Contextos

Judaísmo y modernidad: la batalla por el Muro

Por Eli Cohen 

Muro de los Lamentos en Jerusalén
"Antes de que la ortodoxia convirtiera el Muro Occidental en una gran sinagoga ortodoxa en la que hombres y mujeres rezan por separado, ambos sexos acudían allí a rezar sin ninguna barrera que los separara""Acceder a un símbolo como el 'Kótel' supone un gran paso para quienes quieren quebrar el monopolio de la ortodoxia"

Finalmente, el plan de Avijai Mendelbit, ahora fiscal general de Israel, de establecer una tercera zona en el Muro de las Lamentaciones para que puedan llevarse a cabo rezos mixtos ha sido aprobado por el Gabinete de Netanyahu, si bien con la oposición de Shas y Judaísmo Unido de la Torá, los dos partidos jaredíes (ultraortodoxos) integrados en él.

Netanyahu ha calificado de justa y creativa la resolución adoptada, que pretende poner fin a un litigio que se remonta casi 30 años –desde que se fundó Women of the Wall, la asociación que ha liderado la petición de pluralidad de rezos en el Muro–; pero la polémica subyacente viene de mucho más atrás, de una tensión histórica en el seno del judaísmo.

Judaísmo y dualidad

En el mundo globalizado, las religiones someten su futuro a una dualidad complicada. Renovarse para no morir, pero sin abjurar del carnet de identidad.

Las religiones, especialmente la judía y la cristiana, evolucionan a lo largo del tiempo, la mayoría de las ocasiones mediante cambios profundos y dramáticos. Las que no lo hacen, o aquellos de sus adeptos que se niegan a hacerlo, son tenidas por inmovilistas, presas del fanatismo. Por otro lado, la pérdida de esencias y auras provoca que muchos fieles se queden en casa y no acudan a los templos.

Ciertamente, la primera religión en evolucionar y afrontar esta dualidad fue el judaísmo. De hecho, el judaísmo ortodoxo es una reforma, y no precisamente la primera –según la Biblia, la primera la llevan a cabo Esdras y Nehemías–. Y es el judaísmo también una religión que constantemente ha intentado equilibrar su sentido de lo ancestral con su adaptación a un mundo cambiante. Este dinamismo es lo que ha caracterizado al judaísmo en los dos últimos milenios.

Remontémonos al año 70 dC, cuando las tropas de Tito queman Jerusalén. Entonces, el líder de la secta farisea, el rabino Yojanán ben Zakai, reúne a lo que quedaba del Sanedrín en Yavne, a unos 60 kilómetros de Jerusalén, y, ante la pérdida de los ejes centrales del judaísmo de esa época– la tierra, el templo, el sacerdocio y la monarquía–, emprende una revolución para que el pueblo judío pueda sobrevivir en el exilio. Se adaptan las leyes, la liturgia y el calendario y se crea un nuevo sistema de promoción dentro del pueblo basado en el estudio, la erudición, el rezo y la caridad.

Yavne dio origen al Talmud, compendio legal, histórico y filosófico que, además de ser el relato de un pueblo errante, es también su herramienta de supervivencia, la tierra de la que los judíos fueron despojados. Desde entonces, y hasta el surgimiento de la Haskalá –el iluminismo judío–, en el siglo XIX, la ortodoxia tenía el completo dominio del judaísmo, e hizo gala de una capacidad titánica de adaptarse para sobrevivir en un entorno hostil, dominado por las persecuciones, los guetos, las expulsiones y los intentos de exterminio.

Posteriormente, el resurgir nacional del pueblo judío mediante el movimiento sionista, la proliferación de corrientes religiosas distintas a la ortodoxa –como la conservadora o la reformista, especialmente en EEUU– y la creación del Estado de Israel dejaron en el escenario judío varias opciones potentes que la ortodoxia no legitima; opciones que, pos su parte, entienden que la ortodoxia es una más de las visiones de cómo practicar la religión y asumir la identidad judías. No obstante, en Israel, y gracias al acuerdo de Ben Gurión con el representante de los jaredíes, el rabino Abraham Karelitz, la ortodoxia se convirtió en el establishment religioso, con privilegios y competencias.

El rezo segregado

Después de la Guerra de los Seis Días, la Rabanut, el ministerio religioso gestionado por los jaredíes –una de las concesiones de Ben Gurión–, se hace con la competencia sobre el Kótel y establece el rezo segregado. El Muro de las Lamentaciones es más extenso de lo que muchos suponen –la zona a la que los famosos acuden a hacerse fotos es la más cercana a donde se situaba el sancta sanctorum del Templo– y comprende toda la muralla occidental del Monte del Templo.

Antes de que la ortodoxia convirtiera el Muro Occidental en una gran sinagoga ortodoxa en la que hombres y mujeres rezan por separado, ambos sexos acudían allí a rezar sin ninguna barrera que los separara. Andrew Kaplan, americano que combatió en las filas de Israel en la Guerra de los Seis Días, tomó una foto de hombres y mujeres rezando juntos en el Kótel en cuanto el ejército permitió el acceso a la zona. La Librería del Congreso de EEUU ha expuesto fotos de judíos, hombres y mujeres, rezando juntos en el Muro en 1917. El magazine On Jewish Matters ha recopilado fotografías que así lo demuestran tomadas desde 1859.

Según la ortodoxia, la separación en el rezo tiene por objeto evitar pensamientos impuros en un lugar que debe dedicarse sólo al rezo. Es el hombre el que dirige los rezos, en un momento histórico en el que la mujer tiene un papel muy poco activo en la sociedad. Eso ha cambiado, la mujer ahora es un igual, y su papel en la sociedad y en el liderazgo de la misma es notable.

El rol de la mujer evoluciona en la misma Biblia. Así, el décimo mandamiento la considera una posesión del hombre (No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo), mientras que en el libro de Samuel vemos a Jana llorar y rezar junto al sacerdote Elí en el primer templo, ubicado en Shilo, y en los libros de Esther y Ruth las mujeres son auténticas protagonistas y heroínas de los relatos fundacionales del pueblo judío. En el Talmud, se tiende a la protección y el ensalzamiento de la mujer:

La mujer salió de la costilla del hombre, no de los pies para ser pisoteada, ni de la cabeza para ser superior, sino del lado para ser igual, debajo del brazo para ser protegida y al lado del corazón para ser amada.

Sea como fuere, la ortodoxia siempre ha mantenido la separación en el rezo como una garantía de respeto y santidad en la sinagoga.

Estados Unidos e Israel

La intervención ortodoxa en las instituciones y la sociedad israelíes –una sociedad predominantemente laica pero tradicional– gusta cada vez menos a los judíos estadounidenses. En 2013, un estudio del Pew Research Center sobre la población judía estadounidense reflejó que un 53% se definía como conservador o reformista y un 30% como secular. Sólo un 10% se definía como ortodoxo. Una brecha que se acentúa en los más jóvenes, que cada vez se identifican menos con la religión y más con un conjunto de valores seculares o tradicionales alejados de los dogmas. Mientras tanto, en Israel se vive una polarización constante entre los que se definen como laicos y los que se identifican con una religión que está íntimamente ligada a la ortodoxia. En 2010, la Oficina Central de Estadísticas mostraba que un 42% de los israelíes se declaraba laico y un 50% religioso de alguna forma (ultraortodoxo, 12%; religioso tradicional, 13%; tradicional, 25%), y en 2015 Gallup informaba de que un 65% de los israelíes se declaraba laico y un 30% religioso.

En las luchas de poder, y esta es otra más, los símbolos son muy importantes. Los ortodoxos manejaron los símbolos del judaísmo en Israel, pero en EEUU, donde vive la segunda comunidad judía más importante del mundo, que presta un apoyo vital a Israel, el planteamiento es diferente. Acceder a un símbolo como el Kótel supone un gran paso para quienes quieren quebrar el monopolio de la ortodoxia y dar intensidad a la tensión histórica a la que hacíamos referencia al inicio de estas líneas.