Contextos

Israel: el nuevo Gobierno es mastodóntico y dispendioso, pero necesario en estos momentos

Por Benjamin Kerstein 

Bandera de Israel.
"A falta de una reforma sistémica, el actual Gobierno, tan elefantiásico, es lo mejor que le puede pasar a Israel en este momento, y sólo esto basta para justificar su lamentablemente pródiga existencia"

Criticar al Gobierno es el pasatiempo nacional israelí, y con el recién conformado Gobierno de coalición comandado por el primer ministro Netanyahu y el primer ministro alterno Gantz no han hecho una excepción.

Dejando de lado preocupaciones ideológicas sobre cuestiones como una posible anexión de partes de la Margen Occidental, una de las críticas más prominentes tiene que ver con el tamaño del Gobierno. Sin duda, en buena medida la crítica es pertinente: se trata del Gobierno más grande de la historia de Israel, con 36 ministerios, y costará un montón de dinero mantenerlo, algo tremendamente irónico, dado que tanto Gantz como Netanyahu aseguraron que una de las razones para la forja de la coalición era la de evitar una onerosa cuarta convocatoria electoral.

Ya el mes pasado, cuando aún se estaba forjando la coalición, la analista de Globes Tal Schneider dijo que el Gobierno en ciernes iba a estar “grotesca e irresponsablemente inflado” y a ser “el más dispendioso de la historia del país”.

El nuevo líder de la oposición, Yair Lapid, está siendo el crítico más destacado. “Ayer estaban en los estrados hablando de ‘las dificultades de los ciudadanos israelíes’”, dijo nada más tomar posesión el nuevo Gobierno. “Si de verdad os preocuparan, no habríais conformado este Gobierno obscenamente manirroto”. “Para gobernar el país no hacen falta más de 18 ministerios”, aseguró. “Pues bien, han montado un Gobierno que duplica ese tamaño. Y no costará 1.000 millones de shékels; costará más”.

Por supuesto, Lapid tiene bastante razón en términos objetivos, y en sus declaraciones se apunta a un problema más bien sistémico. Desde luego, no hay duda de que la composición de prácticamente todos los Gobiernos israelíes –y el actual no es mucho más grande que buena parte de sus predecesores– viene determinada más por consideraciones políticas y parlamentarias que por virtudes como el ahorro, la competencia y el interés público.

Y es que el disfuncional sistema electoral israelí conduce inevitablemente a la gobernanza disfuncional. Como el umbral de acceso a la Knéset es tan bajo, ningún partido puede conseguir la mayoría absoluta y todos los Gobiernos han de ser de coalición. Y la conformación de cualquier Gobierno implica inherentemente incesantes regateos y a menudo los más vulgares actos de cuasi soborno. Se dan ministerios a cualquiera que pueda contribuir a la formación de una coalición, y si bien se satisfacen esos intereses, así como muchos egos y ambiciones, al contribuyente israelí todo esto le cuesta miles de millones, y el Gobierno, en vez de caminar, se arrastra, lo que afecta negativamente a la capacidad de hacer negocios. Todo esto se tiene en cuenta, y todo el mundo lo acepta como un mal necesario. 

Ahora bien, aunque muchas veces este proceso es sencillamente degradante, la situación actual representa una excepción a la norma, y aun admitiendo que el Gobierno está de hecho sobredimensionado, aun así es necesario.

Por decirlo pronto: Israel se encuentra en una situación de emergencia. La pandemia del coronavirus ha cambiado el mundo de la noche a la mañana, e Israel no es una excepción. La presión sobre sus recursos, la destrucción económica que se hará sentir durante años y la siempre presente posibilidad de un segundo brote hacen del aparente deseo de algunos –Lapid incluido– de arrojar a Israel a unas cuartas elecciones algo como mínimo irresponsable. El coste de unos nuevos comicios es en última instancia secundario. El auténtico peligro es que se dejaría a Israel con un Gobierno de circunstancias en un momento en que el país necesita desesperadamente unidad y unas instituciones políticas operativas.

De hecho, fue precisamente esto lo que llevó a la conformación del actual Gobierno. Con Lapid y otros miembros de Azul y Blanco determinados a no sumarse a una coalición de unidad, Gantz rompió con su propio partido y se avino a ello, pese a sus profundas y totalmente justificadas dudas sobre la honestidad y las intenciones ocultas de Netanyahu. Gantz y todos los que se le han unido en el Gobierno entendieron, de manera bastante acertada, que la emergencia actual se impone a todas las demás consideraciones. Que, en definitiva, no había alternativa.

Por supuesto, cuando la emergencia quede atrás, se podrán hacer todas las apuestas. Casi nadie cree que Netanyahu vaya a hacer honor a su palabra y ceder el cargo de primer ministro a Gantz dentro de año y medio, y con el final del peligro inminente de la pandemia, sea en seis meses o en un año, habrá elecciones casi con toda seguridad. Ahora bien, a falta de una reforma sistémica, el actual Gobierno, tan elefantiásico, es lo mejor que le puede pasar a Israel en este momento, y sólo esto basta para justificar su lamentablemente pródiga existencia.

© Versión original (en inglés): The Algemeiner
© Versión en español: Revista El Medio