La Librería

Israel, la historia interminable

Por Marcelo Birmajer 

Israel. Una manifestación.
"Israel crece y cambia día a día. No es menos milagroso que mantenga su esencia; no a despecho, sino gracias a su dinamismo"

En 2018 el Estado de Israel cumplirá setenta años. Pero su historia es varias veces milenaria. Este libro, estructurado como un Séder de Pésaj con sus lectores, atiende a estas dos dimensiones: la de un pueblo que busca ininterrumpidamente la libertad y la verdad desde que el patriarca Abraham abandonó la casa de su padre, cuando los viajes se hacían a pie; y la de ese mismo pueblo en la modernidad, en un Estado que le legó a su tiempo la posibilidad de trasladar toda la información de un país, de una punta a otra del mundo, en un pendrive. Los judíos, que grabaron en piedra los Diez Mandamientos –que aseveran la igualdad en sus posibilidades y límites de todos los hombres– mantienen la trascendencia de sus principios en el ciberespacio: su capaz de su capacidad tecnológica es una de las postas de su recorrido ético.

La start up nation israelí que asombra a Bill Gates no es una elusión de la primigenia reunión en el Monte Sinaí, ni una nueva versión del becerro de oro: solo reunida en su tierra ancestral pudo esta tribu, 2.000 años exiliada, reencauzar su destino para dar lo mejor de sí. Los resultados son probablemente los más exitosos de los últimos dos siglos. Una de las grandes virtudes de este relato de Gerardo Stuczynski es situar a su personaje entre dos de las revoluciones más comentadas del siglo XX: la revolución cubana de 1959 y la gesta sionista de 1948.

La isla de Cuba y el pequeño Estado de Israel quizá sean dos de los territorios sobre los que más se haya escrito, en desproporción manifiesta con su tamaño y su juventud como construcciones políticas. La Cuba revolucionaria, luego comunista, nació bajo la égida insurgente de Fidel Castro, gozó de una breve simpatía Estados Unidos y el mundo libre en general y pronto derivó hacia un comunismo unipersonal. Castro y el castrismo marcaron cualquier desliz de la vida cubana desde el triunfo rebelde del 1 de enero de 1959 hasta la muerte del dictador, el 25 de noviembre de 2016. Lo continuó su hermano menor, Raúl, a quien Fidel había cedido el mando años atrás. El patetismo de esa sucesión nepótica no lo padeció ningún otro país latinoamericano desde la recuperación democrática continental de los años 80.

Israel fue un esfuerzo colectivo, literalmente popular, desde los primeros albores sionistas modernos de fines del 1800. David ben Gurión, una de las mentes más preclaras del pueblo judío en el siglo XX, tuvo la voz decisiva en la fundación del Estado, pero el modo de construcción de poder fue democrático: existieron disidencias, rupturas, reconciliaciones. Decisiones partidarias que desafiaban la voluntad del líder. Una vez creado el Estado, no se penalizó la disidencia, ni existía el temor a pensar distinto. En las vísperas y postrimerías de la Declaración de Independencia, existieron enfrentamientos violentos entre los grupos de autodefensa judíos: Ben Gurión ordenó reprimir al Irgún de Menajem Begin.

Pero con el Ejército (Tzahal) unificado como única fuente de poder armado, todas las batallas políticas fueron incruentas y permitidas. La resolución violenta de desacuerdos políticos fue absolutamente excepcional, con un nivel de incidencia semejante al de cualquier otro régimen democrático y pluripartidista del llamado Primer Mundo.

En Cuba, que pasó a convertirse en El Dorado de los universitarios y jóvenes de todos los continentes, con su icónico Che Guevara como estandarte, desapareció por completo la libertad de expresión, de circulación y de elección. En Israel, en cambio, el homenaje a la capacidad visionaria de Ben Gurión no mutó en adoración; la libertad de prensa se expandió múltiples posiciones e idiomas, la de circulación se incrementó al ritmo de su economía, y la de elección es una de las más vibrantes del mundo.

Los jóvenes revolucionarios judíos latinoamericanos, que fracasaban en sus  chisporroteos nihilistas, obcecados en hacerse matar por causas desconocidas, matando por un marxismo de pacotilla, no obstante, con la muerte pisándoles los talones, fueron en muchos casos rescatados y recuperados por el pequeño Estado de Israel. Allí lograron encontrarse con sus propias vidas, mirar con extrañeza esa supuesta épica de salvar a “los oprimidos” a los que nunca les habían pedido siquiera su opinión, y que muchos casos sencillamente los odiaban por ser judíos.

El destino de Anael Cobas, la profesora de historia, narradora y protagonista del libro que nos ocupa, tiene puntos en común con esa generación descarriada, y muchas más diferencias. El azar la hizo nacer en la isla de Cuba, de madre judía y padre criollo mulato, con algo de chino. Pero miles de años de linaje y epopeya definen a Anael, y en esta definición su propia voluntad es soberana, como una judía cabal, de corazón y sangre. Asistimos no a una conversión –Anael es halájicamente judía por nacer de madre judía–, sino al encuentro de una mujer con su más raigal judaísmo, expresado en un sionismo vivo, práctico y dinámico.

El viaje de Anael de Cuba a Israel no es solo espacial, sino identitario. Es el viaje de toda una generación: de las cenizas de un marxismo violento, pendenciero e inútil a una realización plena, ética, científica y social, en el moderno Estado de Israel: la revolución que le aportó a los siglos XX y XXI la convicción de que la partera de la Historia no es la violencia, sino la creatividad.

Muchos de los eventos que se describen en estas páginas resultarían inverosímiles en un libro de ciencia ficción. La capacidad del pueblo de Israel para sobreponerse a su peor catástrofe, la Shoá, y a la vuelta de la esquina consagrar su más poderoso sueño: el Estado judío. La necedad de miles de intelectuales políticos y actores sociales, cuya hostilidad contra la única democracia del Medio Oriente parece seguir el reguero de los terroristas: más atacan cuando más se les concede.

El incombustible talento con que los judíos israelíes conservaron su capacidad de convivencia, realimentándose entre polos opuestos inéditos en cualquier otro contingente institucional: negros judíos falashas y rusos de escritura cirílica; ultraortodoxos y marchas judías del orgullo gay, profetas bíblicos y locutores de champú: todos judíos, todos israelíes, e incluso muchas veces amigos. Casi todos, compañeros de armas por años

Gerardo Stuczynski ha logrado plasmar este mosaico multicolor, como uno de esos pósteres precisamente israelíes que los adolescentes comprábamos en nuestras visitas colectivas a Israel en los años 80: en apenas un metro de papel ponían en escena toda la vida de un trozo de ciudad. Israel crece y cambia día a día. No es menos milagroso que mantenga su esencia; no a despecho, sino gracias a su dinamismo.

Libros como el de Stuczynski son valiosos para dar cuenta de esta feliz odisea. Los rigores del comienzo, la irredenta brutalidad homicida de los terroristas fundamentalistas islámicos –la OLP, Hamás, Hezbolá, Yihad Islámica–, el bullicioso avispero político israelí y la integración de los refugiados de todo el orbe a una nueva patria judía, caben sin amucharse ni excluirse en esta magnética saga. Si el autor quería cantarle el feliz cumpleaños en sus primeros setenta al primer Estado judío en dos milenios, ha logrado su cometido: nos sentimos parte de ese festejo. Es un libro necesario. Su voluntad de decir la verdad es otra de las tantas fuerzas ocultas que mantienen vivo al Estado de Israel.

NOTA. Este texto es el prólogo de Marcelo Birmajer al libro de Gerardo Stuczynski Historia de Israel. Las fuerzas ocultas de la epopeya judía, que publicó recientemente la editorial española Almuzara.