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Jerusalén, capital de Israel

 

A continuación, damos cuenta de un texto remitido por la Friends of Israel Initiative:

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha reconocido a Jerusalén como capital de Israel y anunciado el consiguiente traslado de su embajada a dicha ciudad. Esta decisión histórica ha causado controversia en todo el mundo. Los líderes de los principales países occidentales han mostrado su desacuerdo, muchas naciones árabes lo han condenado y el grupo terrorista Hamás ha pedido nuevos días de la ira en respuesta. Líderes de opinión y comentaristas han destacado que esta decisión podría incendiar Israel y los territorios palestinos con más violencia y terror. Sin embargo, creemos firmemente que este es el comienzo de una era nueva y mejor para el conflicto, y para todo Medio Oriente.

El presidente Trump ha cumplido un mandato emitido por el Congreso de EEUU en 1995, año en que se aprobó transferir la embajada de los Estados Unidos a Jerusalén. Además, reconocer a Jerusalén como la capital de Israel y reubicar la embajada fue una de las promesas electorales de Trump. Pero, sobre todo, ha sido un acto de justicia histórica que establece un nuevo paradigma para el nuevo Oriente Medio que actualmente se está formando.

La capital de Israel es Jerusalén, y esto es una realidad, independientemente del conflicto que existe con los palestinos sobre la soberanía de la ciudad y sobre las fronteras finales –que según los Acuerdos de Oslo deben acordarse en negociaciones bilaterales–. Todos los ministerios (excepto el de Defensa), el Parlamento, el Tribunal Supremo y otros organismos públicos israelíes tienen su sede en Jerusalén. En 1980, el Parlamento israelí aprobó una Ley Básica por la cual Jerusalén fue declarada la capital del Estado de Israel; se hizo uso así de un atributo soberano de cualquier país para decidir cuál es su capital. Además, la administración israelí ha mejorado el bienestar de sus ciudadanos, judíos y árabes. Bajo el gobierno jordano, de 1949 a 1967, Jerusalén Oriental, incluida la Ciudad Vieja, se encontraba en un estado significativamente peor en términos de administración, economía, servicios públicos, seguridad y derechos civiles como la libertad de culto y credo. Muchos de los residentes árabes de Jerusalén Este así lo manifiestan, e indican una preferencia por mudarse a Israel, o solicitar la ciudadanía israelí, como tienen derecho a hacerlo, en caso de una división de Jerusalén, según apuntan muchas encuestas.

Jerusalén

Israel no puede aceptar un acuerdo de paz que no incluya a Jerusalén como su capital.

La historia de Jerusalén también es bastante clara, a pesar de las resoluciones de la Unesco que tratan de negar el vínculo judío con la ciudad y del asalto internacional a la legitimidad de Israel. Jerusalén era la capital del antiguo Reino de Israel y está obviamente conectada a la religión judía como uno de sus pilares centrales. En este sentido, en 2001 Sari Nuseibeh, profesor palestino y presidente de la Universidad Al Quds de Jerusalén, afirmó: “Habría que estar ciego para negar la conexión judía con Jerusalén”. En cambio, Jerusalén nunca ha sido la capital de un Estado palestino –no se ha establecido ningún Estado llamado Palestina en el territorio–, los reclamos israelíes de Jerusalén como capital son más que legítimos y el reconocimiento por parte de la Administración de los Estados Unidos es un paso importante para lograr una paz justa y duradera no solo entre israelíes y palestinos, sino también, como hemos señalado, en todo el Oriente Medio.

El estatus final de Jerusalén aún está por resolverse, y los israelíes siempre han estado abiertos a las negociaciones. En 2000, Ehud Barak ofreció dividir Jerusalén, incluida la Ciudad Vieja, y los líderes palestinos, una vez más, dijeron no a la paz.

La decisión del presidente Trump, en suma, establece un nuevo paradigma para Oriente Medio, donde las realidades sobre el terreno y las demandas mínimas de Israel comienzan a ser reconocidas; un nuevo marco donde la existencia de Israel comienza a normalizarse. Este es indudablemente un paso muy importante para la paz regional.

El camino hacia la paz radica en el reconocimiento del derecho de Israel a existir por parte de los palestinos y de todas las naciones árabes, y este derecho incluye, por supuesto, a Jerusalén como su capital.