Contextos

Irán e Israel, aliados del pasado y del futuro

Por Said Gasemineyad 

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"Tras las fraudulentas elecciones presidenciales de 2009, los manifestantes proclamaban en las calles: “Ni Gaza ni el Líbano: mi vida por Irán”, en marcado contraste con la propaganda oficial de odio a Israel"

En los últimos treinta años, la República Islámica de Irán no solo ha llamado continuamente a la destrucción de Israel, sino que ha estado haciendo por que sucediera. Hay una historia, poco conocida, que cuenta que en 1873 Naser Aldin Sha Qayar se reunió con algunos personajes judíos europeos. En sus memorias, el entonces rey de Irán relata que les hizo esta sugerencia: ya que eran lo bastante acaudalados, deberían comprar un país, transformarlo en hogar del pueblo judío y convertirse ellos mismos en líderes de ese país.

La implicación del Gobierno iraní en el conflicto árabe-israelí se remonta a 1930. El ministro de Exteriores, Mohamed Alí Forugui, propuso a los líderes del país que Teherán fuera neutral, si bien con una ligera predisposición hacia los árabes. Cuando Forugui se convirtió en primer ministro, apoyó a los palestinos en un discurso ante la Sociedad de Naciones.

Pero su posición tuvo detractores de envergadura. En 1936 el entonces canciller, Enaytolá Samii, propuso una alianza estratégica entre Irán y el Estado judío. En una carta abogó por un enérgico apoyo a este último, dado que los pueblos israelí e iraní tenían un enemigo común, los árabes de la zona. En ella expresaba además su preocupación por que, en el futuro, pudiera surgir un imperio árabe en las fronteras occidental y meridional de su país que amenazase sus intereses nacionales, de ahí que viera al Estado judío como un poderoso aliado estratégico.

En 1950 Irán entabló relaciones con Israel, lo que implicaba un reconocimiento de facto del Estado judío por parte de Teherán, si bien debe señalarse que en su momento había votado contra su ingreso en la ONU. En julio de 1951 Mohamed Mosadegh, un aliado de los islamistas que se había hecho con el poder gracias al asesinato de su poderoso rival, Alí Razmara, por el grupo fundamentalista radical Fadayan e Islam, fuertemente influido por los Hermanos Musulmanes, cerró el consulado iraní en Jerusalén y rompió relaciones diplomáticas. Tras la caída de Mosadegh, el Sha no era aún lo suficientemente poderoso como para hacer frente a los islamistas, que estaban en pleno auge, y no pudo restablecer los lazos. Pero finalmente el 24 de julio de 1960 declaró que se abría un nuevo capítulo en la historia de ambos países. Dos días después, Siria y Egipto, que se había unido para formar la República Árabe Unida, rompieron con Irán.

El giro de Sha supuso el inicio de veinte años de fructífera colaboración entre israelíes e iraníes. Antes de la revolución, cooperaron en cuestiones relacionadas con el petróleo, la inteligencia, la agricultura o la construcción. Parece que esa provechosa relación está lejos de volver a darse, pero sólo es así a primera vista. Simplemente debe recordarse cómo, tras las fraudulentas elecciones presidenciales de 2009, los manifestantes proclamaban en las calles: “Ni Gaza ni el Líbano: mi vida por Irán”, en marcado contraste con la propaganda oficial de odio a Israel. Con sólo una única y poderosa frase, los iraníes revelaban sus verdaderos sentimientos, lo mucho que detestan el apoyo militante del régimen a otros islamistas de la región y sus continuas amenazas al Estado judío; y además mostraban su genuino compromiso con la democracia.

¿Cómo serían las relaciones irano-ísraelíes si los planteamientos de los demócratas se hicieran realidad? ¿Cómo se plantearía la política israelí de Irán? En primer lugar, el pleno establecimiento de relaciones diplomáticas revestiría gran importancia para un Irán democrático. En segundo lugar, Teherán no sólo acabaría con sus contraproducentes intromisiones en el conflicto de Oriente Medio, sino que dejaría claro que el apoyo a los palestinos no va en interés de la seguridad nacional iraní. En un plano más social, los intercambios –en áreas como la educación, la cultura, la economía y el deporte– entre jóvenes serían un poderoso pilar de las relaciones entre los dos países.

Los bravos demócratas iraníes no están demasiado lejos de esa amistad sincera y duradera entre su país e Israel, pues el régimen no sólo está en bancarrota moral, sino que afronta una crisis financiera tan profunda que podría provocar su desaparición. En El manifiesto romántico, Ayn Rand escribió: “Todo aquel que lucha por su futuro vive ya en él”. Lo cual casa perfectamente con la joven generación iraní y su lucha por la democracia. Los jóvenes iraníes saben, mental y cordialmente, que Teherán y Tel Aviv son aliados naturales.

* N. del A.: este artículo lo he escrito conjuntamente con la periodista germano-iraní Saba Farzan, del Mideast Forum Berlin.

The Times of Israel