Contextos

Israel, 1967: del trauma al triunfalismo

Por Julián Schvindlerman 

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"Los israelíes ven su situación actual bajo el prisma de una simple pregunta: '¿Estamos en un momento tipo mayo o tipo junio de 1967?'. Vale decir, '¿somos vulnerables o fuertes?'. Dependiendo de cómo respondan a ese interrogante se comportarán de una u otra forma"

Como era de prever, buena parte de la cobertura de prensa del 50º aniversario de la Guerra de los Seis Días fue sesgada, centrándose en una de sus consecuencias más perdurables, “la ocupación de tierras palestinas”, para ponerlo en la jerga mediática. Los medios podían haber puesto el foco en la génesis de la contienda, y hablar de las amenazas árabes de echar a los judíos al mar; de los programas de radio, incluso en hebreo, que desde Egipto instaban a los israelíes a abandonar el país; de los diarios sirios, jordanos y egipcios que con euforia vaticinaban la aniquilación de la entidad sionista; de la traición a Israel por parte de Francia, que impuso un embargo militar en las vísperas de una guerra de exterminio dos décadas después del Holocausto; de la complicidad con los árabes de la ONU, que retiró a las tropas que debían resguardar la frontera en el Sinaí; de la soledad internacional de Israel y de la angustia de sus ciudadanos; de las fosas comunes que se cavaron en los parques israelíes, de la movilización de miles de reservistas israelíes, del colapso nervioso del jefe del Ejército israelí, Isaac Rabín, por el estrés que le generó el dramático momento. Por ejemplo.

Pero eso hubiera dinamitado la imagen de un Israel poderoso y ocupante, la favorita de los periodistas. Era más cómodo preservar inalteradas las propias nociones, y así se hizo. En consecuencia, el foco estuvo en la narrativa de victimización palestina y en los estragos de la ocupación. En un interesante caso de incontinencia editorial, el diario español El País se arrancó ya el año pasado con una serie de notas encomendadas a ese gran amigo de Israel que es Mario Vargas Llosa sobre las diversas facetas de la contienda; al menos, todas las que mostraran el rostro malvado del Estado judío.

Uno de los escasos análisis profundos lo ofreció un israelí en el New York Times, diario que, a diferencia de otros muchos, brindó perspectivas divergentes sobre el conflicto, lo que permitió a sus lectores recibir una pluralidad de ideas y enfoques. En una nota titulada “Aún atrapados entre mayo y junio de 1967”, Yossi Klein Halevy analizó el impacto psicológico en la sociedad israelí, y cómo sigue afectando los planteamientos de sus compatriotas. El articulista argumentó que el paso del trauma al triunfalismo que experimentaron los israelíes en cuestión de semanas sigue influyendo en sus posiciones ideológicas. En muy poco tiempo, Israel pasó de creer que sería arrasada a verse victoriosa ante enemigos más grandes y a expandir sus fronteras. Liberar Jerusalem, Gaza y Cisjordania, así como el Sinaí y el Golán, de manos árabes y acceder al Muro de los Lamentos, hasta entonces vedado a los judíos, pocas semanas después de sentir que el sionismo estaba por llegar a su fin dejó una marca en el inconsciente colectivo israelí. Halevy postula que los israelíes ven su situación actual bajo el prisma de una simple pregunta: “¿Estamos en un momento tipo mayo o tipo junio de 1967?”. Vale decir, “¿somos vulnerables o fuertes?”. Dependiendo de cómo respondan a ese interrogante se comportarán de una u otra forma.

Halevy ofrece algunos ejemplos ilustrativos. Un momento mayo de 1967 ocurrió cuando la Asamblea General de la ONU votó a favor de equiparar el sionismo con el racismo, en 1975. Los israelíes se sintieron maltratados e incomprendidos. Miles de ellos marcharon bajo la lluvia hacia una vieja estación de tren de la era otomana próxima a Nablus y clavaron un cartel que decía “Avenida del Sionismo”. El movimiento colono ya había nacido y crecido, no obstante, era limitado. A partir de entonces recibió un empujón. En contraste, un momento junio de 1967 tuvo lugar cuando Anwar Sadat visitó Jerusalem en 1977. Los israelíes se sintieron aceptados. Miles de ellos lo recibieron con entusiasmo. Tras el acuerdo de paz, el Gobierno de Menájem Beguin levantó los asentamientos que el laborismo había construido en el desierto del Sinaí en los años previos.

La dicotomía mayo-junio está inserta en la realidad del país. El Israel de 2017 se diferencia en mucho del de 1967: su economía es desarrollada, es un Estado high-tech, tiene relaciones diplomáticas con casi todos los países del mundo. A la vez, y esencialmente, no es mucho lo que ha cambiado. El odio antisionista persiste en la región, Hamás y Hezbolá tienen miles de misiles apuntando a Israel, Irán busca la destrucción del Estado judío y son continuas las campañas de boicot y desprestigio antiisraelíes orquestadas desde Occidente.

Entonces, ¿está Israel en una posición de fortaleza o en una de vulnerabilidad? ¿Puede ser concesivo porque está bien asentado, o debe asegurar sus posiciones porque está amenazado?

En las cinco décadas transcurridas desde aquella histórica contienda, muchas cosas han cambiado en el Medio Oriente. Otras, tercamente, no lo han hecho. Esperemos que el aniversario número cien regale una más diáfana realidad.