Contextos

Impasibles ante el genocidio

Por Clifford D. May 

Barack Obama.
"El mes que viene hará cinco años que el presidente Obama proclamó que actuar era 'una responsabilidad' cuando los intereses y valores estadounidenses 'están en juego'""Hay que preguntarse si la embajadora Power se está haciendo esa pregunta ahora que es miembro destacado de una Administración que, durante cinco años, decidió mirar para otro lado en la carnicería siria sin apenas mencionar (y mucho menos tomar medidas para 'mitigar y prevenir') lo que probablemente pasará a la historia como el genocidio de los cristianos de Oriente Medio"

Es increíble cómo pasa el tiempo: el mes que viene hará cinco años que el presidente Obama proclamó que actuar era “una responsabilidad” cuando los intereses y valores estadounidenses “están en juego”.

El presidente realizó esas declaraciones en un importante discurso ante la Universidad de Defensa Nacional en Washington, DC. Al cabo de pocos días se estableció una zona de exclusión aérea sobre Libia y se puso freno a las fuerzas del longevo dictador Muamar al Gadafi.

En abril, Obama, el primer ministro británico David Cameron y el entonces presidente francés, Nicolás Sarkozy, hicieron pública una carta conjunta en la que se congratulaban por haber evitado un “baño de sangre”. Y recalcaron: “Se han protegido decenas de miles de vidas”.

Pareció que Obama había establecido un principio, puede que incluso una doctrina. En su discurso de 2011 declaró:

A veces el curso de la historia presenta desafíos que amenazan a nuestra humanidad y a nuestra seguridad comunes. Puede que no sean sólo los problemas de Norteamérica, pero son importantes para nosotros. Hay problemas que vale la pena resolver.

La revista Rolling Stone, en un artículo lleno de admiración, consideraba la política libia de Obama “uno de los ejemplos más claros hasta la fecha de su estilo de liderazgo y de su amplia visión de los asuntos internacionales”.

O no. También en marzo de 2011 los sirios (la mayoría de ellos no islamistas) comenzaron a manifestarse de forma pacífica contra el dictador Bashar al Asad, en el poder desde hacía muchos años. Asad respondió disparando contra ellos. En mayo ya había tanques en Deraa, en Homs y en los suburbios de Damasco. Pronto también se usarían armas químicas y bombas de barril contra los civiles.

Según un informe publicado la semana pasada por el Centro Sirio de Investigación Política, el número total de muertos asciende ya al menos a 470.000: casi el doble de lo estimado por Naciones Unidas hace año y medio. Además, millones de personas han sido desplazadas, privadas de sus posesiones y de sus hogares. Cientos de miles de ellas llegan de manera incesante a Europa, con lo que han provocado una crisis, cuyo impacto a largo plazo aún está por determinar.

¿Por qué Obama no aplicó la “responsabilidad de actuar” para acabar con la amenaza del régimen de Asad a “nuestra humanidad y seguridad comunes”? Para ser caritativos, anteriormente la mayor parte de los expertos en Oriente Medio creía que Asad estaba abocado a la caída, más bien antes que después. Era miembro de la minoría alauita y tenía demasiadas pocas tropas leales que le permitieran imponerse a la indignada mayoría suní de su país.

Lo que no se tuvo en cuenta fue el apoyo que Asad recibiría poco después por parte de Irán, de Hezbolá (la legión extranjera de la República Islámica con base en el Líbano) y de Vladímir Putin.

Entretanto, tras la precipitada retirada de Obama de Irak, la rama mesopotámica de Al Qaeda resurgió de sus cenizas y se expandió a Siria, donde se autoproclamó Estado Islámico (también conocido como ISIS e ISIL): un nuevo califato, sucesor de los grandes imperios islámicos de antaño.

Puede que el presidente Obama creyera que no cabía “solución militar alguna”. Quizá temiera que actuar minaría su “reinicio” con Rusia y pondría en peligro sus negociaciones con Irán. Tal vez esperara que el Estado Islámico, al que en un principio despreció al considerarlo un “equipo de instituto”, se quemaría pronto bajo el sol del Levante.

Es un misterio. Y éste es otro: entre los principales asesores que defendieron de forma más vehemente la intervención en Libia estaba Samantha Power, una periodista, estudiosa y diplomática cuya brillante carrera está centrada en el tema del genocidio. Escribió el libro A Problem from Hell: America and the Age of Genocide (“Un problema infernal: América y la era del genocidio”).

En 2012 el presidente Obama eligió a Samantha Power para presidir el recién formado Comité para la Prevención de Atrocidades; considero justo llegar a la conclusión de que dicho comité no logró prevenir demasiadas atrocidades. Un año después, el presidente la nombró embajadora de Estados Unidos ante Naciones Unidas, con rango de miembro del Gabinete.

Según una breve cita tomada de su libro,

la gente ha explicado la falta de respuesta estadounidense a determinados genocidios diciendo que Estados Unidos no sabía lo que sucedía, que lo sabía pero no le importaba, o que, al margen de lo que supiera, no se podía hacer nada útil.

He descubierto que, en realidad, los políticos estadounidenses sabían mucho de los crímenes que se estaban cometiendo. A algunos norteamericanos les importó y lucharon por actuar, realizando considerables sacrificios personales y profesionales. Y Estados Unidos tuvo innumerables oportunidades para mitigar y prevenir masacres. Pero, una y otra vez, hombres y mujeres decente decidieron mirar para otro lado. Todos hemos asistido al genocidio sin actuar. La cuestión crucial es por qué.

Hay que preguntarse si la embajadora Power se está haciendo esa pregunta ahora que es miembro destacado de una Administración que, durante cinco años, decidió mirar para otro lado en la carnicería siria sin apenas mencionar (y mucho menos tomar medidas para “mitigar y prevenir”) lo que probablemente pasará a la historia como el genocidio de los cristianos de Oriente Medio.

El mismo día de la semana pasada que el Centro Sirio de Investigación Política publicó su informe sobre la cifra de muertos, diplomáticos norteamericanos, rusos y de otras nacionalidades reunidos en Múnich acordaron un cese de hostilidades que comenzará dentro de una semana. Los críticos afirman que ello permitirá que Asad y sus aliados consoliden sus recientes ganancias y se preparen para nuevos avances.

Esperemos que se equivoquen, pero a estas alturas deberíamos haber aprendido que los rusos y los iraníes no tienen el mismo concepto de la diplomacia que Obama: no están buscando “lograr un sí”, ni alcanzar compromisos en los que “todos ganan” o conseguir “resolver conflictos”. Desde luego, salvar vidas inocentes no es una prioridad para ellos. Según su punto de vista, la diplomacia es la guerra por otros medios, y las guerras están para ganarlas.

Tal y como lo ven ellos, en los últimos años los norteamericanos han sido derrotados en una batalla diplomática tras otra por los norcoreanos, los cubanos o los yihadistas revolucionarios iraníes, y esperan que siga esa tónica. Sería complicado presentar un argumento convincente de que se equivocan.

© Versión original (en inglés): Foundation for Defense of Democracies
© Versión en español: Revista El Medio