Contextos

La alegría de las sectas

Por Michael Young 

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"Para el régimen saudí, la única salida a su alcance es unir a la opinión pública suní y recuperar la iniciativa. El enfrentamiento con Irán hace justamente eso""Irán también ha jugado la baza de la solidaridad sectaria en Siria, en Irak, en Baréin y en el Yemen. Así refuerza las credenciales de la República Islámica como líder del mundo chií. Además, con las legislativas iraníes previstas para el mes que viene, una mayor polarización sectaria bien podría beneficiar al ala dura del país"

En los últimos días hemos asistido a una considerable polémica acerca de lo razonable de la decisión saudí de ejecutar al clérigo chií jeque Nimr al Nimr, ya que las consecuencias potencialmente destructivas siempre fueron evidentes. La sensatez de ese paso sin duda es cuestionable, pero no fue en absoluto algo irracional si tenemos en cuenta los retos regionales que afronta actualmente la familia Saud.

De hecho, tanto los saudíes como Irán, con su continuo empleo de la polarización sectaria, están en una situación en la que no pueden perder. De lo que se ha acusado a los saudíes es algo que los iraníes han hecho igualmente. Ambos han considerado que el sectarismo era un instrumento útil para movilizar a comunidades enteras en la lucha, y los regímenes de ambos países no pueden sino salir ganando con ello, al menos a corto plazo.

La ejecución del jeque Al Nimr tenía como fin enviar una serie de mensajes, entre ellos advertir a la comunidad chií saudí de no que incurriera en la disidencia interna. También fue una forma de disimular la mayor parte de las ejecuciones realizadas ese mismo día, esta vez de militantes suníes, 43 de los cuales eran miembros de Al Qaeda.

Es menos probable el argumento de que las ejecuciones tuvieran como finalidad distraer de los recortes económicos que está aplicando el Gobierno saudí debido a su crisis financiera. Al fin y al cabo, el descontento económico tarda un tiempo en surgir, normalmente es profundo y no puede contrarrestarse matando a uno o a varios hombres.

En realidad, el régimen saudí ha salido ganando. La brecha con Irán, que los saudíes ampliaron tras los ataques contra sus legaciones diplomáticas en territorio iraní, obligó a todo el mundo a tomar partido. Diversos Estados del Golfo y Sudán han roto relaciones con la República Islámica. En semejante ambiente, la legitimidad del régimen saudí como líder del mundo suní no ha hecho sino reforzarse.

Desde luego, todo ello no puede más que complicar la solución de las crisis regional. Pero para los saudíes la cuestión va mucho más allá de esta o aquella guerra; el régimen se siente amenazado en su misma existencia por las acciones de Irán –justificadamente o no– y sólo agravando la situación como ha hecho puede esperar que las cartas vuelvan a barajarse y obligar a sus aliados a adoptar una postura más firme a su favor, y así poder negociar desde una posición más fuerte.

Los saudíes son muy conscientes de que las condiciones regionales están evolucionando en su contra. La guerra del Yemen no ha ido bien. Cosa rara: el régimen parece haber olvidado cómo convirtió Yemen en un atolladero para el Ejército egipcio entre 1962 y 1967. Cuanto más destruyen el país vecino, más crean los saudíes un traicionero Estado fallido en su propia frontera, que no puede sino suponer una amenaza para el reino.

En Siria los acontecimientos son igual de inquietantes. Los saudíes se están dando cuenta de que el empeño de la Administración Obama por destruir al ISIS le está haciendo adoptar una postura cada vez más en línea con Rusia que con aliados regionales como Arabia Saudí y Turquía. Los norteamericanos ya han adoptado una posición ambigua respecto a Bashar al Asad: dicen que su marcha ya no es condición previa para el inicio de un proceso de paz.

Más preocupante es que la opinión pública en Occidente se haya vuelto enérgicamente contra saudíes y turcos, en medio de una creciente sensación de que están ayudando a los grupos más radicales en Siria, incluidos el ISIS y el Frente Al Nusra. Con Rusia tratando de interrumpir las líneas de suministro entre Turquía y Siria, y con Moscú y Washington colaborando, al parecer, en el respaldo a una coalición de fuerzas kurdas y árabes contrarias al Estado Islámico, los saudíes pueden ver que cada vez están más aislados en Siria.

Para el régimen saudí, la única salida a su alcance es unir a la opinión pública suní y recuperar la iniciativa. El enfrentamiento con Irán hace justamente eso. Al argumento de que este enfoque no hace sino exacerbar las animosidades sectarias los saudíes pueden responder que la región hace mucho que superó esa fase. Tampoco cabía duda, realmente, de que los saudíes, enfrentados a un Irán mucho más poblado y aliado con una plétora de grupos armados locales en la región, jugarían la carta sectaria contra Teherán.

Con lo que tienen que tener cuidado los saudíes, sin embargo, es con dejarse engullir por las mismas fuerzas que han ayudado a desencadenar. La familia real lleva mucho tiempo en el poder gracias a un eficaz acuerdo con los líderes clericales, en particular con los Al Ash Sheik, la principal familia religiosa del país. Pero buena parte de ese acuerdo implicaba acceder a una doctrina wahabista que ha influido en algunos de los grupos islamistas más radicales.

En un entorno de creciente hostilidad sectaria, los extremistas están destinados a ganar. Y de ser así, cuando lo hagan podrían tratar de apartar a la familia real saudí y dirigir la campaña ellos mismos. Que el régimen viera necesario ejecutar al jeque Al Nimr para compensar el impacto del mayor número de ejecuciones de extremistas suníes no era precisamente una señal tranquilizadora; significa que, en un momento de enemistad sectaria regional, el régimen no puede permitirse actuar de manera demasiado enérgica contra radicales que pueden contar con apoyos en casa.

Tampoco vale la pena culpar sólo a Arabia Saudí. Irán también ha jugado la baza de la solidaridad sectaria en Siria, en Irak, en Baréin y en el Yemen. Así refuerza las credenciales de la República Islámica como líder del mundo chií. Además, con las legislativas iraníes previstas para el mes que viene, una mayor polarización sectaria bien podría beneficiar al ala dura del país, que teme una victoria de los candidatos del círculo del presidente Hasán Ruhaní.

En el cuadro general, tanto Arabia Saudí como Irán están asumiendo riesgos. Antes o después tendrán que llegar a un arreglo. Pero entre tanto sus acciones son de todo menos irracionales.

© Versión original (en inglés): NOW
© Versión en español: Revista El Medio