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Irán y el futuro de Oriente Medio

Por Clifford D. May 

El presidente de EEUU, Barack Obama.
"Cuando, en 1972, el presidente Richard M. Nixon visitó la República Popular, se reunió con el presidente Mao Zedong, el líder comunista revolucionario, y el premier Zhou Enlai, el pragmático jefe del Gobierno. A continuación se produjo una distensión y normalización de las relaciones. En marcado contraste, Alí Jamenei, el líder revolucionario de la República islámica, y Hasán Ruhaní, el pragmático presidente del régimen teocrático, no se dignarán siquiera a compartir una botella de zumo de granada con Barack H. Obama, presidente de la 'satánica' América, su 'enemiga' jurada"

Nixon fue a China. Obama no va a ir a Irán.

Cuando, en 1972, el presidente Richard M. Nixon visitó la República Popular, se reunió con el presidente Mao Zedong, el líder comunista revolucionario, y el premier Zhou Enlai, el pragmático jefe del Gobierno. A continuación se produjo una distensión y normalización de las relaciones. En marcado contraste, Alí Jamenei, el líder revolucionario de la República islámica, y Hasán Ruhaní, el pragmático presidente del régimen teocrático, no se dignarán siquiera a compartir una botella de zumo de granada con Barack H. Obama, presidente de la satánica América, su enemiga jurada.

El presidente Obama parece impertérrito, seguro de que la distensión y normalización de las relaciones –por no hablar de un Oriente Medio más estable– se hallan al final del camino que empezó a cimentar en 2015 con su Plan de Acción Conjunto y Completo, un acuerdo nuclear que no obtuvo el apoyo del Congreso ni la aprobación de la opinión pública.

La tensa polémica sobre cómo hemos llegado hasta aquí y hacia dónde vamos es el tema de un nuevo libro: The Iran Wars: Spy Games, Bank Battles, and the Secret Deals that Reshaped the Middle East (Las guerras de Irán: tramas de espías, batallas bancarias y los acuerdos secretos que transformaron Oriente Medio), de Jay Solomon, redactor jefe de la sección de Internacional de The Wall Street Journal.

Lo que me ha llamado la atención de este primer borrador de historia contemporánea son las oportunidades que Obama ha perdido, o mejor dicho, que ha desperdiciado. En 2009, el tosco Mahmud Ahmadineyad ganó unas elecciones presidenciales que no sólo estaban manipuladas –es el procedimiento estándar– por el líder supremo, Jamenei, sino que también fueron falseadas. Los iraníes salieron a las calles clamando: “¡Muerte a los dictadores!” y “Presidente Obama, ¿estás con nosotros o contra nosotros?”.

Según Solomon, Obama no sólo se negó a apoyarlos, sino que puso fin a varios programas dedicados a documentar las violaciones de Irán contra los derechos humanos y ordenó a la CIA que diera la espalda a la Revolución Verde. “La Agencia tiene planes de contingencia para apoyar las revueltas democráticas en cualquier parte del mundo”, escribe Solomon. “Éstos incluyen dotar a los disidentes de vías de comunicación, dinero y, en algunos casos extremos, armas. Pero en este caso la Casa Blanca dio la orden de no actuar”.

A Obama no le entusiasmaban las sanciones, tampoco. Él y su secretario de Estado, John Kerry, consideraban que mostrar respeto a los dirigentes de Irán y entablar un diálogo con ellos bastaría para mitigar su animosidad y belicosidad. “Se han librado demasiadas guerras a causa de malentendidos, errores de interpretación y falta de diplomacia eficaz”, le dijo Kerry a Solomon en una entrevista en este mismo 2016. “La guerra es el fracaso de la diplomacia”.

Sospecho que Clausewitz y Sun Tzu no compartirían esa opinión. Es más: bastantes miembros del Congreso, entre ellos republicanos como Mark Kirk, Ed Royce e Ileana Ros-Lehtinen y demócratas como Robert Menendez, Eliot Engel y Howard Berman, estaban convencidos de que hablar con delicadeza no era suficiente, y de que cuando se trata con los líderes de Irán es necesario llevar un buen garrote. Solomon señala que hubo miembros del Congreso que colaboraron con varios think tanks de Washington para encontrar “nuevas maneras de reducir los beneficios del petróleo de Irán y su capacidad de llevar a cabo transacciones financieras”.

En concreto –añade–, llegó un “arma letal” de la Foundation for Defense of Democracies (FDD, el think tank que fundé tras el 11 de septiembre de 2001 y del que soy presidente), que se “dedica a combatir el extremismo en Oriente Medio y, en particular, a defender la seguridad de Estados Unidos, Israel y otras democracias amenazadas por el islam radical”. El director ejecutivo de la FDD, Mark Dubowitz, y su equipo de investigación, que domina el persa, “proporcionaron un flujo constante de informes a los legisladores estadounidenses sobre las empresas e individuos iraníes que a su juicio deberían ser sancionados por su papel en el desarrollo del programa nuclear iraní”.

Finalmente, Dubowitz, en colaboración con Richard Goldberg, entonces subjefe de personal del senador Kirk, dieron con una “bomba financiera”: una empresa con sede en Bélgica, llamada Swift, “que provee la red informática internacional que facilita prácticamente todas las transacciones bancarias del mundo mediante un amplio sistema de monitorización financiera y de mensajería”. La Administración Obama no quiso hacerlo, pero en 2012 “el Congreso, una vez más, se impuso a las inquietudes de la Casa Blanca y aprobó unánimemente” la ley que expulsaba a Teherán de la red Swift.

En 2013, esas medidas estaban “paralizando la economía de Irán”. Si se hubiese intensificado –o simplemente mantenido– la presión, quién sabe qué concesiones habrían tenido que hacer los líderes de Irán para evitar la crisis y la quiebra económica. Pero Obama facilitó las cosas a Irán a cambio de un acuerdo provisional. Después de eso, cabría esperar pocas concesiones –o ninguna– de Teherán. El ayatolá Jamenei insistió en que se respetaran sus líneas rojas, mientras se transgredían, una detrás de otra, las establecidas por Obama.

Al final, Irán ni siquiera tuvo que reconocer que hubiese tenido alguna vez un programa de armas nucleares, y mucho menos revelar los progresos del mismo. Sin embargo, la Administración Obama accedió a que Irán pudiese construir un programa nuclear “a escala industrial, con cientos de miles de máquinas, tras un periodo de 10 años de restricciones”.

“No tengo dudas de que hemos evitado una guerra”, le dijo Kerry al autor en una entrevista a principios de este año. Tal vez tenga razón. Pero también podría ser que lo que él cree evitado haya sido simplemente pospuesto.

Basándose más en la fe que en la evidencia, Kerry y Obama creen que la República Islámica se moderará, que renunciará a sus ambiciones de fundar un nuevo gran imperio islámico, que dejará de soñar con dar muerte a América, Israel, Arabia Saudí y otros países infieles y que no se convertirá en un adversario más temible y letal.

“Obama confía en que Jamenei y sus aliados revolucionarios no sobrevivan a los plazos estipulados en el acuerdo nuclear”, concluye Solomon. “Pero si lo hacen, Estados Unidos podría provocar una escalada nuclear aún mayor en Oriente Medio”.

Sí, esa es la apuesta. Y me parece demasiado arriesgada.

© Versión original (en inglés): Foundation for Defense of Democracies
© Versión en español: Revista El Medio

Jay Solomon: The Iran Wars: Spy Games, Bank Battles, and the Secret Deals that Reshaped the Middle East, Penguin, 2016.