Contextos

Hay que acabar con la Media Luna Chií

Por Reza Parchizadeh 

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"Desmantelar la Media Luna Chií es un primer paso vital hacia el establecimiento de la paz, la estabilidad y la democracia en Oriente Medio"

La Media Luna Chií es una entidad política imaginaria conformada por Baréin, Irán, Irak, Siria y el Líbano, países donde se concentra la mayoría de los chiíes de Oriente Medio. (Fuera de la región, Afganistán y Azerbaiyán también tienen considerables poblaciones chiíes, mientras que –de nuevo en ella– los huzis del Yemen son primos lejanos de los chiíes) y que trazan en el mapa una curva que va de Baréin, en el sureste, al Líbano, en el noroeste. Esa curva es lo que se denomina Media Luna Chií.

Si bien se dice que el término fue acuñado por el rey Abdalá de Jordania a principios de la primera década del presente siglo para aludir a la injerencia del régimen iraní en Irak, en los círculos políticos e intelectuales de la región se vienen manejando conceptos similares desde por lo menos los años 60 del s. XX, cuando los islamistas iraníes se embarcaron en una lucha armada e ideológica a gran escala para crear una superentidad islamista geopolítica, un imperio chiita, en las naciones de mayoría chií de Oriente Medio, con Irán como corazón palpitante.

Siria aporta una significativa porción de la curva, de ahí que sea el lugar de mayor importancia estratégica de la Media Luna Chií. Si Irán lo pierde, se vendrían abajo sus planes al respecto. Los islamistas chiíes se quedarían sin un país de mayoría suní pero gobernado por una minoría chií-alauita, y además la asistencia a Hezbolá en el Líbano se vería gravemente comprometida. En consecuencia, el régimen iraní perdería su frontera terrestre con Israel, desde la que presiona y acosa al Estado judío, así como el acceso a numerosos puntos estratégicos del Mediterráneo y a las organizaciones yihadistas de la Franja de Gaza. Una brecha en la Media Luna Chií perturbaría la hegemonía del campo chií en Oriente Medio y probablemente se traduciría en un vuelvo radical en el equilibrio de poderes.

Por eso para la República Islámica es de la mayor importancia mantener el statu quo en forma de conflictos congelados –particularmente en Siria–, con el pretexto de ahuyentar al ISIS y a Al Qaeda. Fue específicamente para preservar la integridad territorial de la Media Luna Chií que Teherán, que finalmente (si bien con reluctancia) accedió en 2015 a interrumpir temporalmente su programa nuclear, se volcó por mantener a Siria en su zona de influencia. El régimen de los ayatolás es bien consciente de que puede retomar sus ambiciones nucleares en cuanto el clima internacional sea propicio (por ejemplo, ahora que hay un demócrata en la Casa Blanca), pero que sería extremadamente difícil, si no directamente imposible, recuperar una esfera de influencia perdida.

La de 2015 no fue la primera vez que Irán puso en pausa su programa de armamento nuclear sólo para retomarlo más tarde. Con Corea del Norte como referente, Teherán empezó a plantearse seriamente la nuclearización como salvaguarda contra Occidente a mediados de los años 90. Cuando el presidente George W. Bush invadió Irak y derrocó el régimen baazista de Sadam Husein, los islamistas iraníes, a los que Bush incluyó en el denominado Eje del Mal, comprendieron que podrían ser el próximo objetivo de la Guerra contra el Terrorismo del presidente norteamericano. En consecuencia, interrumpieron inmediatamente su programa nuclear. No obstante, en cuanto la presencia estadounidense en Irak empezó a menguar –primero con Bush y luego con Obama–, volvieron a activar las centrifugadoras, esta vez con mucha más celeridad. Como han demostrado claramente informes recientes de la AIEA, el acuerdo nuclear de 2015 que tantos en Occidente se empeñan en resucitar fracasó completamente a la hora de apartar al régimen islamista de sus ambiciones nucleares.

Sea como fuere, los vaivenes del régimen islamista en este juego del gato y el ratón son una maniobra de distracción. Con la atención de Occidente centrada en la cuestión nuclear, a la chita callando Teherán ha cebado la crisis en Oriente Medio mediante el terrorismo, la confrontación sectaria, el paramilitarismo y la guerra tradicional. Y aquí es donde volvemos a Siria.

La importancia estratégica de Siria para el régimen iraní es tal que Mehdi Taeb, enviado especial del Líder Supremo en la Guardia Revolucionaria, ha llegado a decir que es “la 35ª provincia de Irán”. Y a añadir que protegerla es más importante que proteger el Juzestán, provincia suroccidental iraní rica en petróleo que fue uno de los grandes escenarios de la Guerra Irano-Iraquí de 1980-1988.

Aún hay otra razón por la que la preservación de la Media Luna Chií es crucial para el régimen de los ayatolás: su propia supervivencia. Su peculiar ideología islamista debe ser tomada en consideración. El imperialismo regional iraní es una proyección de su totalitarismo doméstico. De hecho, ambos se retroalimentan.

Las formas clásicas del imperialismo que hunden sus raíces en las democracias occidentales no solían imponer a las metrópolis los aspectos más desagradables de dichos sistemas. Es decir, los imperialistas occidentales podían cometer atrocidades en el exterior mientras en el interior florecía la democracia. En cambio, el régimen islamista iraní es un totalitarismo imperialista en la estela de los que imperaron en la antigua URSS y la Alemania nazi. Proyecta su ideología opresiva sobre todos los ámbitos de influencia, tanto en el exterior como en el interior. Es más, la evidencia histórica dice que esos regímenes son más despiadados en el interior cuando más fuertes son en el exterior.

Así las cosas, si el régimen de los ayatolás es desplazado en la región, y en consecuencia pierde su influjo regional y su capacidad para movilizar fuerzas aliadas, es más probable que colapse ante la resistencia doméstica de millones de ciudadanos desafectos. Desmantelar la Media Luna Chií es un primer paso vital hacia el establecimiento de la paz, la estabilidad y la democracia en Oriente Medio.

© Versión original (en inglés): BESA Center
© Versión en español: Revista El Medio