Revista de Prensa

Israel necesita una solución de dos Estados

 

Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel.

Para el político británico Daniel Hannan, confiar la resolución del conflicto israelo-palestino a la existencia de un solo Estado que agrupe a las dos partes enfrentadas es un grave error que ignora las enseñanzas del pasado.

Precisamente fue la violencia crónica entre comunidades durante la última ‘solución de un Estado’ –el Mandato Británico– el motivo principal de que se propusiera la partición. Las relaciones de Israel con sus vecinos árabes, en estos momentos probablemente en su etapa más distendida desde 1948, podrían congelarse de nuevo.

Lo cierto es que los Estados multinacionales casi nunca funcionan como democracias efectivas. Pueden están juntos a la fuerza, pero tan pronto tienen la opción, sus pueblos tienden a elegir el autogobierno. Yugoslavia y la URSS funcionaron como Estados-policía; en el momento en que llegó la democracia se desintegraron.

Israel es una democracia –una democracia gloriosamente elocuente y pugnaz– en una región donde la autocracia es la norma. ¿Mantendría su carácter democrático si sus ciudadanos carecieran de un sentido compartido de patriotismo? Ese patriotismo tiene actualmente una intensidad que muy pocos pueden igualar. Israel, después de todo, existe porque los judíos han llegado forzosamente a la conclusión de que sólo la autodeterminación puede garantizar su seguridad. ¿Por qué cambiar esa autodeterminación para ser de nuevo un grupo en un Estado multiétnico a lo Habsburgo?

David Makovsky, del Washington Institute, se refiere en este artículo al encuentro en la Casa Blanca entre el presidente estadounidense y el premier israelí. Tras dicha reunión, Trump parece haber abandonado la estrategia de los dos Estados para la solución del conflicto palestino-israelí, y Makovsky considera que esa decisión no beneficiaría a Netanyahu.

Netanyahu sabe que centrarse en un Estado sólo ayudaría a Hamás y desacreditaría a la Autoridad Palestina, mientras le haría más difícil afrontar los repetidos desafíos a su autoridad por parte de Bennett [Naftalí Bennett, líder del partido Hogar Judío, socio de Gobierno de Netanyahu]. Por eso evitó estudiadamente apoyar la idea de un Estado en su rueda de prensa con Trump, dejando claro que Israel no quiere anexionarse 2,75 millones de palestinos de la Margen Occidental.

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Aunque las declaraciones del presidente sobre ‘un Estado’ fueron lamentables y es de esperar que se rectifiquen, es alentador que él y Netanyahu coincidieran en principio en un mecanismo para coordinar la actividad de los asentamientos. Por supuesto, el demonio está en los detalles y los detalles están por venir. Sin embargo, el principio expuesto por los dos líderes es una desviación de las predicciones que los colonos hicieron al día siguiente de la victoria de Trump, cuando celebraron su, presumiblemente, inminente libertad de acción en la Margen Occidental. De hecho, probablemente encontrarán que las visiones de Trump y Netanyahu no son muy diferentes y que la política de la nueva Administración sobre los asentamientos puede que se alinee más o menos con el enfoque de George W. Bush de diferenciar entre asentamientos dentro y fuera de la barrera de seguridad. Así mismo, el cambio de más alto nivel (…) que Trump ha mencionado en el pasado –el traslado de la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén Occidental– permanece aparentemente en segundo plano (…).

Uri Heitner defiende en este artículo el derecho de Israel a mantener la soberanía sobre ese territorio, capturado a Siria en la Guerra de los Seis Días; asunto que el primer ministro Netanyahu abordó la semana pasada en su entrevista con el presidente de EEUU.

Las razones son muchas: los Altos del Golán son parte de la tierra de Israel liberada en una guerra defensiva y justa. En todos los años que gobernó sobre el Golán, Siria jamás aceptó la existencia de Israel, en ninguna frontera, y de manera contumaz desplegó sus agresiones contra ciudadanos israelíes. Siria controló los Altos del Golán durante unos 21 años. Israel lleva allí 40, 36 de los cuales con soberanía completa, y ha echado raíces profundas en el territorio.

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La guerra civil en Siria ha dado que pensar a muchas mentes que habían apostado por [la retirada israelí del Golán]. Cualquier persona razonable comprende que si Israel, Dios no lo quiso, hubiese cedido los Altos del Golán, el Estado Islámico podría estar ahora frente al Mar de Galilea. No podemos asumir que Siria vuelva alguna vez a ser un país soberano con sus fronteras anteriores, y la reclamación de soberanía de cualquier otro país sobre esa zona es irrelevante.