Contextos

Israel cumple 70: el futuro es ahora

Por Eli Cohen 

Bandera de Israel.
"El Estado judío sigue suscitando fuertes pasiones entre detractores y admiradores. Y es así porque Israel es un país que, siempre presente en la rabiosa actualidad, recuerda todos los horrores y todas las virtudes del siglo XX"

“Por consiguiente, nosotros, miembros del Consejo del Pueblo, representantes de la comunidad judía de la Tierra de Israel y del movimiento sionista, estamos reunidos aquí en el día de la conclusión del Mandato Británico sobre la Tierra de Israel y, en virtud de nuestro derecho natural e histórico, y basados en la resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas, proclamamos el establecimiento de un Estado judío en la tierra de Israel, que será conocido como el Estado de Israel” (Declaración de Independencia del Estado de Israel, pronunciada por David ben Gurión el 14 de mayo de 1948).

Han pasado 70 años desde entonces. El escritor catalán Josep Pla calificó el proceso que llevó a la creación de Israel como uno de los acontecimientos “más extraordinarios de la historia humana”.

Durante este tiempo, guerras, terrorismo, migraciones masivas, crisis energéticas, nacionalismo sobrevenido, radicalismo islámico y revoluciones políticas se han sucedido en todo Oriente Medio; hoy es una de las zonas más peligrosas del planeta, por lo que sucede y por lo que puede llegar a suceder.

El Estado de Israel, 70 años después, tiene muchas razones para sacar pecho y sentirse orgulloso de los logros conseguidos. Por otro lado, tiene también muchas razones para preocuparse. Israel enfrenta desafíos, errores y problemas que no puede posponer por más tiempo.

El Estado judío sigue suscitando fuertes pasiones entre detractores y admiradores. Y es así porque Israel es un país que, siempre presente en la rabiosa actualidad, recuerda todos los horrores y todas las virtudes del siglo XX.

Razones para el orgullo

Pese al entorno hostil y al constante estado de guerra, Israel ha logrado prosperar de forma espectacular desde aquel 14 de mayo de 1948.

Según el Índice Mundial de Felicidad, Israel es el undécimo país más feliz del mundo. Un 82% de la población, incluyendo en la muestra a árabes israelíes, está orgulloso de su nación.  

De acuerdo con todos los índices de referencia, Israel es hoy una democracia plena, y una excepción en todo Oriente Medio en lo relacionado con la división de poderes, la protección de minorías y el bienestar social.

El Índice de Democracia elaborado por The Economist otorga a Israel una puntuación global de 7,79, en el mismo nivel que Italia, Estados Unidos, Bélgica, Portugal, Francia y Grecia. En el Índice de Desarrollo Humano, Israel está por encima de España, Austria, Finlandia, Japón o Luxemburgo. El Índice de Libertad Humana del Instituto Cato sitúa a Israel en el puesto 46 (de 159), con 7,68 puntos sobre 10.

En el ranking de los mejores sistemas sanitarios publicado por la Organización Mundial de la Salud, Israel está en el puesto número 28 (de 190), por delante de Canadá, Australia o Dinamarca. Israel es también el tercer país más educado del mundo según la OCDE. No en vano es el segundo país en libros publicados por habitante, y el primero en número de científicos, técnicos, ingenieros y museos.

Israel es el país más seguro para el colectivo LGTB de todo Oriente Medio, y uno de los más garantistas de toda Asia. Mientras sus correligionarios sufren matanzas y discriminaciones sin cuento en la región, en Israel los cristianos ganan peso demográfico.

La Justicia israelí sorprende por su independencia: en los últimos diez años un presidente y un primer ministro han sido condenados y encarcelados.

Además, y no menos importante, la economía de Israel es boyante. Israel es un faro global de innovación tecnológica. Las start-ups israelíes han revolucionado el mundo en los últimos 20 años. Con motivo de este 70 aniversario, los israelíes votaron, como las mejores innovaciones que han salido de su país, el Iron Dome, la aplicación Waze, el riego por goteo y el USB.

Aunque muchos lo califiquen de “milagro económico”, la robustez de la economía israelí es fruto de un esfuerzo coordinado y bien diseñado desde los años ochenta. Que hoy haya más empresas israelíes que europeas en el Nasdaq no es casualidad, como tampoco lo es que Israel sea el primer país del mundo en inversión en I+D (un 5% del PIB). Actualmente, Israel goza de pleno empleo, la tasa de paro es del 3,8%. Henrique Cymerman definió así el poderío económico de Israel: un país más pequeño que Galicia con una renta per cápita superior a muchos países de Europa.

Dentro de los países llamados “occidentales” –Israel siempre ha querido estar incluido en esta categoría–, tiene la tasa de fertilidad más alta: 3,1 hijos por mujer.

Para la consecución de estos buenos resultados, la importancia del Ejército ha sido fundamental. El Ejército es la columna vertebral del joven Estado. El Ejército ha sido la clave de su supervivencia, hoy es el más poderoso de la zona y los países y grupos terroristas que luchan por su destrucción no lo tienen nada fácil.

Razones para la preocupación

Sin embargo, el reverso de la moneda muestra errores, problemas y desafíos que ponen en riesgo todos los logros anteriores. El conflicto con los palestinos, la tensión entre religión y democracia, la pobreza, las relaciones con el resto de Oriente Medio y una guerra a gran escala contra Irán son espadas de Damocles que pesan sobre los israelíes.

El pasado día 19, en las páginas de El País, el escritor israelí David Grossman expresaba su dolor por la deriva del actual Israel, país por el que murió su hijo Uri en 2006, en la Segunda Guerra de Líbano. Grossman se centró en el conflicto con los palestinos y se mostró especialmente duro con las políticas israelíes en los territorios en disputa. Para Grossman, su hogar no será tal hasta que los palestinos tengan el suyo propio. Ciertamente, establecer un Estado palestino no arreglará todos los problemas de Oriente Medio ni de Israel, ni siquiera acabaría con el conflicto, pero es un avance necesario para mejorar las vidas de palestinos e israelíes.

Poco tiempo antes, el día 4, en el New York Times, el presidente del Congreso Judío Mundial, Ronald Lauder, dio otro tirón de orejas a Israel por la cuestión palestina, la miope política de asentamientos, el alejamiento de la solución de los dos Estados y el creciente poder de los extremistas religiosos. Lauder fue tajante:

Israel tendrá que elegir: o conceder plenos derechos a los palestinos y dejar de ser un Estado exclusivamente judío o rescindírselos por completo y dejar de ser una democracia. La otra opción es apoyar la creación de dos Estados.

Lo que más conviene a Israel es terminar con la ocupación militar de Cisjordania y favorecer el establecimiento de un Estado palestino. Que el liderazgo palestino tenga muchas tareas pendientes no justifica que los israelíes tengan que abandonar las suyas. Pero los israelíes, tanto líderes políticos como población, se están enrocando en sus posiciones inmovilistas y, al igual que muchos grupos palestinos, parecen estar más cómodos con la eternización de la actual coyuntura que con una solución.

Lauder atizó también a Israel por otra razón de peso: el monopolio ultraortodoxo de ciertas facetas de la vida civil es algo que está provocando una creciente desafección entre los judíos de la Diáspora y los de Israel. La simbiosis entre todos los judíos del mundo e Israel ha sido durante esto 70 años un factor primordial para la supervivencia del proyecto sionista; si esta simbiosis se deteriora, sumado a la política de asentamientos que la comunidad internacional rechaza, Israel se verá aislado hasta por sus más firmes admiradores.

Además de trabajar por un Estado palestino independiente, democrático y pacífico, Israel debe centrar sus esfuerzos legislativos en crear una Constitución, asegurar sus pilares democráticos y dejar atrás el statu quo propio de una nación con un futuro incierto. Su preciada democracia está en juego.

El conflicto con los palestinos y el poder de los ultraortodoxos no son los únicos problemas a resolver. A pesar de la buena marcha de la economía, alrededor de 1,5 millones de personas, un 20% de la población, vive bajo el umbral de la pobreza. La población ultraortodoxa y la árabe-israelí son los sectores más empobrecidos. Los intentos de integrar a ambos han sido hasta ahora lentos, progresivos y silenciosos. Se han logrado avances, es cierto, pero la tendencia no parece revertirse.

Otro de los problemas más preocupantes para Israel es la constante expansión de Irán por Oriente Medio. El pasado mes de febrero se produjo el primer enfrentamiento directo entre ambas naciones sobre suelo sirio, y el reciente ataque quirúrgico de la coalición formada por EE UU, Francia y Gran Bretaña contra el arsenal químico del régimen de Bashar el Asad hizo saltar todas las alarmas. Además, el grupo proiraní Hezbolá tiene en el Líbano más de 100.000 cohetes y misiles que pueden alcanzar el centro del país. Una guerra abierta contra Irán y sus acólitos en Oriente Medio –Hezbolá, Hamas y el régimen sirio– podría tener consecuencias devastadoras para Israel y para todo Oriente Medio.

El futuro es ahora

Israel ha conseguido mucho en muy poco tiempo y con el viento en contra, pero sigue presa de varios síndromes –en su mayoría fruto de la situación hostil que vive por la amenaza de sus vecinos–. Aún sigue justificando su existencia, aún sigue actuando de forma encapsulada. Debe cambiar el enfoque y aprovechar las nuevas relaciones con los países suníes. En este sentido, la colaboración soterrada con los países del Golfo y, sobre todo, las históricas declaraciones de Mohamed ben Salman aceptando la existencia de Israel son un tren que el Estado judío no puede perder. Israel debe asumir su posición. Es un país amenazado, pero la principal potencia militar de la región tiene nuevos amigos que antaño eran enemigos. Este nuevo marco podrá facilitar un acuerdo con los palestinos y podrá frenar la constante expansión iraní. Esta nueva situación regional dejaría a los israelíes las manos más libres para resolver sus desafíos domésticos.

JFK dijo que Israel no había nacido para desaparecer, sino para prosperar. Es verdad, Israel no ha desaparecido y ha prosperado. Ahora bien, ha intentado posponer y mantener otros problemas que ponen en peligro su futuro democrático y libre.

Después de 70 años, para Israel, el futuro es ahora.