Contextos

Guerra Israel-Hezbolá: la estupefaciente mirada española

Por Jesús M. Pérez 

Bandera de Israel.
"El significado de la guerra de Israel contra Hezbolá de 2006 es debatible. Pero no deberíamos tener que discutir sobre los hechos básicos de un conflicto que sucedió hace sólo una década. Habría qué preguntarse de una vez el porqué de la 'excepcionalidad' en el tratamiento de Israel por parte de académicos y periodistas españoles"

Contó una vez José Luis Balbín, director del mítico programa de debate televisivo La Clave, que los historiadores eran los invitados más conflictivos. No había disciplina académica donde se vivieran tantas rencillas personales. Podríamos especular que así era en el contexto de la transición política española, y que los historiadores reflejaran la polarización política de la sociedad a la hora de hacer balance de su pasado. Y podríamos pensar que en un futuro los historiadores lo tendrán mucho más fácil a la hora de llegar a un mínimo acuerdo gracias a la abundancia de información, datos, documentos, testimonios que los medios de comunicación e internet ponen a nuestro alcance. Pero no parece que sea el caso cuando Israel e historiadores españoles están de por medio.

El próximo mes se cumplirán diez años de la guerra entre Israel y Hezbolá. Sin duda alguna, aquella guerra no dejó una sensación de victoria en Israel. Pero si consideramos que la frontera del país con Líbano ha estado especialmente tranquila desde el verano de 2006, el balance en el largo plazo es más positivo que el se hizo tras el conflicto. Sirva como contraste, sin ir más lejos, las sucesivas operaciones militares llevadas a cabo en Gaza: Plomo Fundido (2008-2009), Pilar Defensivo (2012) y Margen Protector (2014). Será interesante ver los balances históricos que se harán en Israel con motivo del aniversario.

Evidentemente, un balance histórico no puede ocultar los múltiples errores cometidos entonces por los líderes civiles y militares de Israel. El Gobierno quiso proteger a la población de los cohetes de Hezbolá sin desplegar fuerzas terrestres en el Líbano, por los costes políticos externos e internos. Y el mando militar, muy influido por las teorías sobre el poder aéreo en boga en Estados Unidos, creyó que los ataques de su aviación serían suficientes. En los días finales de la guerra se ordenaron algunas operaciones terrestres en territorio libanés, sin un objetivo táctico o estratégico claro. Hubo malestar entre la tropa ante lo que percibían como dudas y errores del alto mando. Pero de los testimonios y las evaluaciones de los militares israelíes no se deduce que Hezbolá lograra una supremacía en el campo de batalla más que puntual y temporalmente.

La literatura generada inmediatamente después de la guerra fue especialmente dura con el desempeño de las Fuerzas de Defensa de Israel, que entraron posteriormente en un proceso profundo y extenso de evaluación autocrítica. Proliferaron por aquel entonces en EEUU análisis críticos hechos desde la distancia que posiblemente buscaban consuelo en el “mal de muchos” ante la fallida pacificación de Irak. Esa literatura estadounidense ha de ser contrastada con la israelí, donde incluso aparecen comentarios sobre lo poco que se parecían el Hezbolá real que encontraron los soldados israelíes y de los informes escritos a miles de kilómetros.

Si en vez de fuentes israelíes directas o fuentes estadounidenses secundarias uno acude a obras españoles, la distancia con la realidad es sideral. En el recientemente publicado Postguerra: las guerras de la paz, José Antonio Peñas Artero hace un repaso de cinco conflictos significativos posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En el quinto y último capítulo aborda la guerra entre Israel y Hezbolá (páginas 81 a 96) con un tono ligero, acorde a los fines divulgativos del libro. Peñas Artero habla de “desastre” y “derrota” para Israel. Cuenta que sus soldados llegaron a ser “víctimas del caos y del pánico” y, cómo Gal Hirsch, entonces comandante de la 91ª División, y erróneamente mencionado en en libro como “Harsch”, también “entró en pánico”.

Los problemas de las Fuerzas Armadas israelíes son atribuidos por el autor a la influencia negativa del Instituto de Investigación de Teoría Operacional, un laboratorio de ideas erróneamente mencionado en el libro como “Instituto de Investigaciones Operativas”. Se trató de un grupo de oficiales que, bajo el liderazgo del general Shimon Naveh, constituyó una escuela de pensamiento militar heterodoxa y audaz que generó tanto desconcierto como rechazo en el establishment militar israelí por buscar inspiración en la filosofía contemporánea y en las ciencias sociales. Capítulo aparte merece la abrasiva personalidad de Naveh, poco preocupado por caer simpático y hacer amigos. Naveh y sus intelectuales guerreros fueron una voz aislada en Israel. Como ya dijimos, las ideas en boga en Israel eran en cambio las estadounidenses sobre la primacía del poder aéreo y las relacionadas con conceptos como conmoción y pavor.

El lector podría disculpar al autor de Postguerra: las guerras de la paz por no tratarse de un historiador profesional y porque su obra tiene propósitos de divulgación histórica, pretende ser más ameno que riguroso. Y podría pensar que si acudimos a reputados académicos españoles encontraremos un relato histórico serio y profundo. Tomemos como ejemplo El desequilibrio como orden: una historia de la posguerra fría 1990-2008, de Francisco Veiga, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona. El libro es un ambicioso repaso a la historia global tras el fin de la Guerra Fría y tiene ya segunda edición ampliada para abarcar la crisis de Ucrania de 2014. En el capítulo 27 de la primera edición, entre las páginas 453 y 455, habla del conflicto que nos ocupa.

Según el profesor Veiga, el ataque de Hezbolá contra soldados israelíes dentro de territorio israelí que puso en marcha la contienda fue una operación que trató de anticiparse a la invasión del Líbano que Israel preparaba y tenía como propósito obtener información para desbaratar esos planes de invasión. Es paradójico que en Israel se criticara la falta de previsión del Ejército en aquella guerra, pero el profesor Veiga parece que estaba al corriente de unos planes israelíes para el Líbano tan secretos que nadie en las Fuerzas de Defensa de Israel conocía. También llama la atención la idea de que Hezbolá tratara de secuestrar a unos simples reservistas para obtener información sobre los planes del alto mando israelí.

Aquí de nuevo se habla de una “verdadera derrota estratégica y táctica para las fuerzas israelíes” y de “desastre”, a pesar de la supuesta existencia de esos planes previos de invasión del Líbano. ¿De dónde saca esa idea el profesor Veiga? Acudimos a la extensa bibliografía y nos encontramos como única obra específica sobre aquel conflicto con The 33-Day War, de Gilbert Achcar y Michel Warschawski, un librito de tintes panfletarios donde se dice que fue una guerra de agresión israelí largamente preparada. Los ataques contra la población israelí sólo se mencionan en el libro del profesor Veiga en el párrafo donde se repasan los “logros“ de Hezbolá.

Más simple es el tratamiento de otro catedrático de Historia Contemporánea, el profesor Antoni Segura, de la Universidad de Barcelona. Su libro Estados Unidos, el Islam y el Nuevo Orden Internacional es también un trabajo ambicioso, que repasa la historia de Oriente Medio desde el fin de la Guerra Fría. Aquí la guerra de 2006 sólo merece dos líneas. Una resume el conflicto como “Israel bombardeó Líbano e intentó una fracasada invasión del sur del país para acabar con Hizbolá”. La otra explica que la llegada de Ehud Olmert al poder tras sustituir a Ariel Sharón al frente del partido Kadima “no mejoró la situación” sino que “la empeoró”, porque en el verano de 2006 “Israel atac[ó] el Líbano”. Así, la agresión de Hezbolá a Israel que desencadenó el conflicto desaparece del relato histórico y nos quedamos simplemente con otro caso de perfidia israelí.

El general en jefe de las Fuerzas de Defensa de Israel, Gadi Eisenkot, intervino en agosto de 2015 durante la ceremonia de pase a retiro del general Gal Hirsch para agradecerle sus servicios. Afirmó que los residentes de Galilea le debían “nueve años de silencio” y que, “reposado el polvo y superado la histeria bélica”, se podía valorar su desempeño al frente de la 91ª División durante el conflicto. El propio Hirsch participó recientemente en un acto de recuerdo de la guerra y repitió la fórmula del general Eisenkot para hablar de “una década de silencio en el norte”.

Vemos que el significado de la guerra de Israel contra Hezbolá de 2006 es debatible. Pero no deberíamos tener que discutir sobre los hechos básicos de un conflicto que sucedió hace sólo una década. Habría qué preguntarse de una vez el porqué de la excepcionalidad en el tratamiento de Israel por parte de académicos y periodistas españoles.