Contextos

Hasta nunca al asesino de niños Samir Kuntar

Por Michael J. Totten 

Palestinos protestan por la muerte del terrorista Samir Kuntar.
"Puede –sólo puede– que uno de estos días el mundo árabe se dé cuenta de que los terroristas que matan judíos se darán la vuelta y empezarán a matar árabes, y de que los israelíes están haciendo un favor a todo el mundo al fulminarlos"

Los israelíes han matado al infame terrorista y asesino de niños libanés Samir Kuntar y a otros mandos de Hezbolá en un ataque aéreo sobre Siria.

Los israelíes no confirman ni niegan la autoría del ataque, pero es evidente que son ellos quienes lo llevaron a cabo; ahora mismo no hay nadie más que lance bombas desde el aire sobre Hezbolá, y Kuntar cometió uno de los atentados más espantosos de la historia de Israel.

El 22 de abril de 1979, en la ciudad de Nahariya, en el norte de Israel, Kuntar asesinó al policía Eliyahu Shahar, al civil Danny Harán y a Einat, la hija de cuatro años de Harán, a la que mató poniéndole la cabeza sobre una piedra y aplastándola con la culata de su rifle.

Los israelíes lo declararon culpable de asesinato, pero lo liberaron en 2008 cuando Hezbolá accedió a devolver los cuerpos de Ehud Goldwasser y Eldad Reguev, dos soldados israelíes a los que había capturado.

Fue un mal intercambio.

Cuando los cadáveres de Goldwasser y Reguev fueron devueltos a Israel, el ex rabino jefe de las Fuerzas de Defensa (FDI), Yisrael Weiss, dijo:

Si creíamos que el enemigo era cruel con vivos y muertos, cuando abrimos los féretros nos sorprendió ver hasta qué punto lo era. Y lo dejaré ahí.

Poco después de la liberación de Kuntar, el presidente sirio, Bashar al Asad, en calidad de copatrón de Hezbolá, lo condecoró con la Orden del Mérito.

Hace apenas tres meses, en septiembre de 2015, el Gobierno estadounidense declaró a Kuntar terrorista global de categoría especial, en virtud de la Orden Ejecutiva 13224.

Puede que en ese momento a los israelíes les pareciera que dejar a Kuntar en libertad era una idea razonable; parecía que la cárcel lo había cambiado.

La periodista israelí Jen Kotes-Barr pasó más de un año entrevistando y conociendo a Kuntar en prisión. Supongo que se debió de sentir un poco como Clarice Starling cuando conoce a Hannibal Lecter en la novela de Thomas Harris El silencio de los corderos.

Lisa Goldman tradujo del hebreo al inglés la larga historia que escribió Kotes-Barr sobre Kuntar y la publicó en su blog. Ésta es la primera parte:

Durante el primer año mis conversaciones con Samir Kuntar fueron difíciles. Nuestros encuentros, que comenzaron en febrero de 2004, tenían lugar en la biblioteca de la cárcel; nosotros dos solos, sin más compañía. Nuestras conversaciones eran abiertas y duraban horas. Samir me hablaba en hebreo. Traía té y galletas, y fumaba un cigarrillo tras otro. En los 29 años que pasó en cárceles israelíes, fui la primera y única mujer israelí judía con la que se reunió y habló cara a cara.

«Le estoy hablando de la realidad», me decía Kuntar cada vez que nos encontrábamos. «No trato de congraciarme con usted». Conforme fuimos construyendo lentamente cierta clase de confianza, dejamos de hablar de política y pasamos a cuestiones personales, como la vida en prisión y su propia vida. «No caiga en los eslóganes y los clichés», me rogaba. «Escriba sólo los hechos». Me mostraba fotografías de su familia en el Líbano. Preparó para mí una lista de libros en hebreo sobre el conflicto árabe-israelí.

Le hablé de mi padre, que sobrevivió a Auschwitz, y de mi hijo de cinco años. Le dije a Kuntar que cada vez que lo arropaba en la toalla después de bañarlo pensaba en Danny Harán y en su hija Einat. En el atentado de Nahariya.

Kuntar respondía que la muerte de la niña había sido un trágico incidente. Insistía en que él no la había matado. Y qué importa, le decía yo, usted les disparó. Si no hubiera llegado a la playa de Nahariya en su balsa de goma, Einat Harán seguiría viva. Jamás manifestó remordimiento alguno.

Yo no traté de entender o de decidir, ni siquiera de interpretar. Sólo quería llegar a conocer al hombre. «Me encontré con el enemigo», decía Samir, cuando le preguntaba cómo iba a explicar nuestras reuniones a sus hijos. «Me encontré con el enemigo y vi que tiene rostro».

Sí, desde luego que el enemigo judío de Samir Kuntar tiene un rostro, y por eso Hezbolá y el régimen de Asad han hecho cuanto está en sus manos para asegurarse de que el pueblo libanés y el pueblo sirio no tengan contacto alguno con los israelíes. Resulta más difícil considerar a la gente una entidad diabólica después de pasar tiempo con ella.

Enviar un email a Tel Aviv desde Beirut o Damasco puede hacer que una persona acabe en la cárcel (yo mismo lo he hecho cientos de veces, pero me niego a acatar una ley tan ridícula, y, en cualquier caso, no soy ni sirio ni libanés). Incluso decirle “hola” a un turista israelí mientras se está de vacaciones en un tercer país, como Chipre o Grecia, es considerado delito.

Lo cierto es que parecía que Kuntar había cambiado, y lo parecía incluso antes de que Kotes-Barr se reuniera con él. Puede que todo fuera una farsa: no sería el primero que finge haberse dado cuenta de los errores cometidos para así poder salir de la cárcel, pero en cualquier caso sabía perfectamente cómo decirle a los judíos lo que querían oír.

Haaretz lo entrevistó en 1995. “La teología consigue que la gente odie ciegamente, tanto en el bando israelí como en el árabe”, decía.

Si en vez de hablar de la Tierra Prometida ustedes encontraran una forma de introducir en el sistema educativo palestino –del cual son responsables– los horrores del Holocausto, la historia del odio a los judíos desde la época romana hasta el nazismo, no me cabe duda de que todo sería distinto. Nunca hemos reconocido el sufrimiento judío. Veíamos a un pueblo entero siendo expulsado, y a un país próspero que crecía a sus expensas.

(…)

Hay que aceptar a Israel como un hecho, para poder avanzar y no volver al ciclo de pérdidas. El mensaje para las próximas generaciones, especialmente las palestinas, es que hay que incluir la exposición del sufrimiento del pueblo judío. Sin eso es imposible establecer ningún tipode empatía con los judíos.

Pero no cambió. O, si lo hizo, volvió a cambiar y se unió a Hezbolá poco después de su liberación, pese a no ser musulmán (era druso). Hasta que los israelíes lo mataron, el pasado fin de semana, fue uno de los más formidables mandos y portavoces del grupo en Siria.

Últimamente estuvo ocupado combatiendo a los sirios en vez de a los judíos. Puede –sólo puede– que uno de estos días el mundo árabe se dé cuenta de que los terroristas que matan judíos se darán la vuelta y empezarán a matar árabes, y de que los israelíes están haciendo un favor a todo el mundo al fulminarlos.

© Versión original (en inglés): World Affairs Journal
© Versión en español: Revista El Medio