Contextos

Filósofos contra judíos

Por Santiago Navajas 

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La publicación de los Cuadernos negros de Heidegger ha despejado cualquier duda de que su compromiso político con el nazismo fuera un accidente, un despiste o un error, como habían sostenido sus defensores, empezando por su discípula judía Hannah Arendt. Su odio hacia el judaísmo reside en el núcleo de su filosofía, que reclama un nuevo “aparecer del Ser”, para lo que sería imprescindible acabar con el judaísmo. La Solución Final no sería sino el Inicio de la Solución.

Deicidas y mentirosos

Para entender la posición de Heidegger, un alemán católico, tenemos que remontarnos a la herencia cultural tanto alemana como cristiana respecto a la cuestión judía. Y la conjunción de alemán y cristiano tiene un nombre propio, Martín Lutero, el sacerdote que provocó un cisma en el cristianismo y que sólo a un judío detestaba más que a un católico. El antisemitismo de Lutero tenía que ver con el problema lógico-teológico que suscita el judaísmo para el cristianismo. Desde una perspectiva luterana parecería, que si el cristianismo es una derivada del judaísmo, más completa y evolucionada, entonces el judaísmo debería desaparecer. Sin embargo, los judíos no sólo son responsables de haber matado a Cristo (deicidio), sino que su mera existencia niega que Cristo fuera el Mesías esperado. Ante el dilema de creer a Jesús (que es Dios) o creer a los judíos (que es un farsante), la opción luterana está clara.

Por otro lado está el carácter legalista de la religión judía, consistente fundamentalmente en el cumplimiento de los mandamientos y reglas ordenados por Dios. Frente a ese legalismo, Lutero defiende la interioridad de la fe como núcleo de la religiosidad; aquí la exterioridad de la legalidad judía aparece no sólo como falsa sino como un modelo alternativo y competitivo.

Kant, Hegel y Nietzsche

La filosofía moderna se constituye antes de nada como una filosofía de la historia. El progreso se convierte en un mito filosófico y un dogma. La razón se estaría desplegando en el tiempo hasta convertirse en, por un lado, sujeto y, desde otra perspectiva, Estado. Pues bien, en ese triunfo de la razón ilustrada habría un agujero negro: el judaísmo. Frente al universalismo, la autonomía y la interioridad de la conciencia en la filosofía, el judaísmo opondría el particularismo, la sumisión a Dios y la exterioridad de la ley en la religión.

Al ser el pueblo judío un pueblo cerrado sobre sí mismo sobre la base de su caracterización como pueblo elegido, no habría lugar para él en una sociedad abierta. Desde el punto de vista de Kant, cabe religión pero exclusivamente dentro de la razón natural. Esta era su manera de salvar la religión. No habría forma de salvar el judaísmo dentro de la Ilustración, por lo que ofrecerá una solución en El conflicto de las facultades: la “eutanasia del judaísmo”, es decir, su “buena e indolora” desaparición en la religión natural propuesta por él.

Para Hegel, en cambio, la religión es una parte positiva del desarrollo filosófico. Pero no habla de cualquier religión, sino de aquella que se haya desarrollado siguiendo la lógica del Espíritu Absoluto. Para Hegel era el cristianismo, en su versión luterana, el centro religioso del universo racional. Por el contrario, veía en los judíos un pueblo de “esclavos” que jamás querrían ser liberados por la razón, ya que estaría en su esencia la sumisión. Eran incapaces de ser ciudadanos y por eso tenían negado el derecho a la propiedad; la tierra para ellos sería simplemente un préstamo divino, por lo que políticamente siempre serían un cero a la izquierda. No habría para ellos, por tanto, ciudadanía ni Estado.

Aunque Nietzsche está en los antípodas irracionalistas del racionalismo de Kant y el hiperracionalismo de Hegel, compartirá con ellos un antisemitismo filosófico. A diferencia tanto de Kant como de Hegel, Nietzsche no critica a los judíos por haber matado a Jesús sino por todo lo contrario: por haberlo creado. Mientras que los demás filósofos de raíces cristianas tratan de trazar una línea de demarcación entre los judíos y los cristianos, Nietzsche considera que los segundos no son más que una secta creada por aquellos como una especie de caballo de Troya espiritual en el seno del sano y poderoso Imperio romano.

¿Cuál es el espíritu judío según Nietzsche? El espíritu del resentimiento, que habría llevado a una transvaloración, que a su vez habría producido una desnaturalización tanto de la vida humana en particular como del mundo de la vida en general, en beneficio de un dios tan abstracto como macilento y una cultura enfermiza. Frente a la “eugenesia” kantiana, lo que propone Nietzsche es directamente la “eutanasia” de los decadentes y los débiles. Nietzsche no hubiera sido nazi, pero dejó las puertas de su obra abiertas de par en par para que los nazis pudiesen orgullosamente reivindicarse como nietzscheanos, lo que no ha hecho ninguna otra opción política hasta ahora.

El antijudaísmo como una cuestión metafísica

Heidegger no tenía nada contra los judíos personalmente. ¿Podría darse la circunstancia de que un judío llegase a ser nazi? Para un hitleriano vulgar, que contemplase el asunto desde un punto de vista superficialmente racial, sería imposible. No así para Heidegger, que veía el asunto desde una perspectiva más abstracta y a la vez más pegada a la existencia. Heidegger lo que pretendía era rescatar al Ser del “olvido” al que había sido sometido cuando una mala interpretación del mismo lo convirtió en metafísica, es decir, en una cosa, en un ente al nivel del resto de los entes, sólo que más general. Para Heidegger el Ser era, para entendernos, más una mística que una ciencia, una poesía que una técnica. Y el judaísmo era para él el origen del olvido de lo que significaba vivir auténticamente el Ser, en beneficio de un modo de existir superficial y nihilista, vinculado a la tecnologización del mundo de la vida.

Para Heidegger, la Segunda Guerra Mundial no significaba en modo alguno una lucha entre la libertad y la opresión sino entre el Ser (Alemania) y el Ente (el espíritu judío, en su doble manifestación capitalista y bolchevique, igualmente instrumentales y democráticas con diferencias despreciables en el fondo).

Él mismo le explicaba en una carta a Hannah Arendt, que le interpelaba por la cuestión, que no practicaba un “antisemitismo militante”:

En cuestiones universitarias soy antisemita ahora como lo era ya hace diez años en Marburgo. Esto no tiene nada que ver con mis relaciones personales con los judíos (con Husserl, Cassirer y demás). Y mucho menos con mi relación contigo.

Ese antisemitismo universitario, académico y cultural, tiene que ver con lo que Heidegger denunciaba como la “judaización” de la universidad alemana:

La judaización de nuestra cultura y nuestra universidad es espantosa, y sostengo que la raza alemana debería encontrar suficiente energía interior para su renacimiento. ¡Tanto más el capital!

La judaización se explicaba por el gran número de personas judías presentes en el ámbito académico pero sobre todo por la contaminación espiritual y cultural que los judíos llevarían consigo, en su modo de ser, en sus creencias y conductas, lo que conduciría a un “dominio judío” no por encubierto menos potente. La cultura judía giraría en torno a tres ejes fundamentales que conformarían el “judío cultural”: el liberalismo político, la secularización del mundo –a través de la utilización de una razón lógica y universal– y una aplicación de la metodología científico-filosófica que llevarían al vacío dialéctico, al nihilismo ético y al caos político-económico.

Este “judío cultural” se identifica metafóricamente con las ideas de desertificación, desraizamiento, desrazificación, esencia gregaria, comunicación, habilidad de cálculo, separación de los saberes… En palabras del propio Heidegger:

El enemigo es la esencia malvada del ente que, sin cesar jamás la hostilidad, se revela perteneciendo a aquel que, desde lo más profundo, debe ser amigo del filósofo: la esencia del Ser.

Para Heidegger el problema judío no era racial sino metafísico. El judaísmo mundial carece paradigmáticamente de vínculos, por lo que el desraizamiento de cada ente respecto del Ser llega a ser su propio objetivo en la historia del mundo, lo que se traduce en el monopolio de la ciencia y la técnica frente al saber filosófico originario. Lo que hace que el judío sea inherentemente un extraño y un extranjero respecto del Ser.

En el desraizamiento ve Heidegger la principal característica política del judío, su falta de suelo, de propiedad, que le lleva a ser un pueblo no sólo sin Estado sino, sobre todo, incapaz de construir uno propio; lo que le condena a ser un pueblo de nómadas, de errantes y, en cuanto seres-sin-Ser, sin espíritu, más parecidos a zombis que a auténticos humanos. Mientras que el griego clásico habitaba el Ser, el judío sobrevive en la Nada. En un contexto en el que los alemanes arios se reclaman herederos culturales de los antiguos griegos, la judaización de la cultura alemana significaría introducir el virus de la Nada en el corazón de la esperanza de un renacimiento del Ser. Y en lugar del tan ansiado por parte de Heidegger desvelamiento de la Verdad, sucedería el total eclipse de Occidente, de la mano de las dos manifestaciones judaicas contemporáneas más importantes: el capitalismo americano a la derecha, el bolchevismo ruso a la izquierda, ambas hijas sin saberlo de un mismo espíritu: el cálculo utilitarista de las cosas. Y más cálculo, más metafísica, y a más metafísica, menos comunidad, menos valores y menos naturaleza.

Israel y la filosofía

Una derivada del análisis del antisemitismo cultural de los más grandes filósofos alemanes, de Kant a Nietzsche, pasando por Hegel y hasta culminar en Heidegger, repercute en la acusación que se vierte contra los judíos de ser un pueblo sin suelo, sin propiedad, nómada y desraizado, sin Estado. La fundación del Estado de Israel en cierta medida cumple las condiciones puestas entonces, pero también es cierto que su mera existencia como centro y foco de la actividad judía mundial lo pone en el centro del huracán mediático.

Desde el punto de vista metafísico, Israel podría ser el salvoconducto hacia la tierra prometida del Ser. Sin embargo, no hay país más volcado en la globalización, innovador en lo tecnológico y lo científico, la única democracia consolidada de la región, en la que los derechos individuales se defienden constitucionalmente. La vuelta al territorio del que habían sido expulsados no ha sido una vuelta a los orígenes míticos, sino que los judíos allí trasladados han reinventado lo que es la patria de los judíos, abierta a todo tipo de procedencias e idiosincrasias, de modo que el significado de autóctono, que era tan caro a las consideraciones de Heidegger, que vinculaba un pueblo a la tierra y a la sangre, ha quedado anulado.

Israel se ha convertido, por voluntad de sus habitantes, en un país donde el rasgo distintitivo es que el hecho de ser un extraño no es señal de apartamiento y exilio sino todo lo contrario: en Israel todo el mundo es en el fondo un extranjero residente. De ahí esa animosidad en el antisemitismo internacional contra Israel, que usa el conflicto con Palestina como una excusa para seguir manteniendo esa animosidad eterna contra lo extraño de Israel. Del mismo modo que Heidegger nunca pidió perdón, Occidente jamás terminará de asimilar esa diferencia irradicable de lo judío.