derecho –no: el deber–  de dominar Dar al Islam [“la Casa del Islam”] para siempre. No sólo es que los judíos, durante mucho tiempo una minoría subordinada y despreciada en Dar al Islam, no tuvieran derecho a tener un Estado independiente en Palestina, sino que los habitantes árabes de Palestina no tenían derecho a concedérselo.

Los árabes de Palestina pensaron que los judíos no les iban a plantar cara y que tampoco podrían hacerlo, y actuaron bajo ese principio, culturalmente muy arraigado. Pero las condiciones milenarias habían cambiado. Los judíos a los que se enfrentaron no eran dimmíes, y no se acongojaron. Contra todo pronóstico, y con escasa ayuda exterior, lucharon y prevalecieron. Una y otra vez.

Aunque manteniendo su férreo rechazo a cualquier Estado judío en Tierra Santa, los árabes acabaron cambiando la retórica triunfalista por un relato más útil a sus intereses. Según esta reelaboración, Israel es el responsable de siete décadas de desastre, no la víctima de una hostilidad incesante. Este último papel lo desempeñarían de ahí en más los habitantes árabes de Palestina, que entonces pasaron a ser denominados “palestinos”; de hecho, se verían forzados a hacerlo con la negativa de los países árabes a naturalizar, o siquiera proveer un refugio humanitario, a los llamados “refugiados”.

Los países árabes dispusieron su influencia colectiva para vender este relato al resto del mundo, con gran éxito. La mayoría de los europeos y sus Gobiernos, incluida la Unión Europea, y muchos estadounidenses se ponen al borde de la apoplejía en sus virulentas condenas contra Israel, mientras se pegan por ofrecer sus simpatías y su dinero a los palestinos. Naciones Unidas ha elaborado una compleja burocracia dedicada exclusivamente a atender sus necesidades.

Este relato ha tenido una recepción particularmente cálida en el mundo académico, donde el imperialismo occidental se ve como la sola gran causa de los males de la región.

Por supuesto, culpar a Israel de todos los problemas palestinos tiene aún menos sentido que atribuir el declive económico, político y cultural del mundo árabe-islámico de los últimos siglos a las intervenciones relativamente breves y limitadas de Occidente.

Aunque ese relato se ha vuelto con los años cada vez más delirante, perturbadoramente su aceptación sigue estando muy extendida. La condena contra Israel del presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, por “destruir el medioambiente” en la ceremonia de la firma del acuerdo climático de París, el año pasado, no provocó ninguna protesta diplomática. Dubravka Simonovic, la relatora especial de la ONU sobre la violencia contra las mujeres, afirmó unas semanas después que hay un “claro vínculo entre la ocupación sostenida durante mucho tiempo y la violencia contra las mujeres [palestinas a manos de palestinos]” y no fue fulminantemente despedida.

Al final, por supuesto, el relato victimista perjudica a los palestinos, pues oculta las auténticas fuentes de su miseria: su fracasada ideología supremacista, sus líderes despóticos y corruptos y su odio irracional a los judíos, lo que impide que surjan soluciones reales para un problema trágico y enconado.

© Versión original (en inglés): The Algemeiner
© Versión en español: Revista El Medio