Contextos

Gaza no es un campo de concentración

Por Eli Cohen 

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"Es, a fin de cuentas, un territorio gobernado por un grupo terrorista que dedica todos sus recursos a hacer una guerra –declarada santa– contra Israel"

El mes pasado la periodista israelí Amira Hass declaraba en la Universidad de Duke que Gaza es un “enorme campo de concentración”. Pero, si bien no es precisamente Cannes, lo cierto es que la Franja está lejos de ser un campo de concentración.

Un año ha pasado desde que terminó la que última guerra enfrentó a Hamás y a las FDI (Fuerzas de Defensa de Israel) en Gaza y en el sur de Israel. La reconstrucción de la Franja avanza con diminutos pasos y el bloqueo continúa. Además, como ya detallamos, la organización terrorista islamista se prepara para un nuevo conflicto.

Los productos que entran diariamente a Gaza los supervisa Israel. De acuerdo con Cogat, la unidad de las FDI que se encarga de la administración civil de los territorios palestinos, unos 550 camiones con productos de primera necesidad, desde alimentos hasta material hospitalario, así como importaciones públicas y privadas, entran al día en la Franja. Las mercancías restringidas son las que pueden emplearse para la fabricación de armas o cohetes. Entre ellas están los materiales de construcción. Dieciocho mil casas fueran destruidas en la guerra, así que es evidente que esos materiales son necesarios. Sin embargo, ayer como hoy son utilizados por Hamás en la fabricación de misiles –Qasam y Grad– y la construcción de túneles (por cierto, Hamás también ha utilizado para esto  materiales de la UNRWA). El cuello de botella es obvio, pero mientras Hamás continúe con sus intenciones de hacer la guerra, poco puede Israel abrir la mano.

A pesar de ello, como recuerda Jonathan Tobin, el New York Times desveló que 37.000 toneladas de cemento autorizadas por Israel permanecen en los almacenes ante la incompetencia del Gobierno de Hamás, que se ha visto desbordado por el incumplimiento de los países árabes que prometieron ayuda económica.

En medio de esta situación, leemos en el Washington Post que en Gaza, un año después de Margen Protector, una pequeña clase media disfruta de spas, clases de spining, playas privadas y buenas cenas. Es admirable que haya podido establecerse un mercado del ocio, sobre ello no hay nada que objetar. Lo que sí nos hace ponernos en guardia es la narrativa de que la Franja es un campo de concentración que Israel –y Egipto– asfixia por tierra, mar y aire. Y es que, según nos cuenta William Booth en el Post, en Gaza se están vendiendo actualmente coches de lujo –Mercedes clase E a 80.000 dólares–, existen boutiques que ofrecen ropa de diseño y el restaurante Sushi Night está por abrir sus puertas. Según este periodista, entre los aproximadamente 1,6 millones de gazatíes está surgiendo una incipiente clase media, en un territorio con la tasa de paro más alta del mundo, del 43%, y en el que dos tercios de la población dependen de las ayudas.

La clase media gazatí no es algo nuevo que haya emergido en estos doce últimos meses. Según informó Haaretz, ya en 2011 la clase media gazatí comenzaba a albergar resentimiento hacia el Gobierno de Hamás, que gobierna la Franja desde 2007: desde entonces, su población ha sufrido tres conflictos contra Israel, un bloqueo por parte de Israel y Egipto y una guerra civil entre Hamás y Fatah. La política hostil del movimiento islámico, su corrupción rampante, el empleo de niños en la guerra, entre otras circunstancias que se alejan de la búsqueda de la prosperidad del territorio, no han traído nada bueno la Franja. Pese a que los colaboracionistas y los militantes de Al Fatah son torturados y asesinados en juicios sumarísimos, como denunció Amnistía Internacional, muchos gazatíes deben pensar que los de Hamás algo de culpa tendrán en que Gaza presente tal panorama.

Lejos de ser un paraíso, Gaza no es un campo de concentración. Es, a fin de cuentas, un territorio gobernado por un grupo terrorista que dedica todos sus recursos a hacer una guerra –declarada santa– contra Israel. Las consecuencias, por supuesto, las paga la población gazatí.