Contextos

Israel: el problema es el matrimonio civil

Por Eli Cohen 

Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel.
"Se da en Israel la extraña situación de que una persona cumpla los requisitos para ser ciudadano israelí, sirva en el Ejército, trabaje, pague sus impuestos... pero no pueda casarse en Israel porque no es hijo de madre judía, porque su conversión no ha sido por la vía ortodoxa o porque es ateo y no quiere ceremonia religiosa. Muchos que quieren ejercer su libertad de casarse sin estar sujetos a un rito canónico deciden hacerlo en Chipre. Israel, eso sí, reconoce los matrimonios celebrados en el extranjero y les concede todos los derechos que se deriven de ellos. Pero este reconocimiento a posteriori es un parche"

El Gobierno de Israel ha aprobado una reforma de la Ley de Conversión al judaísmo cuya novedad más importante, y quizá la única realmente reseñable, es que la potestad sobre la conversión, que sigue siendo competencia exclusiva de la rama ortodoxa, se abre a rabinos datim leumim, ortodoxos también pero más laxos y flexibles en la aplicación de la halajá (la ley religiosa) y, sobre todo, sionistas; se elimina así el monopolio de los rabinos jaredim (ultraortodoxos) sobre la materia.

Hemos analizado en varias ocasiones la importancia de la religión en Israel, el componente nacional del judaísmo, lo complicado que es definir y perfilar la identidad judía, y también el principio del fin de los privilegios ultraortodoxos, que se está dando bajo el actual Gobierno de Netanyahu. La reforma de la Ley de Conversión es otro paso hacia la alteración del statu quo y la progresiva separación entre religión y Estado. No obstante, el principal target de la reforma son los nuevos inmigrantes judíos, cuyo número no para de crecer. Según la Oficina Central de Estadísticas, en 2013 Israel recibió 16.968 inmigrantes y en 2012 otros 16.557 (la cifra más alta de la pasada década la marcó el año 2000: 60.201 inmigrantes; justo cuando comenzaba la Segunda Intifada). Recordemos que el país apenas tiene 8 millones de habitantes.

Aunque la Ley del Retorno permite la obtención directa de la nacionalidad israelí a cualquier persona con, al menos, un abuelo judío, gracias a los privilegios otorgados por Ben Gurión a los jaredim en los albores del Estado moderno -el viejo quería el apoyo de este sector religioso, que no era para nada mayoritario en aquellos tiempos- el matrimonio civil aún no existe en Israel. Todo judío israelí que quiera matrimoniar debe hacerlo según el rito ortodoxo. Y si no es judío según la ortodoxia (hijo/a de madre judía) y su conversión no ha sido sancionada por la Rabanut (el organismo público para los asuntos religiosos, su competencia más importante es precisamente lo relacionado con el matrimonio) es imposible. En efecto, hay un monopolio de la Rabanut en este asunto y en una deficiencia democrática que lleva arrastrando Israel desde sus comienzos.

Por tanto, se da en Israel la extraña situación de que una persona cumpla los requisitos para ser ciudadano israelí, sirva en el Ejército, trabaje, pague sus impuestos… pero no pueda casarse en Israel porque no es hijo de madre judía, porque su conversión no ha sido por la vía ortodoxa o porque es ateo y no quiere ceremonia religiosa. Muchos que quieren ejercer su libertad de casarse sin estar sujetos a un rito canónico deciden hacerlo en Chipre. Israel, eso sí, reconoce los matrimonios celebrados en el extranjero y les concede todos los derechos que se deriven de ellos. Pero este reconocimiento a posteriori es un parche.

Haaretz publicó un duro editorial el pasado día 2 en el que decía que la reforma supone un paso más en el camino hacia la teocracia, pues deja a los laicos como ciudadanos “de segunda” porque no pueden ejercer su derecho a casarse por la vía civil. Haaretz siempre ha sido muy crítico con los Gobiernos israelíes; de hecho Beguin, no sin gracia, llegó a decir: “El único Gobierno al que apoyó Haaretz fue el Mandato Británico”. Esperemos que siga siendo así de crítico. Sin embargo, esta vez, como en otras tantas, no atina en la crítica: la ley de conversión no es el problema para igualar a los israelíes laicos en derechos; el problema es que no existe matrimonio civil.

La no regulación del matrimonio civil se explica por el privilegio de los jaredim ya comentado y como prevención ante el famoso problema demográfico. Elazar Stern, uno de los promotores de la reforma, miembro del partido Hatnuá (de la ministra de Justicia, Tzipi Livni), ha dicho que reforzará la mayoría judía en Israel, en clara referencia al problema demográfico, precisamente.

En primer lugar, el problema demográfico no es tal: en 2013 la tasa de natalidad judía continuó con su ritmo de crecimiento. En segundo lugar, si Israel quiere seguir avanzando como democracia y reconociendo derechos antes de reconocer oficialmente otras corrientes del judaísmo (conservadora y reformista), debería igualarse en derechos políticos a sus homólogos occidentales e instituir el matrimonio civil. De hecho, según el informe Worldwide Freedom of Marriage de la asociación israelí Hiddush, Israel es la única democracia sin libertad de matrimonio. Por estas cosas, entre otras, Israel no apareció entre las 25 democracias plenas en el Democracy Index de 2012 de The Economist (el índice situó a Israel, junto a Italia, Portugal o Francia, como democracia defectuosa).

Israel es un país puntero en el desarrollo de derechos políticos y civiles, en especial de LGBT. Según un informe de 2008 del nada sospechoso diario británico The Independent, “Israel es el único país de Oriente Medio que apoya los derechos de los homosexuales, y además atrae a la gays de Palestina y el Líbano”. En 2011, Tel Aviv fue declarada la mejor ciudad gay.

Pero tiene una asignatura pendiente: el matrimonio civil.