Contextos

Israel-Palestina: sin confianza, nada es posible

Por Eli Cohen 

Banderas de Palestina e Israel.
"El líder de la oposición en Israel, Isaac 'Buji' Herzog, ha publicado en el 'New York Times' un artículo sobre su plan urgente para la paz, aprobado por su partido y que delinea lo que ha llamado una 'separación gestionada'. Según la tesis de Herzog, no hay confianza entre las partes, y por tanto se deberían tomar medidas pragmáticas encaminadas a la separación entre israelíes y palestinos que, paradójicamente, lleven a construir esa confianza"

La última ola de terrorismo palestino dura ya más de seis meses, el goteo de víctimas no cesa y el impacto psicológico sobre la población israelí aumenta. Siempre que la violencia se recrudece, líderes y expertos de todas las vertientes y posiciones echan mano de los planes de paz, especialmente de los Acuerdos de Oslo, o diseñan otros nuevos adaptados a las circunstancias.

Ciertamente, después de la Segunda Intifada lo firmado por Arafat y Rabin quedó obsoleto, aunque ambas partes hayan querido mantener los compromisos que sí se materializaron, como por ejemplo el funcionamiento de la Autoridad Palestina, que no existiría sin Oslo. Pero de aquellos acuerdos sólo nos queda el famoso apretón de manos. Ya no es tiempo de fotos, sino de iniciativas y de acciones eficientes; y luego, si sale bien, que se hagan la foto.

El líder de la oposición en Israel, Isaac Buji Herzog, ha publicado en el New York Times un artículo sobre su plan urgente para la paz, aprobado por su partido y que delinea lo que ha llamado una “separación gestionada”.

Según la tesis de Herzog, no hay confianza entre las partes, y por tanto se deberían tomar medidas pragmáticas encaminadas a la separación entre israelíes y palestinos que, paradójicamente, lleven a construir esa confianza. Herzog acierta en varias cosas, por ejemplo, al reconocer que el camino seguido hasta ahora no ha llevado a la paz, por lo que hay que probar otra cosa; hay que innovar. También, indudablemente, al afirmar que la principal carencia para la coexistencia es la falta de confianza.

El plan de Herzog tiene poco de atrevido, podría ser suscrito por ministros del Likud y gira en torno a cinco puntos, o pasos:

1) Israel debe retener los bloques de asentamientos colindantes con la Línea Verde (frontera pre 1967) e intercambiarlos por otras tierras (los famosos land swaps ideados por Clinton y Barak);

2) Israel debe separar los barrios árabes al este y norte de Jerusalén para que ésta pueda ser una capital palestina viable;

3) Israel debe desmantelar los asentamientos declarados ilegales por el Tribunal Supremo y parar la construcción de nuevos asentamientos; a cambio, el israelí debe seguir siendo el único Ejército en el valle del Jordán;

4) Israel debe buscar el acercamiento y la complicidad con países suníes como Egipto, Jordania y los estados del Golfo, y, junto a ellos,   

5) desmilitarizar Gaza y ayudar financieramente a la Franja.

Es una propuesta que se aleja bastante de la que propuso el año pasado Yosi Beilin, histórico negociador laborista en Oslo y luego cabeza del partido pacifista Meretz. Beilin planteó una confederación de dos Estados, separados, con diferentes poderes políticos, pero que administren recursos y servicios como el agua, las infraestructuras, la electricidad o ciertas parcelas de gobierno mediante instituciones conjuntas. De la misma forma, es un plan que requiere confianza.

De los cinco puntos expuestos por Buji, algunos son ciertamente difíciles de aplicar; sobre todo, el relativo a la división de Jerusalén. Los dos planes para la consecución de dos Estados que propuso el general Amos Yadlin el pasado mes de enero en la Brookings sólo mencionan que Israel deberá retirarse paulatinamente de la zona oriental de Jerusalén y aceptar cierta soberanía palestina sobre la misma, pero no entra a debatir en el estatus de la ciudad. Lo más atrevido en la cuestión de Jerusalén corrió por cuenta de Barak y Clinton: partición de la ciudad, también de la Ciudad Vieja; pero Arafat dijo no.

Jerusalén no puede dividirse; no si se busca una paz que funcione. La ciudad quedaría una partida en dos, con toda la red de suministros y servicios municipales divididos (agua, electricidad, transporte…); el muro que se alzaría de nuevo la convertiría en una ciudad fronteriza, con el riesgo bastante alto de que se lanzaran cohetes de un lado hacia otro. Además, se llenaría de checkpoints para cruzar de un lado al otro, con lo que la libanización de la ciudad sería muy plausible. De mantener una normalidad pacífica aunque tensa, sería como el Berlín de la Guerra Fría, según Zvika Krieger, que si bien dice que la ciudad está dividida de facto, cree que habría que aplicar modelos híbridos de regímenes especiales y soberanía compartida sin división de la ciudad, lo cual plantería un escenario mucho más factible.

Según Gershon Baskin, director del Israel/Palestine Center for Research and Information, se han propuesto 65 planes para Jerusalén; pero como todas las iniciativas para la creación de un Estado palestino, vienen lastrados por la falta de confianza. Es muy complicado para los israelíes confiar en Abás y su Gobierno: si se alcanza un acuerdo hoy con la Autoridad Palestina, mañana puede que Hamás tome el poder y se dedique a lo que mejor sabe hacer: matar israelíes y opositores palestinos. Clifford May lo delineaba en estas páginas claramente:

La gran mayoría de los israelíes estarían dispuestos a ayudar a los palestinos a alcanzar la estadidad en esos territorios, si se puede alcanzar un acuerdo que asegure que la independencia se celebre con fuegos artificiales y no con misiles sobre localidades israelíes.

Alguien nada sospechoso como Benny Morris apuntaba, con motivo del 20 aniversario del asesinato de Isaac Rabin, que ni estando éste vivo sería posible la paz con los palestinos, puesto que ni el ala fundamentalista (Hamás) ni el ala laica (Al Fatah) de estos últimos han interiorizado la idea de compartir la tierra con Israel.

Éste es el principal problema, e Israel lo ha intentado todo para superarlo. Los sucesivos Gobiernos post Oslo han hecho ofertas a los líderes palestinos difíciles de rechazar (Barak en 2000, Olmert en 2008), y también han actuado unilateralmente ante la falta de entendimiento (desconexión de Gaza en 2005); pero los resultados siguen siendo deficientes.

Herzog apuesta por una separación gestionada para construir confianza. Ya es algo aceptar cuál es uno de los grandes problemas, pero hay que buscar soluciones creativas que vayan encaminadas a que los palestinos, de una vez por todas, acepten que tienen un vecino con el que han de convivir.