Contextos

Israel vs. Palestina: los criminales como piedra de toque

Por Eli Cohen 

Banderas de Palestina e Israel.
"Lo que los israelíes no pueden tolerar, herederos de la milenaria conciencia moral judía, es caer en las bajezas del enemigo. Por ello, cuando recuerdan a Meir Kahane, a Yigal Amir o a Baruj Goldstein, heridas abiertas en el imaginario colectivo, la respuesta es incluso más enérgica que la motivada por un ataque terrorista palestino""No ha pasado lo mismo en la sociedad palestina. Aunque Mahmud Abás ha dado un gran paso condenando el asesinato de los tres adolescentes judíos secuestrados el pasado día 12 en Hebrón -cosa que no han hecho sus socios de Gobierno, los terroristas de Hamás, que elogiaron a los secuestradores-, las fotos de palestinos -muchos de ellos niños azuzados por sus padres- celebrando el crimen dieron la vuelta al mundo"

Así dejaba constancia Golda Meir en 1973, en una entrevista con Oriana Fallaci, de que Israel se estaba convirtiendo en un país normal:

Siempre pensé que un Estado judío estaría libre de las lacras que afligen a otras sociedades: robos, asesinatos, prostitución. Ahora veo que lo tenemos todo, y eso lacera el corazón.

La abuela, es cierto, seguía presa del imaginario que había forjado el exitoso, pese a las grandes dificultades, sueño sionista. Ciertamente, Menájem Beguin se dio cuenta años atrás, cuando espetó a Yaakov Meridor, estando ambos a bordo del Altalena, que los judíos no disparaban contra judíos. Claro que disparaban. Pero en el Camelot judío todos debían quererse y amarse mutuamente, y no habría cabida para los malhechores.

Muchos aún no han querido despertarse del sueño, pero lo importante es que los padres fundadores dejaron claro que ningún criminal, con independencia de su origen o condición, escaparía a las garras de la ley.

Es verdad que en Israel ha habido grandes logros en lo que a lucha contra la delincuencia se refiere. En 2008 un guía turístico me contaba que si alguien te atracaba a punta de navaja en Israel, sería portada en los periódicos. Es cierto, los niveles de delincuencia común son bajos, pero existe y está ganando terreno. Además, pese al tráfico de drogas, la prostitución, el juego ilegal y las consecuentes mafias, crecientes desde los años 90, la tasa de homicidios relacionados con actividades delictivas es también relativamente baja: 2,1 muertos al año por cada 100.000 habitantes (en Suiza es de 0,71, en Rusia es de 10,2, en Sudáfrica es de 31,8 y en Venezuela es de 53,7). Pero en lo demás la criminalidad es la propia de un país occidental.

Los israelíes ya han pasado la fase dramática de asumir la normalización como país. Al principio eran presa de eso que les pasa a los que desde la Diáspora visitan Israel por primera vez: tocan cada piedra como si estuvieran en Nunca Jamás: el país de los judíos existe, puedes llevar kipá por la calle sin que nadie te increpe, la gente va armada para defender la nación y todos se quieren. Los sueños, sueños son; y los israelíes han demostrado que construirlos tiene un alto coste en sudor, sangre, lágrimas… y realismo.

No obstante, lo que los israelíes no pueden tolerar, herederos de la milenaria conciencia moral judía, es caer en las bajezas del enemigo. Por ello, cuando recuerdan a Meir Kahane, a Yigal Amir o a Baruj Goldstein, heridas abiertas en el imaginario colectivo, la respuesta es incluso más enérgica que la motivada por un ataque terrorista palestino. Así ha quedado demostrado estos días. Tras la detención de los presuntos asesinos del chico árabe de 16 años Mohamed Abu Khdeir, la condena y los llamamientos al castigo implacable del crimen no se han hecho esperar.

Bibi Netanyahu ha dicho que no hay cabida en Israel para estos criminales. El ministro de Defensa, Moshé Boogie Yaalón, ha afirmado que los crímenes de odio contra los árabes son terrorismo; incluso el rabino de Samaria Elkayim Levanon, colono, ha declarado que a los asesinos de Abu Khdeir debe imponérseles la pena de muerte. Desde el otro lado del Charco, el American Jewish Committee ha publicado una declaración en la que califica a los asesinos de “despreciables”, y el Simon Wiesenthal Center ha hablado de abominación. Las condenas en internet proliferan bajo el hashtag #notinmyname. David Horovitz, del Times of Israel, echa sal en la herida y va más lejos que nadie al afirmar:

Si vamos a sanar esta nación, el asesinato de Mohamed Abu Khdeir debe deshacer la ilusión de que gozamos de una superioridad moral distintiva sobre nuestros vecinos.

Israel es un país que se ha normalizado hace mucho tiempo y, en medio de un conflicto duradero y sangriento, tiene extremistas capaces de los crímenes más horrendos, guste o no a todos los que han acudido a la superioridad moral como argumento -incluido yo-. Lo importante, sin embargo, lo que sigue haciendo diferente a Israel de sus enemigos, es, por un lado, su carácter democrático, de Estado de Derecho implacable contra el crimen; y, por otro, la respuesta de una sociedad civil crítica ante lo que considera que está mal.

El partido Kaj está ilegalizado, y Yigal Amir está en la cárcel. Sabra y Chatila llevó a la manifestación más multitudinaria de la historia de Israel y a una comisión de investigación que hizo caer al Gobierno de Beguin. Los políticos corruptos, hayan sido presidentes o primeros ministros, tienen que pagar sus felonías y por eso van a prisión. Antes de que los extremistas israelíes secuestraran y asesinaran a Mohamed Abu Khdeir, en Tel Aviv y en Jerusalén hubo manifestaciones de repulsa ante los llamamientos a la venganza.

El todavía presidente de Israel lo ha dejado bien claro:

Si un judio mata será puesto a disposición de los tribunales, como cualquier otro criminal. No hay privilegios, la ley es igual para todos y todos son iguales ante la ley.

La repulsa moral, la persecución policial y el castigo legal motivados por el asesinato del chico de 16 años Mohamed Abu Khdeir demuestra que en Israel el extremismo es un tumor que ha de extirparse, una aberración que la sociedad rechaza.

Huyendo de generalizaciones fáciles, no ha pasado lo mismo en la sociedad palestina. Aunque Mahmud Abás ha dado un gran paso condenando el asesinato de los tres adolescentes judíos secuestrados el pasado día 12 en Hebrón -cosa que no han hecho sus socios de Gobierno, los terroristas de Hamás, que elogiaron a los secuestradores-, las fotos de palestinos -muchos de ellos niños azuzados por sus padres- celebrando el crimen dieron la vuelta al mundo. En las calles de Gaza se repartieron caramelos; y la madre de Amer Abu Aisha, uno de los dos palestinos en busca y captura por el crimen, ha dicho que si su hijo estuviera implicado en el mismo estaría orgullosa. Aún estamos esperando que se convoque una manifestación de repulsa por el asesinato de los tres adolescentes israelíes.

Parafraseando a Golda Meir: habrá paz cuando los palestinos traten a sus criminales igual que Israel trata a los suyos.