Contextos

Intento de golpe en Turquía: un festín de pretextos

Por Burak Bekdil 

Bandera de Turquía.
"Tal vez nunca sepamos si el fallido golpe del 15 de julio fue una versión turca del incendio del 'Reichstag'. Pero sí sabemos que se utilizará como pretexto para hacer creer que una multitud de enemigos, dentro y fuera de Turquía, está conspirando contra el Gobierno"

Todo pareció surrealista en Turquía: soldados que invitaban al jefe del mando antiterrorista de la Policía a una “reunión” para pegarle un tiro en la cabeza; los gerifaltes –incluido el jefe del Estado Mayor, el jefe de las Fuerzas Aéreas, el jefe de las Fuerzas Terrestres y el comandante de la Gendarmería–, tomados como rehenes por sus propios ayudas de campo; luego, miles de personas que tomaban las calles para oponerse al golpe de Estado, se enfrentaban a los tanques, morían; soldados que abrían fuego contra los civiles y, al final, los victoriosos partidarios de Erdogan linchando a los soldados golpistas allá donde los atraparan.

Recep Tayyip Erdogan culpó del golpe al que había sido su aliado político más devoto, un clérigo musulmán exiliado en Estados Unidos, Fethullah Gülen, y a sus seguidores en el Ejército. El presidente, que compareció ante una multitud de fieles, pidió a Washington que extraditara al “terrorista” Gülen.

Los servicios de inteligencia y las fuerzas policiales leales a Erdogan arrestaron inmediatamente a casi 6.000 oficiales del Ejército y miembros del Poder Judicial, acusándolos de pertenecer a la “organización terrorista de Gülen”. El ministro de Justicia, Bekir Bozdag, dijo que se estaban preparando más detenciones, en lo que parece una caza de brujas en todo el país. Inmediatamente después de adoptar dicha medida, el Ministerio del Interior suspendió a 8.777 funcionarios, incluidos gobernadores sospechosos de ser “gülenistas”, y detuvo a miles de miembros de la Judicatura. Muchos en la izquierda creen que el Gobierno utilizará la intentona golpista como pretexto para intimidar a la oposición, tenga o no vínculos con Gülen.

“[Erdogan] sale enormemente reforzado de esto”, dice Howard Eissenstat, profesor adjunto de Historia de Oriente Medio en la St. Lawrence University de Canton (Nueva York). “Ha vuelto a movilizar a unas bases que estaban empezando a cansarse de él. Esto le ha dado al menos la ocasión de reunificar a todos los elementos de la sociedad contra una clara amenaza”.

Ahora, la vida de los disidentes será mucho más difícil en Turquía. Erdogan ya está hablando de reinstaurar la pena de muerte. “Nuestro Gobierno hablará al respecto con la oposición”, dijo ante una multitud de seguidores de su partido, que interrumpieron su discurso coreando: “Queremos la pena de muerte”. Después dijo que apoyará la reinstauración de la pena capital si el Parlamento lo aprueba.

Entre tanto, el Departamento de Seguridad General (del que depende la Policía) emitió un comunicado en el que pedía a los ciudadanos que informaran sobre cualquier material en las redes sociales en defensa de los terroristas, de la organización de Gülen, o que contuviese propaganda antigubernamental.

Toda esta agitación recuerda al incendio del Reichstag, el 27 de febrero de 1933. Un joven comunista holandés en paro, Marinus van der Lubbe, fue detenido por ello. Acababa de llegar a Alemania; fue declarado culpable y condenado a muerte. El incendio del Reichstag fue utilizado por el partido nazi para hacer creer a la opinión pública que los comunistas estaban conspirando contra el Gobierno. Fue un acontecimiento crucial en la fundación de la Alemania nazi.

Tal vez nunca sepamos si el fallido golpe del 15 de julio fue una versión turca del incendio del Reichstag. Pero sí sabemos que se utilizará como pretexto para hacer creer que una multitud de enemigos, dentro y fuera de Turquía, está conspirando contra el Gobierno.

© Versión original (en inglés): Gatestone Institute
© Versión en español: Revista El Medio