Contextos

Israel, contra viento y marea

Por Pablo Kleinman 

Tel-Aviv-Yafo-Israel
"Contra viento y marea, en un vecindario hostil y en una tierra exhausta, hoy en día se levanta un Estado notablemente más avanzado que el resto de los países de la región; un Estado que, a pesar de su pequeño tamaño y población, contribuye considerablemente al progreso de la humanidad, ya sea en el campo tecnológico, en el cultural o en el humanitario. Un Estado con una democracia vibrante que se ha desarrollado en un contexto político en el que pocos países hubieran logrado desarrollarla o siquiera mantenerla. Para los israelíes esto debe ser motivo de orgullo y satisfacción"

Desde pequeño supe qué era Israel, y en casa mi padre me contaba historias acerca del milagro de su renacimiento y de su supervivencia luego de varias guerras mortales contra sus vecinos árabes. Mi familia siempre fue teóricamente sionista, como tantas otras familias judías de la Diáspora. Con lo de “teóricamente” me refiero a que siempre apoyó de una manera u otra al estado judío, ya sea enviando donativos o participando en actividades culturales prosionistas. Sin embargo, entre mis familiares inmediatos, ese sionismo nunca fue muy práctico. Mi abuelo, que nació en el mismo pueblo que David ben Gurión, del cual era pariente lejano, prefirió cruzar el Atlántico y buscar fortuna en América en vez de emigrar a la problemática Palestina. Mis padres visitaron Israel como turistas en un par de oportunidades, pero nunca tuvieron mucho interés en llevarme con ellos.

Como judío poco religioso pero sí algo tradicional, mi identificación con Israel siempre ha sido mucho más histórica y cultural que religiosa. Siempre he visto a Israel como el Hogar Nacional del Pueblo Judío, pueblo al cual pertenezco. Y yo claramente me siento judío en el sentido de que soy miembro de un pueblo milenario, con una cultura, una historia y unas tradiciones que trascienden mi eventual religiosidad.

Siempre me ha costado explicárselo hasta a mis propios hermanos: que me siento judío como un americano de origen napolitano se puede sentir italiano. Claro, que el abuelo de ese italiano seguramente salió de Italia para ir a América, y el mío partió de Polonia, y eso hace la explicación un poco más dificultosa, pero no niega que el ser judío sea una identidad nacional o étnica tanto como el ser español, o francés. O como ser armenio, otro pueblo con una gran diáspora que ha conservado su identidad cultural y sus raíces a través los siglos.

Ya en la universidad, tuve oportunidad de estudiar más detalladamente la historia de Israel y la política de los países de Medio Oriente; y mi curiosidad fue aumentando, hasta que, un par de años después de recibirme, tuve mi primera oportunidad de ir de visita, en plan mochilero. Inmediatamente sentí una conexión tan fuerte como inesperada… quizás inexplicable. Y es que, sin hablar hebreo, me sentí inexplicablemente como en casa. Las caras, el temperamento, la cultura se me hicieron mucho más familiares y mucho más afines de lo que esperaba. El recibimiento que me dieron los israelíes fue también distinto al que se da a un simple turista en cualquier país. Regresé tres veces más, y cada vez que fui experimenté la misma sensación de familiaridad y afinidad, de estar entre mi gente.

A diferencia de los españoles, los italianos, los franceses, los armenios, ya vivieran fuera o dentro de sus lugares de origen, los judíos durante muchos siglos no tuvimos hogar nacional que nos sirviera de referencia ni, mucho menos, de refugio. Un país que nos defendiera cuando fuéramos perseguidos o discriminados, que nos acogiera cuando lo necesitáramos. Todo esto cambió con la restauración del estado judío, en 1948.

Contra viento y marea, en un vecindario hostil y en una tierra exhausta, hoy en día se levanta un Estado notablemente más avanzado que el resto de los países de la región; un Estado que, a pesar de su pequeño tamaño y población, contribuye considerablemente al progreso de la humanidad, ya sea en el campo tecnológico, en el cultural o en el humanitario. Un Estado con una democracia vibrante que se ha desarrollado en un contexto político en el que pocos países hubieran logrado desarrollarla o siquiera mantenerla. Para los israelíes esto debe ser motivo de orgullo y satisfacción. Y para el resto de los judíos también, porque aunque hayamos nacido en otro sitio y seamos parte de otras sociedades, Israel es nuestro país de origen y siempre será nuestro hogar espiritual.

Nota del Editor: este texto se publicó por vez primera en el nº 47 de La Ilustración Liberal (primavera de 2011).