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Funeral de Peres: Abás acudió por Obama, no por Israel

Por Jonathan S. Tobin 

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"Si Abás se tomase en serio la paz, estaría tratando de ganarse a la población israelí con el tipo de gestos que hizo Anuar Sadat cuando fue a Jerusalén y habló en la Knéset. Acabaría con las incitaciones a la violencia desde los medios de la Autoridad Palestina y condenaría el terrorismo, en vez de aplaudirlo"

El más notorio de los numerosos líderes mundiales que viajaron a Israel para asistir al funeral de Simón Peres fue el que tuvo que recorrer la distancia más corta: el líder de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás. La AP publicitó su presencia como la prueba de que Israel tiene “un socio para la paz”. He ahí un mensaje que el presidente Obama, que destacó a Abás entre las menciones de su panegírico, quiso reforzar tratando de animar a los israelíes a seguir los pasos de Peres y a no dejar de presionar para lograr un acuerdo de paz con los palestinos. También es un mensaje que a muchos israelíes les gustaría creer, si no hubiesen tenido abundantes pruebas de que el palestino es cualquier cosa menos un artífice de la paz.

Como se hizo evidente enseguida, el objetivo del gesto de Abás no fue el pueblo de Israel, y menos aún Netanyahu. El único propósito de su presencia ahí era convencer al presidente Obama de que apoye sus intentos de utilizar Naciones Unidas como vehículo para evitar las negociaciones de paz con Israel.

Abás hizo una delicada y peligrosa jugada al acudir al funeral. Se expuso a las virulentas críticas de sus rivales de Hamás y de algunos de Fatah, su propio partido, que condenan cualquier señal de normalización en las relaciones con Israel. Pero intentó compensarlo con el feroz discurso que pronunció al día siguiente en Belén, donde juró poner fin a la “ocupación”, término que la mayoría de los palestinos cree que abarca todo Israel y no sólo la Margen Occidental. Además, juró que lo lograría no volviendo a las negociaciones con Israel sino a través de la presión internacional y las votaciones en Naciones Unidas. Abás espera que la ONU garantice la independencia a los palestinos sin que primero –como insistían los Acuerdos de Oslo que Simón Peres ayudó a fraguar– hagan la paz con Israel.

Nadie debería confundir un escenario en el que –con la connivencia del presidente Obama, plasmada en la decisión de EEUU de no vetar una resolución de independencia palestina en el Consejo de Seguridad– la ONU satisfaga las demandas de Abás con la paz que Peres buscaba.

Si el objetivo real de los palestinos fuese una solución de dos Estados, podrían haberlo logrado varias veces en los últimos 16 años, cuando Israel les ofreció dicho acuerdo. Pero los palestinos se han quedado siempre en el no. Su empeño en  lograr su objetivo último de destruir Israel sigue inextricablemente asociado a su sentido de la identidad nacional. Esa es la razón de que Abás y Yaser Arafat antes que él hayan mantenido siempre un cuidadoso equilibrio entre la necesidad de apelar al apoyo de Occidente y los discursos en árabe para su propio pueblo, al que reafirman en la continuidad de la guerra, al margen de lo que pueda pasar. Una victoria de los palestinos en la ONU supondrá probablemente otra ofensiva terrorista con el fin de presionar a los israelíes para que hagan más concesiones y no acabe el conflicto.

Obama tendrá una breve oportunidad después de las elecciones y antes de la toma de posesión del nuevo presidente, cuando, liberado de las limitaciones políticas, podrá intentar una vez más conseguir el alejamiento entre Israel y Estados Unidos que lleva buscando desde que llegó a la presidencia, en 2009. La interpretación más benévola de esa actitud es que cree que como mejor puede ayudar a Israel es salvándolo de sí mismo e imponiéndole unas condiciones de paz. Con ello, siempre ha pretendido socavar el veredicto de la democracia israelí, que rechazó el idealismo de Peres en beneficio del pragmatismo de Netanyahu. El pueblo israelí quiere la paz tanto como Obama, pero comprende que los acontecimientos de los últimos 23 años, desde que se firmaron los Acuerdos de Oslo, han demostrado que los palestinos no están aún dispuestos a hacer la paz.

Si Abás se tomase en serio la paz, estaría tratando de ganarse a la población israelí con el tipo de gestos que hizo Anuar Sadat cuando fue a Jerusalén y habló en la Knéset. Acabaría con las incitaciones a la violencia desde los medios de la Autoridad Palestina y condenaría el terrorismo, en vez de aplaudirlo. Retomaría las conversaciones con Netanyahu y se mantendría en el proceso, en vez de torpedearlo como hizo la última vez, en 2014, con sus acercamientos a Hamás y su decisión de saltarse las negociaciones yendo a la ONU.

En vez de eso, está esperando que Obama recompense su asistencia al funeral con un intento más de inclinar el terreno de juego diplomático a favor de los palestinos. Esto significa hacer lo justo para convencer a los estadounidenses de que está interesado en la paz, sin asumir jamás un compromiso para terminar con el conflicto, en vez de continuarlo en condiciones más ventajosas, como hizo descaradamente Arafat cuando engañó a Peres en los Acuerdos de Oslo. Esta es una maniobra que no engañaría a una Administración verdaderamente dedicada a la búsqueda de la paz.

© Versión en inglés: Commentary
© Versión en español: Revista El Medio