Contextos

Irán: el cambio de régimen es la mejor esperanza para Occidente

Por Noah Rothman 

Alí Jamenei, Líder Supremo de la República Islámica de Irán.
"Están empezando a aparecer las grietas, mientras los manifestantes sacuden los cimientos de la República Islámica. Como el de la Unión Soviética, el iraní es un régimen represor que sacrificó su legitimidad mucho antes de que sus ciudadanos se rebelaran en las calles. El acuerdo nuclear ha dado al país nuevos y lucrativos acuerdos comerciales y acceso a bienes perdidos en 1979, pero no ha provocado un cambio en la confrontación del régimen con Occidente. Nada lo hará. Tendrá que haber otros gestores en Teherán"

A medida que los manifestantes contra el régimen reciben una respuesta cada vez más violenta de las autoridades, los que en Occidente defendieron la confraternización con los mulás parecen haberse puesto muy a la defensiva. Su reacción a los acontecimientos en Irán es razonable, si bien no del todo virtuosa. A fin de cuentas, los manifestantes están repitiendo las quejas que expresaron los críticos del acuerdo nuclear desde el primer momento. Tras la aplicación del acuerdo, el régimen no ha hecho más que seguir desviando a sus arcas el dinero de la economía privada y las organizaciones benéficas. Está gastando las riquezas que le han llovido no en casa, sino en organizaciones terroristas en el extranjero y en una intervención militar de alcance regional, tanto directamente como a través de satélites. Puede que lo más espeluznante para los defensores del acuerdo sea que estas protestas sugieren que el régimen iraní no es una realidad inevitable que debamos asumir. Lo cierto es que podría ser bastante frágil. Un mundo sin el máximo patrocinador estatal del terrorismo es hoy una perspectiva concebible.

El cambio de régimen en Teherán no es defendido únicamente por esos neoconservadores intervencionistas cortos de miras. Es la postura base de gran parte del establishment de la política exterior. Incluso el secretario de Estado adjunto y coordinador para Oriente Medio de la Administración Obama, Philip Gordon, reconoció que ver al régimen de Teherán “debilitado” o “incluso removido” sería un resultado deseable. Pero para lograrlo recomendó que el presidente Trump se callara; o, como mínimo, debería fingir indiferencia hacia las protestas en Irán. Como si un presidente estadounidense pudiese quedarse de brazos cruzados con la conciencia tranquila mientras una teocracia criminal está masacrando civiles.

Esta contención resulta familiar. Gordon viene a decir que a un régimen forajido incurso en un brutal baño de sangre podría verse beneficiado por el hecho de que un presidente estadounidense conociera la matanza y protestara. Estas lumbreras ilustradas de la política exterior no ven claridad moral en la condena de la violencia estatal en las calles; ven ahí chovinismo. Piensan que los iraníes se solidarizarán con su Gobierno solo para fastidiar a Trump, olvidándose temporalmente de la opresión que sufren a manos de sus torturadores. Éste es un constructo poco convincente, pero popular.

Quienes temen las consecuencias de que Trump condene los actos del régimen iraní con demasiada rotundidad no están temiendo por Irán sino por Occidente. Por insatisfactorios que sean los mulás, se sabe quiénes son. Lo que venga después de ellos, no. “Ay”, se lamentaba el reportero del Washington Post Glenn Kessler, “el pueblo iraní podría tener más libertad, pero, venga quien venga después de los mulás, probablemente querrá mantener las ambiciones nucleares de Irán y proteger su poder en la región, al igual que el sah”. Como cualquier Estado soberano, Irán guardará celosamente su autoridad y actuará en pos de sus intereses con vigor, pero no está ni mucho menos claro que mantuviera su programa nuclear si cayera la República Islámica.

El enorme coste asociado a un programa de armas nucleares sólo se justifica por una valoración racional de las amenazas. Hay numerosos ejemplos de países que decidieron abandonar las armas nucleares disuasorias porque las amenazas que pretendían combatir desaparecieron. Los ejemplos más obvios son los de Ucrania y Bielorrusia, que heredaron arsenales nucleares tras la caída de la Unión Soviética. También en aquel entonces se suponía que un régimen aparentemente intratable que había superado las pruebas de la Historia y el descontento de su pueblo iba a durar eternamente. Pero, de repente, no duró. Para esos miembros fundadores de la Comunidad de Estados Independientes, mantener siquiera un pequeño arsenal nuclear no se justificaba por las amenazas del entorno justo después de la Guerra Fría, así que simplemente renunciaron.

Igualmente, la Sudáfrica del apartheid desarrolló un arsenal nuclear porque era un paria regional. Temiendo a sus vecinos antiapartheid, a una comunidad internacional indiferente u hostil y a una insurgencia respaldada por Cuba en la vecina Angola, era razonable tener una política de protección. Cuando las amenazas desaparecieron a causa de la evolución política en el país y en el extranjero, Sudáfrica desmanteló voluntariamente su programa nuclear. Incluso consintió un invasivo régimen de verificación tras la elección de Nelson Mandela y su reingreso en la comunidad africana. Asimismo, tanto Brasil como Argentina renunciaron a sus programas de armas nucleares cuando enterraron su mutua animosidad tras la firma del Tratado de Tlatelolco, que relajó las tensiones bilaterales.

Si cayese el régimen de Irán, hay muchos motivos para creer que Teherán se replantearía sus opciones. Si los manifestantes se saliesen con la suya y obligasen a un Gobierno iraní provisional a dejar de financiar a organizaciones terroristas como Hezbolá y a Estados canallas como Siria, la amenaza que representa el arsenal nuclear de Israel (que posee desde al menos 1968) disminuiría significativamente. Además, los rivales no nucleares de Irán en el mundo árabe –principalmente Arabia Saudí y sus aliados– podrían ser controlados igualmente por medio de fuerzas convencionales. Los incentivos que se le ofrecen a Teherán en forma de ayudas para inducir a un desarme nuclear verificable y una transición hacia un régimen republicano también facilitarían el proceso.   

Para los sedicentes racionalistas que diseñaron el acuerdo nuclear con Irán y ahora andan deprimidos, todo esto suena muy fantasioso. “Siendo realistas, el mejor escenario posible no es que Irán se convierta en una democracia liberal al estilo occidental, sino que siga más bien el modelo de China, con una apertura económica y diplomática, mientras se permiten algunas libertades sociales”, ha escrito el ahora analista de asuntos exteriores del New York Times Max Fisher. De hecho, hemos visto algunas libertades restauradas en la República Islámica –la abolición de la pena de arresto para las mujeres que se nieguen a llevar el hiyab, por ejemplo–, pero sólo porque los manifestantes han prendido fuego a oficinas gubernamentales. Lo de Fisher no es sólo un fracaso de la imaginación disfrazado de cálculo sereno: es una diversificación de la apuesta. Nadie te echará la culpa si el Gobierno de Teherán cae y no lo viste venir. ¿Quién habría podido? Pero si defendieses –y no digamos si tratases de apresurar– la caída del régimen y éste sobreviviera a pesar de todo, tu reputación como policymaker o como analista no sobreviviría.

Están empezando a aparecer las grietas, mientras los manifestantes sacuden los cimientos de la República Islámica. Como el de la Unión Soviética, el iraní es un régimen represor que sacrificó su legitimidad mucho antes de que sus ciudadanos se rebelaran en las calles. El acuerdo nuclear ha dado al país nuevos y lucrativos acuerdos comerciales y acceso a bienes perdidos en 1979, pero no ha provocado un cambio en la confrontación del régimen con Occidente. Nada lo hará. Tendrá que haber otros gestores en Teherán.

© Versión original (en inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio