Contextos

Israel: la fuga de Gilboa como advertencia

Por Gershon Hacohen 

Bandera de Israel.
"Sin fricción pretendida y constante, Israel y su Ejército no pueden sino degenerar operativamente y perder su razón de ser"

La fuga de seis terroristas de la cárcel de Gilboa desató la histeria en todo Israel, así como la muerte del sargento Barel Hadaria Shmueli, policía de fronteras, a manos de un pistolero palestino durante los últimos disturbios en la frontera con Gaza. Como suele suceder, ambos incidentes fueron descritos como “pifias”, con la preceptiva implicación de que si los responsables hubieran cumplido con su deber y seguido los procedimientos de rigor, no se habrían producido.

Puede que haya habido individuos que actuaran negligentemente, y deberían ser llevados ante la justicia, pero ahí reside el problema fundamental de analizar incidentes de ese tipo con este enfoque: que se ignora la condición caótica de la guerra. Por supuesto que hay que investigar, y extraer las lecciones oportunas. Esto es así en todo sistema, incluso en los más sofisticados y actualizados: hay que prevenir las negligencias y, cuando no se hace, actuar contra quienes han obrado mal. Pero en un fenómeno complejo como la guerra –esencialmente distinto a, pongamos, la gestión de una cadena de producción– incluso los sistemas más profesionalizados y eficientes tienen puntos ciegos y pueden quedar fuera de control, aun bajo el liderazgo más responsable y experimentado.

Por lo que hace a sus ansiedades y aspiraciones, las expectativas de la sociedad judía israelí han cambiado con los años. La opinión pública no ha dejado de anhelar victorias rotundas como la de la Guerra de los Seis Días, pero con los años se ha ido mostrando cada vez más reluctante a hacer sacrificios para conseguirlas. La sociedad israelí ha de reconocer la brecha que se ha abierto entre lo que espera de su Ejército y su sistema de seguridad y lo que está dispuesta a aportar para la satisfacción de sus expectativas.

Los israelíes de hoy prefieren abandonarse a sus placeres como si estuvieran en Escandinavia e ignorar la incesante confrontación con unos enemigos comprometidos con la destrucción de Israel. A diferencia de los israelíes, esos enemigos comprenden que están en guerra y muestran una considerable perseverancia.

El quid de cómo tratar con los enemigos de Israel comienza en la conciencia de cada cual. Se trata de algo totalmente distinto a la cuestión de la disuasión, obsesivamente analizada como si fuera la solución del problema general.

Ese enfoque está desfasado. La concepción de la disuasión como un componente esencial de la seguridad nacional es propia de las guerras del siglo pasado. Los israelíes deben hacer introspección y reconocer la tensión entre su tradición pionera y su enfoque occidental para la construcción de una sociedad civil devota de la ilusión de la estabilidad.

En las últimas décadas, la sociedad israelí ha ceñido sus sueños al mantenimiento de la calma cotidiana. Incluso el establishment de defensa se ha rendido al deseo general de, simplemente, evitar fricciones. Han olvidado que, sin fricción pretendida y constante, Israel y su Ejército no pueden sino degenerar operativamente y perder su razón de ser.

© Versión original (en inglés): BESA Center
© Versión en español: Revista El Medio