Revista El Medio http://elmed.io Noticias de Medio Oriente en español Thu, 19 Nov 2020 14:38:57 +0000 es-ES hourly 1 https://wordpress.org/?v=4.2.29 Israel y la Escuela Nostradamus de Periodismo http://elmed.io/israel-y-la-escuela-nostradamus-de-periodismo/ http://elmed.io/israel-y-la-escuela-nostradamus-de-periodismo/#comments Thu, 19 Nov 2020 14:38:57 +0000 http://elmed.io/?p=27823 Lo erróneo, lo falso, tratado imprudentemente, puede transformarse en hechos reales para el lector.

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¿Recuerdan el famoso “ataque a Irán”? Allá por 2012, importantes analistas de los medios de comunicación nos explicaron cómo, dónde y cuándo iba a realizarse el inminente ataque de Israel contra la República Islámica, que sabotearía la paz mundial.

En general, abundaban en vaguedades, aunque algunos artículos fueron llamativamente precisos, como el del analista de El País que el 1 de febrero afirmaba, sin la más mínima sombra de duda:

Será en verano, época guerrera por excelencia. En mitad de la campaña presidencial, con Obama y Romney enzarzados en la pelea decisiva. Un tiempo de transición, por tanto, en el que se abren las ventanas a iniciativas inusuales. Todo será muy rápido, con bombardeos de precisión realizados por aviones no tripulados. Después vendrá la respuesta, que puede convertirse en guerra. Cuando todo termine, nada será como antes.

Y la campaña de Obama y Romney pasó; y pasó el verano, y pasaron algunos años y no hubo aviones no tripulados sobrevolando Irán (tampoco es que hubieran podido causar daño a unas plantas subterráneas escondidas a gran profundidad, pero that’s another story, nevermind). Y los importantes analistas siguieron siendo importantes analistas, porque, como los adivinos, confían en el olvido selectivo de sus pifias por parte de sus lectores. 

En esa misma línea de periodismo predictivo se movían recientemente un par de titulares del diario ABC, del grupo Vocento: «Netanyahu y Gantz pactan el Gobierno de unidad que anexionará los asentamientos de Cisjordania a Israel» (21/04/20) o  «Israel forma el Gobierno de unidad que anexionará parte de Cisjordania el 1 de julio» (18/05/20).

Y pasó el 1 de julio. Y no hubo “anexión”. Y lo que sí hubo fueron unos históricos acuerdos entre Israel y, hasta el momento, tres países árabes, que no sólo sellaban la paz, sino que aportaban una insólita normalización de las relaciones: los Acuerdos de Abraham

La importancia de estos acuerdos estriba en que el conflicto es árabe-israelí: las guerras de agresión de coaliciones de ejércitos árabes contra Israel en 1948, 1967 y 1973 son evidencia de ello; como también lo son los boicots promovidos por dichos países contra el Estado judío, los famosos tres noes de Jartum (“no a la paz, no reconocimiento y no a las negociaciones” con Israel) o el hecho de que la OLP fuera fundada por la Liga Árabe.

A pesar de ello, despertaron sustancial desprecio e indignación entre algunos profetas informativos que, a pesar de no haberlos visto venir, sí podían afirmar que los obscenos acuerdos serían «más gasolina para incendiar Oriente Próximo», que no eran acuerdos históricos, que tenían motivos espurios, que “la normalización árabe-israelí aplasta el derecho internacional”, al punto de que ni merecían ser mencionados en algunos resúmenes de los cambios políticos en Oriente Medio. 

Por no ver, nunca habían querido ver que las negativas del liderazgo palestino hasta en tres oportunidades a aceptar acuerdos que hubieran significado la creación de un Estado palestino en la mayor parte del territorio que reclaman, que la constante incitación al odio y la violencia, que la negación de la legitimidad de un Estado judío a existir, no ayudan precisamente a la paz…

Esos mismos vaticinadores de hecatombes tampoco fueron capaces de predecir el horror sirio, ni de imaginar siquiera la sangría del ISIS; ni han alertado aún de las evidentes masacres de cristianos en Oriente Medio, que no precisan ya de poderes proféticos ni analíticos. Y, aun así, esos adivinadores de lo terrible resultan ser las referencias mediáticas en habla hispana, y vuelven ahora a alertarnos de un posible ataque a Irán, fundando su augurio en las mismas cartas de entonces. Puede que esta vez sí suceda. O puede que no. Pero 2020 ya no es 2012, ni siquiera 2019, a pesar del rechazo a la realidad de algunos analistas y medios. 

En su cuento “Cómo reconocer un artista” (Crónicas del Ángel Gris, Buenos Aires, Ediciones de la Urraca, 1988), Alejandro Dolina jugaba con la difícil definición del concepto de artista

Ocurre que mientras resulta relativamente fácil distinguir a un plomero [fontanero] de un impostor, la condición artística puede fingirse durante largos períodos sin que nadie sospeche el engaño.

El arte es un sutil asunto y las chambonadas no se hacen tan patentes como en la plomería: cuando una canilla gotea, uno ve el agua y se moja con ella; cuando un poema está mal escrito, no hay cataclismos exteriores que lo denuncien.

Y lo que con humor describía Dolina acerca de un sector dedicado en principio a la estética y ética del arte, puede lamentablemente aplicarse a la descorazonadora realidad del periodismo hoy en día. 

Pero en el periodismo sí hay consecuencias, porque lo erróneo, lo falso, tratado imprudentemente, puede transformarse en hechos reales para el lector. El cuarto poder se erigió en su día en guardián de la buena salud democrática. ¿Quién sino una prensa independiente, profesional, basada en hechos –y no en emocionalidad e ideología–, podría aportar verdad y conocimiento y a la vez exigir a los poderes transparencia y responsabilidad? Sin embargo, su politización y, respecto a Israel, su deriva en un mal entendido humanitarismo han convertido esta herramienta en una voz al servicio de una de las partes, ciega a las complejidades de la realidad y confiada en sus profecías autocumplidas. 

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Visión o Espejismo: Arabia Saudí, en la encrucijada http://elmed.io/vision-o-espejismo-arabia-saudi-en-la-encrucijada/ http://elmed.io/vision-o-espejismo-arabia-saudi-en-la-encrucijada/#comments Wed, 18 Nov 2020 09:45:13 +0000 http://elmed.io/?p=27816 El Reino es muy distinto a como era cuando el rey Salman ascendió al trono, en 2015.

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David Rundell, diplomático norteamericano que sirvió durante 15 años en Arabia Saudí, describe en estas páginas las reformas económicas y sociales disruptivas que entraña el plan Visión 2030 y se pregunta si será exitoso.

Rundell sostiene que Arabia Saudí es muy distinta a como era cuando el rey Salman ascendió al trono, en 2015. El Reino ha cambiado a velocidad de vértigo y puesto fin al orden imperante desde 1950. Algunos hablan de la Primavera Saudí. Otros, del cuarto Estado saudí, o de “Arabia Salmanita”. El monarca comprendió que una serie de problemas económicos y estructurales estaban rezagando al país, y veía que los jóvenes talentosos se iban a Dubái, Nueva York o Londres. Así que procuró emprender una transición suave, reducir el alcance del Estado del Bienestar y hacer más tolerante a la sociedad. 

Salman buscaba ideas y su hijo pequeño, el príncipe Mohamed ben Salman (Mbs), las tenía.

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Rundell considera que la Visión 2030 afronta una pluralidad de desafíos, empezando por el que representa el propio MbS. Los cambios sucesorios lastimaron numerosos egos reales, sobre todo a raíz de la campaña anticorrupción y la detención de destacados miembros de la Familia Real. El cambio en las relaciones con EEUU es otro asunto de primer orden: antes del 11-S, los intereses de ambos países estaban bastante alineados, sobre todo en tiempos de la Guerra Fría. Sin embargo, el propio 11-S, la invasión norteamericana de Irak y los levantamientos populares en Egipto condujeron a una menor cooperación entre Washington y Riad, aun cuando el mayor adversario de Arabia Saudí, la República Islámica de Irán, se tornaba cada vez más amenazante.

Rundell pierde pie en varias cuestiones. Así, no comprende que esta es una revolución de arriba abajo, ideada por Salman y ejecutada por MbS, y le preocupa que los cambios estén yendo demasiado deprisa. Pero ya lo dijo MbS: “El tiempo es nuestro enemigo. Para transformar el país, no podemos esperar”. El príncipe no cree que los cambios estén siendo raudos porque de hecho deberían haberse ejecutado hace años. Igualmente, Rundell tampoco deja claro que Visión 2030 es un avance hacia un mayor desarrollo y modernidad, en vez de hacia la democracia, ni que el desarrollo saudí de hecho ya está por detrás del de sus vecinos del Golfo Arábigo.

Pese a esas omisiones, Vision or Mirage (“Visión o espejismo”) es un libro importante, que revela el profundo conocimiento que tiene Rundell de Arabia Saudí. El contexto histórico que aporta es extremadamente útil y será de gran provecho para los académicos.

© Versión original (en inglés): Middle East Quarterly
© Versión en español: Revista El Medio

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Los palestinos se merecen un Estado: Jordania – Enterrar a Erekat… y lo que representó – La paz gana terreno en Oriente Medio http://elmed.io/los-palestinos-se-merecen-un-estado-jordania-enterrar-a-erekat-y-lo-que-represento-la-paz-gana-terreno-en-oriente-medio/ http://elmed.io/los-palestinos-se-merecen-un-estado-jordania-enterrar-a-erekat-y-lo-que-represento-la-paz-gana-terreno-en-oriente-medio/#comments Tue, 17 Nov 2020 10:41:32 +0000 http://elmed.io/?p=27814 Los palestinos se merecen un Estado: Jordania Moshé Dann, historiador y periodista israelí, aboga resueltamente por una solución de dos Estados para la resolución del conflicto israelo-palestino. Pero no es la que se suele aventar en los medios sino una bien distinta que, de todas formas, siempre ha estado ahí, y la han expuesto o […]

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  • Los palestinos se merecen un Estado: Jordania
  • Moshé Dann, historiador y periodista israelí, aboga resueltamente por una solución de dos Estados para la resolución del conflicto israelo-palestino. Pero no es la que se suele aventar en los medios sino una bien distinta que, de todas formas, siempre ha estado ahí, y la han expuesto o defendido personalidades de muy diverso signo.

    Los árabes que se consideran palestinos merecen un Estado; ya tienen uno y se llama Jordania. Quienes no se merecen apoyo ni un Estado son organizaciones terroristas como la OLP [Organización para la Liberación de Palestina], Hamás, el FPLP [Frente Popular para la Liberación de Palestina] y la Yihad Islámica.

    Una ‘solución de dos Estados’ (…) basada en un Estado palestino en Judea y Samaria (la Margen Occidental) en manos de organizaciones terroristas dedicadas a la destrucción de Israel no es una solución. Lo único que hace es impedir la paz y la libertad para los palestinos.

    […]

    Jordania es un país viable con una estructura económica y política relativamente estable. Tiene vastas extensiones de terreno no aprovechado, pero carece de población y agua suficientes. (…) El empleo de los abundantes recursos hídricos de Turquía y el Mar Caspio –la mayor fuente de agua dulce del mundo– podría transformar el este de Jordania en un oasis que provea de productos agrícolas, albergue centros industriales y financieros y fomente la estabilidad regional y el desarrollo económico.

    […]

    El reconocimiento de Jordania como un Estado palestino, al tiempo que [mantendría] su condición de monarquía, [reflejaría] la identidad nacional de la mayoría de su población. (…) 

    Según la Oficina Central de Estadísticas palestina, en 2009 había en Jordania 4 millones de árabes de ascendencia palestina; la mitad de ellos estaban en 2014 registrados como refugiados, y cerca del 20% vivían en ‘campos’ gestionados por la UNRWA [la agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos]. La mayoría de los palestinos –pero no todos– tienen ciudadanía jordana. Jordania es el único país árabe que concede la ciudadanía a los palestinos.

    Promover Jordania como el Estado palestino es consistente con la legalidad internacional y la creación de Transjordania (1922) como parte de una solución de ‘dos Estados’. (…)

    […]

    Una solución de dos Estados auténtica –Israel y Jordania– es del interés de ambos países, así como de los palestinos. Puede generar paz y prosperidad y asegurar la estabilidad regional. Una confederación jordano-israelí podría sustituir el fracaso y la desesperación por la oportunidad y la esperanza. Podría excitar la creatividad, la cooperación y la libertad, razón de ser de los Estados-nación. 

    Sarah N. Stern, fundadora del Fideicomiso por la Verdad en Oriente Medio, hace un descarnado retrato jerarca palestino Saed Erekat, fallecido la semana pasada en Jerusalén, y llama a dejar atrás las políticas y concepciones por él encarnadas.

    Saeb Erekat, durante mucho tiempo negociador y secretario general de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), falleció el pasado martes en el hospital Hadassah de Jerusalén. Paradójicamente, aunque alentaba al mundo entero a boicotear a Israel, pasó las cuatro últimas semanas de su vida en un hospital israelí, donde sabía que recibiría los más excelentes cuidados.

    Erekat será llorado y elogiado por muchos. Yo, por mi parte, no me rasgaré las vestiduras. Sería bueno preguntarse cuál fue la contribución de Erekat a la causa de su pueblo, o a la de la paz entre Israel y los palestinos.

    […]

    Cuando [se conoció el] Plan de Paz para la Prosperidad de la Administración Trump, que incluía un mapa específico que delineaba las fronteras de una solución de dos Estados, Erekat aconsejó a Abás que ni siquiera se reuniera con los delegados norteamericanos, Jared Kushner, Jason Greenblatt y el embajador [en Israel] David Friedman, para discutirlo, pese a que el plan llamaba al establecimiento de un Estado palestino independiente y habría inyectado 50.000 millones de dólares en la economía palestina.

    […]

    Y cuando se firmaron los Acuerdos de Abraham, Erekat los calificó de “asesinos de la solución de los dos Estados”. (…) aconsejó a Abás que urgiera a la Liga Árabe a aislar a Emiratos y Baréin por sus tratados de paz con Israel. (…)

    (…) Es esta adherencia inquebrantable [a la negativa intransigente] lo que ha provocado que muchos en los mundos árabe y musulmán abandonen a los palestinos. 

    Con independencia de lo que digan algunos de la izquierda política norteamericana, los musulmanes suníes y sus gobernantes están empezando a comprender, 72 años después, que Israel está aquí para quedarse, y que no es el enemigo. Y que el camino para la paz y la prosperidad regionales no pasa por Ramala.

    […]

    Saeb Erekat y quienes le lloran representan el pasado. Confiemos en que una Administración Biden no retorne a los días añejos de transigencia con las irreales ilusiones palestinas sobre la destrucción de Israel.

    Lo mejor para todos (…) sería no resucitar los fracasados paradigmas del pasado, y enterrar junto con Erekat ese capítulo de diplomacia fallida.

    Hend al Otaiba, director de Comunicaciones Estratégicas del Ministerio de Asuntos Exteriores de Emiratos, escribe para la influyente revista de la comunidad judía norteamericana Tablet sobre el futuro promisorio que para la región representan los acuerdos de paz que Israel está firmando con países árabes como el suyo.

    El Acuerdo de Abraham debe mucho a las actitudes de cambio entre los más jóvenes, y su legado dependerá de su éxito a la hora de satisfacer las necesidades y aspiraciones de la juventud regional.

    […]

    (…) Estábamos seguros de que la anexión israelí [de la mayor parte de Judea y Samaria] acabaría de una vez por todas con la solución de los dos Estados. Así que actuamos rápido y ofrecimos la normalización [de relaciones] a cambio de que se detuviera la anexión.

    Los menores de 35 años representan más del 65% de la población de Oriente Medio. (…) En el pasado nos preocupaba que los jóvenes adoptaran las actitudes intransigentes de los mayores (…) Pero ahora son los jóvenes quienes están diciendo a los mayores que han de cambiar de ideas y actitudes; que deben adaptarse a las nuevas realidades (…)

    […]

    Es esencial que los palestinos vean los beneficios concretos resultantes del acuerdo. Si bien la labor de hacer la paz es cosa de los israelíes y los palestinos, en Emiratos seguiremos haciendo lo que podamos para respaldar el proceso. (…)

    Por último, pero sin que desde luego sea lo menos importante, creemos que las diásporas árabe y judía tienen un lugar en este proceso. Se trata de gente dinámica con competencias de alcance mundial que se preocupa del futuro de la región, e influyente en sus países. En particular, enviamos un muy cordial saludo a la comunidad judía norteamericana y confiamos (…) en que nos visite en Emiratos, hogar de una creciente y dinámica comunidad judía.

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    Las travesías de Sharansky http://elmed.io/las-travesias-de-sharansky/ http://elmed.io/las-travesias-de-sharansky/#comments Fri, 13 Nov 2020 09:41:22 +0000 http://elmed.io/?p=27809 Cuando era perseguido por la URSS antisemita y antisionista, este héroe de la libertad jamás se sintió solo.

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    En la URSS de los años 70 no era difícil dar con rusos que sabían que el régimen comunista era incorregiblemente corrupto, disfuncional y opresivo. Pero una cosa era susurrar esas verdades a los amigos íntimos y otra muy distinta decirlo abiertamente y ponerse en la mira de la Policía estatal. Un miembro de la intelligentsia que mantuvo la cabeza gacha me preguntó una vez: “¿Cómo llamas en la URSS a un hombre íntegro?”. Cuando meneé la cabeza, respondió: “Un recluso”.

    Natan Sharansky vino al mundo con el nombre de Anatoly Borisovich Shcharansky en 1948 en Stalino, una sucia localidad carbonífera renombrada Donetsk tras la muerte del segundo dictador soviético, en 1953. Sharansky mostró una enorme aptitud para las matemáticas y el ajedrez, algo muy conveniente para quien no quisiera arriesgarse a ser cancelado (por utilizar una expresión contemporánea) por el KGB. Pero él no era de ese tipo de personas.

    Siendo un veinteañero se convirtió en un notorio sionista (es decir, en alguien que creía en el derecho del pueblo judío a la autodeterminación en parte de su patria ancestral), un refusenik (un ciudadano soviético al que se le negaba el derecho a emigrar) y un activista por los derechos humanos (no sólo de los judíos soviéticos, sino de los despojados tártaros, los oprimidos pentecostales, los nacionalistas armenios, etc.).

    Pronto fue arrestado, sometido a un juicio-farsa y, en 1978, condenado al Gulag. Liberado nueve años más tarde, se trasladó a Israel, donde estuvo otros nueve años implicado en política, y luego durante otros nueve fue el director de la Agencia Judía, organización que relaciona a los israelíes con las comunidades judías que quedan (o sobreviven) en el exterior.

    Sharansky da cuenta de su vida –al tiempo que habla de historia, filosofía y no pocas polémicas– en Never Alone: Prison, Politics and My People (“Nunca solo: la cárcel, la política y mi pueblo”), que ha escrito al alimón con el eminente historiador Gil Troy.

    Tuve la oportunidad de hablar con el señor Sharansky el otro día. Le dije que traté de informar sobre su juicio, pero como no se permitió el acceso al público ni a la prensa, lo mejor que pude hacer fue merodear por las inmediaciones del tribunal junto con sus seguidores. Un día llegó un furgón y se colocó en la puerta de salida del edificio. En un momento dado, las puertas traseras del vehículo se abrieron y enseguida se cerraron. El furgón se fue. Sabíamos que Sharansky iba en él y a dónde lo llevaban. Entre lágrimas, sus partidarios gritaron su sobrenombre: “¡Tolia! ¡Tolia! ¡Tolia!”. Durante más de 40 años me anduve preguntando: ¿les oyó?

    El señor Sharansky me dijo que no. Pero, incidiendo en el objeto del libro, añadió que no se sintió solo o abandonado; ni entonces, ni durante sus años de cautiverio ni en los largos periodos de confinamiento en las celdas de castigo, jaulas pequeñas, gélidas, oscuras, “sin luz, mobiliario, nada que leer, apenas nada que comer y nadie con quien hablar”.

    sharansky-never-aloneSemejante privación sensorial puede volverte loco; de hecho, eso es lo que pretendían sus carceleros. Pero no les dio satisfacción; en parte porque se dedicó a jugar miles de partidas mentales de ajedrez.

    Cuando lo confinaban en una celda ordinaria le permitían leer Pravda, y fue gracias al periódico oficial del Partido Comunista que se enteró un día de que el presidente Reagan había llamado a la URSS el “Imperio del Mal”.

    “Luego supe que sus críticos norteamericanos dijeron que ese había sido ‘el peor discurso de un presidente’”, escribe Sharansky. “Decían que había provocado una escalada de tensión en el mundo al amenazar a la otra superpotencia. Sin embargo, para los prisioneros fue un gran alivio. Pues mostraba que el mundo real estaba haciendo frente a las mentiras soviéticas”.

    A su llegada a Israel, donde se dio a sí mismo un nombre más hebreo, fue recibido como un héroe. Pero su entrada en política no le hizo ganar más popularidad.

    Colaboró con el primer ministro Isaac Rabin, pero estuvo en vivo desacuerdo con él a cuenta de los Acuerdos de Oslo (1993). Sharansky sabía un par de cosas de regímenes despóticos y estaba seguro de que traer a Yaser Arafat desde Túnez para hacer de él un dictador no conduciría a la paz.

    También estuvo ligado al primer ministro Ariel Sharón, pero se opuso a su decisión de retirarse unilateralmente de Gaza. De nuevo, tuvo razón: Hamás fue a la guerra contra la Autoridad Palestina y venció. Desde entonces, la mayoría de los israelíes han comprendido que retirarse de la Margen Occidental en ausencia de un tratado de paz sólo puede conducir a un mayor derramamiento de sangre.

    El señor Sharansky estuvo otros nueve años al frente de la Agencia Judía, centrado en lo que él denomina “la agrupación de los exilios”, llevando a Israel judíos desde países en los que, en el mejor de los casos, habían sido ciudadanos de segunda.

    Estando en el Gulag, leyó en el Pravda sobre los “soldados sionistas” que en África “secuestraban a ciudadanos pacíficos aduciendo que eran judíos” a fin de incorporarlos a la “insaciable maquinaria bélica” israelí. Como sabía cómo descodificar la propaganda comunista, se figuró qué era lo que estaba sucediendo realmente: una “tribu hace tiempo perdida de compañeros judíos” llevaba más de un milenio viviendo en Etiopía, mayormente en comunidades rurales. Se llamaban a sí mismos Beta Israel, la Casa de Israel, aunque eran más conocidos como falashas, es decir, extranjeros o nómadas, lo que dice bastante sobre cuál era su estatus.

    En 1991 se implicó en ese éxodo moderno, la salida de África de miles de judíos etíopes, algunos descalzos, la mayoría hambrientos, todos deseosos de ver Jerusalén y empezar una nueva vida. “Su mera travesía fue un salmo de regocijo”, escribe Sharansky. Y añade: “Había ahí un Am Israel, un pueblo, regresando a su tierra, y sus aplausos, cantos y ululeos africanos se confundieron en una imposible sinfonía victoriosa”. 

    Esto también es cierto: desde Stalino, Tolia también ha recorrido un largo camino.

    © Versión original (en inglés): FDD
    © Versión en español: Revista El Medio

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    Muere Saeb Erekat http://elmed.io/muere-saeb-erekat/ http://elmed.io/muere-saeb-erekat/#comments Tue, 10 Nov 2020 14:01:19 +0000 http://elmed.io/?p=27807 Tenía 65 y había contraído el covid-19.

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    El veterano dirigente palestino ha fallecido este martes en el Centro Médico Universitario Hadassah de Jerusalén como consecuencia del coronavirus. Erekat, que tenía 65 años, era el negociador en jefe de la Autoridad Palestina (AP) para las conversaciones de paz y adquirió relevancia mediática en 1991 por su destacada participación en la Conferencia de Madrid, cumbre palestino-israelí previa a los Acuerdos de Oslo (1993) que llevaron a la instauración de la AP y al reconocimiento mutuo de Israel y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), cuyo Departamento de Negociaciones le ha despedido en Twitter con este tuit en el que lamenta la “significativa pérdida” de un dirigente cuyo recuerdo “será eterno”.

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    Veinticinco años del magnicidio de Isaac Rabin http://elmed.io/veinticinco-anos-del-magnicidio-de-isaac-rabin/ http://elmed.io/veinticinco-anos-del-magnicidio-de-isaac-rabin/#comments Tue, 10 Nov 2020 07:49:11 +0000 http://elmed.io/?p=27805 El artífice de los Acuerdos de Oslo merece ser recordado con ecuanimidad.

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    El 4 de noviembre de 1995, el primer ministro de Israel, Isaac Rabin, pronunció un breve discurso ante una multitud reunida en una plaza céntrica de la ciudad costera de Tel Aviv en apoyo del proceso de paz. Había asistido junto a su ministro de Relaciones Exteriores, Shimon Peres, con quien había compartido el Premio Nobel de la Paz el año previo por la firma de los Acuerdos de Oslo con la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) liderada por Yaser Arafat, el tercer receptor del galardón. Reinaba entonces una atmósfera de gran optimismo y crispación social en Israel, en simultánea contradicción. Buena parte de la población estaba convencida de que la paz con el pueblo palestino había advenido tras un prolongado período de duras disputas y sangrientas confrontaciones. Otra parte de la población consideraba que el pacto firmado con Arafat y su organización terrorista había sido un error histórico y moral que sólo traería una paz ilusoria. La bipolaridad política se había instalado en la nación, con dos bloques asentados en sus trincheras ideológicas portando dos visiones muy distintas de la realidad y con muy poca tolerancia hacia las opiniones antagónicas. La grieta era tan acentuada que no pocos analistas hablaban de una guerra cultural. 

    A esa manifestación, sin embargo, no sólo habían asistido pacifistas y seguidores de la potente y compleja dupla que conformaban Rabin y Peres. También estaba entre ellos, agazapado y desapercibido, el joven que apuntaría su arma contra el premier y perpetraría el mayor asesinato político de la historia de Israel. Yigal Amir, estudiante universitario y militante de la derecha religiosa radical, esperó a los oradores cerca del estacionamiento. La cámara casual de un aficionado mostrará posteriormente el momento de su duda, cuando Rabin regresa al escenario a agradecer a los organizadores mientras Peres continúa su marcha hacia el automóvil oficial. ¿A cuál de ellos asesinar? Se inclinó por Rabin. Se acercó y le disparó tres veces por la espalda. Moría así, de un modo casi irreal e inconcebible, en pleno corazón del país y a manos de un judío israelí, uno de los estadistas más respetados de Israel y una personalidad universalmente admirada. La nación y una importante porción del mundo estaban shockeados.

    A su funeral asistieron cerca de dos mil quinientos delegados de casi ochenta países, guarismo elevado para ese pequeño país asediado. El rey Husein de Jordania y el presidente egipcio Hosni Mubarak, representantes de los únicos dos países árabes que habían formalizado la paz con Israel por aquel entonces, viajaron a la ceremonia en Jerusalem. También acudieron representantes de Marruecos, Omán, Catar y Mauritania, lo que fue visto como una muestra del éxito de la diplomacia regional de Rabin. Por razones de seguridad, Arafat no fue invitado. Una porción considerable de la comunidad internacional quería despedir a un estadista apreciado, pero también se materializaba el interés no declarado de apuntalar el proceso de paz inaugurado apenas dos años atrás. Se temía que, con la partida de Rabin, tambaleara. El presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, se despidió emotivamente de su par israelí con su muy recordado “shalom, javer” (“adiós amigo”) ante la mirada atenta y emocionada de presidentes, secretarios de Estado, embajadores,  senadores y periodistas.

    Por definición, un magnicidio es un acto de violencia política destinado a conmocionar. La víctima de tan anormal fallecimiento alcanza un aura propia post mortem. Su vida puede pasar a ser vista en una retrospectiva benevolente, incluso romántica, en virtud de un anhelo, consciente o inconsciente, de honrar debidamente al difunto y no herir la sensibilidad de sus familiares y seguidores con algún señalamiento objetivo. Pero adherir a esta sacralización inmaculada poco favor haría a la figura del verdadero Rabin y malograría una apreciación justa de su lugar en la Historia. Tal como su biógrafo, aliado y amigo Itamar Rabinovich ha escrito en Isaac Rabin: soldado, líder, estadista

    por trascendental que fuera el asesinato de Rabin, es su vida –sus decisiones y sus actos— y no su muerte lo que define su legado.     

    Es un tanto irónico que un patriota y héroe nacional como Rabin deba su nombre a su abuelo materno, Isaac Cohen, adinerado judío ortodoxo antisionista natural de Bielorrusia. Su hija, la futura madre de Rabin, se llamaba Rosa y era una comunista cabal que se ganó el apodo de Rosa la Roja debido al ímpetu de sus convicciones izquierdistas. El padre de Rabin, Nehemías Rubijev, nació en el seno de una familia pobre de Ucrania. Ambos emigraron a Palestina y tuvieron a Isaac el 1 de marzo de 1922 en Jerusalem. Rabin hizo la carrera militar y tuvo un rol protagónico en la Guerra de la Independencia (1948), especialmente en la batalla por Jerusalem. Su heroicidad quedó ensombrecida por ser quien ejecutó la decisión sombría del premier David Ben Gurión de hundir un buque que llevaba armas francesas y tripulación judía para una milicia derechista, el Irgún, comandada por Menajem Beguin. 

    Pero fue su papel como jefe del Ejército durante la Guerra de los Seis Días lo que pulió su imagen de agudo estratega. Bajo su liderazgo, en pocos días Israel derrotó a tres países enemigos prestos a atacarlo y expandió sus fronteras hasta alcanzar un tamaño inimaginable al inicio de la contienda. Recién en 1974 se supo que en los días previos a la guerra Rabin tuvo un colapso nervioso. Tuvo que ser medicado y estuvo ausente durante 24 horas, lo que se justificó aduciendo que había padecido una sobredosis de nicotina. Otra ironía: el hombre que dio a Israel un éxito rotundo en 1967 que redundó en la expansión de su territorio nacional, décadas después será quien intentará resolver políticamente las secuelas territoriales de esta guerra. Esta cita suya de inicios de la década de 1970, vista con el beneficio de la retrospectiva histórica, ilustra su posicionamiento político. En un intercambio con israelíes nacionalistas, Rabin advirtió: “Desde mi punto de vista, la Biblia no es un registro de propiedad de tierras para Oriente Próximo”. En efecto, Rabin cultivó una imagen de halcón militar y de paloma política. El primero de sus atributos legitimó ante la opinión pública las acciones que tomaría impulsado por el segundo.

    Tras la renuncia de la premier Golda Meir a consecuencia de su fracaso al desoír las advertencias acerca del ataque árabe de la Guerra del Yom Kipur (1973), Rabin asumió la conducción del país, en junio de 1974. A sus 52 años, se convirtió en el quinto primer ministro israelí. El salto de los barracones a la política no fue lineal: antes había servido como embajador en Washington. Durante su mandato debió lidiar con la crisis de Entebbe (1976), cuando comandos palestinos y alemanes secuestraron un avión francés en la ruta Tel Aviv-París y lo desviaron a Uganda. Su Gobierno ideó un arriesgado plan de rescate a casi cinco mil kilómetros de distancia y la operación se llevó a cabo con éxito. Políticamente, empero, un áspero debate lo enfrentó con Shimon Peres: éste había abogado por una misión militar desde el principio, en tanto que Rabin había mostrado dudas.    

    En 1977 debió renunciar al Gobierno cuando un periodista reveló que su esposa tenía una cuenta en dólares en Estados Unidos, lo que constituía una violación de la ley de moneda del momento. Ese mismo año, por primera vez ganó las elecciones nacionales el partido Likud, y el laborismo perdió la hegemonía. Rabin seguirá activo en la política nacional, será ministro de Defensa en un Gobierno de coalición entre el Likud y el Partido Laborista y retornará a la cúspide del poder en 1992, con Peres a su lado como canciller. 

    Debilitado por la intifada palestina gestada en 1987, el en ese momento primer ministro Rabin adoptará una agenda pacifista y concesiva. Cuando Peres le informe de la existencia de un canal secreto de contactos con la OLP, Rabin le dará luz verde y el proyecto culminará en 1993 en una ceremonia formal en la Casa Blanca. Al año siguiente firmará un acuerdo de paz con Jordania. Un año más tarde será trágicamente ultimado, en un clima enrarecido por una incitación desquiciada. 

    Los primeros años posteriores al asesinato fueron muy lúgubres en Israel. Muchos de sus seguidores creyeron que la mejor manera de honrar su memoria era perpetuar su agenda de paz, en vez de tomar el magnicidio como un punto de inflexión en pos de la unión nacional. Sus detractores querían recordar con respeto al hombre, pero separarlo de sus políticas, que objetaban. La apropiación que se ha hecho de su persona centrista desdibujó el hecho de que había tensión ideológica no sólo entre el laborismo y el Likud, sino en el seno del laborismo. Peres ambicionaba la interacción completa de Israel con un futuro Estado palestino; Rabin, por el contrario, pretendía una escisión política y territorial con el pueblo palestino. Como se dijo en aquella época, Peres quería un matrimonio y Rabin un divorcio. Su dualidad de halcón militar y paloma política quedó cristalizada en una frase de Henry Kissinger que Itamar Rabinovich recuerda en su biografía. Tras escuchar algunos sermones rosados sobre el líder israelí en una ceremonia de recordación en Boston, Kissinger murmuró: “Isaac no era ningún hippy”.

    Su legado político es ambivalente. Tuvo grandes aciertos, como la paz con Jordania y la mayor inserción diplomática de Israel en la región. Pero la dinámica de Oslo que puso en marcha tuvo terribles consecuencias: cientos de atentados terroristas palestinos en las calles de Israel durante el proceso de paz, una futura intifada de la Autoridad Palestina y tres guerras con Hamás. 

    Transcurrido un cuarto de siglo de aquel crimen atroz, Isaac Rabin merece ser conmemorado con ecuanimidad

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    ¿Qué significaría una Presidencia Biden para Israel? http://elmed.io/que-significaria-una-presidencia-biden-para-israel/ http://elmed.io/que-significaria-una-presidencia-biden-para-israel/#comments Mon, 09 Nov 2020 19:15:58 +0000 http://elmed.io/?p=27803 El rival de Donald Trump alberga mejores sentimientos hacia Israel que Obama.

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    Para algunos seguidores del presidente Donald Trump, tanto en Israel como en EEUU, la perspectiva de una Presidencia Biden es un escenario que jamás quisieron considerar. Y aunque el resultado de las elecciones aún no es definitivo, si la tendencia sigue siendo favorable al candidato demócrata, tanto el Gobierno israelí como la comunidad proisrelí habrán de acomodarse a la nueva realidad.

    La cuestión no es si lo harán de buena gana, sino si podrán evitar la sobrerreacción ante cualquier cambio en la política norteamericana, a menos –o hasta– que sea necesario.

    Hace cuatro años, la mayoría de los israelíes tenían pocas dudas de que cualquiera de los dos candidatos presidenciales representaría una mejora frente a la Administración Obama. Habían sido ocho años de Obama pretendiendo que corriera al aire entre ambas democracias, de discusiones constantes, de creciente presión americana sobre Israel y de tomas de posición de Washington en la cuestión palestina y la amenaza nuclear iraní que socavaron gravemente la alianza israelo-americana.

    Para acentuar la pérdida de confianza entre los Gobiernos de Israel y EEUU, en sus últimas boqueadas la Administración Obama optó por no vetar una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que básicamente calificaba de ilegal la presencia judía en Jerusalén.

    Todo cambió una vez asumió Donald Trump. Para pasmo y maravilla incluso de algunos de sus seguidores, la política mesoriental norteamericana dio todo un vuelco. Trump se alineó con Israel y un año más tarde dio inicio al traslado de la embajada norteamericana desde Tel Aviv hasta Jerusalén, tras reconocer a la Ciudad Santa como la capital del Estado judío. Pronto siguieron otras decisiones de gran impacto. Así, Trump reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán, pidió cuentas a la Autoridad Palestina por financiación del terrorismo y retiró a EEUU del desastroso acuerdo nuclear con Irán de 2015.

    Dado que la ambición de Trump de negociar el “acuerdo definitivo” entre Israel y los palestinos chocó con la negativa de estos últimos a hacer la paz, su Administración se dedicó a un empeño más productivo. A diferencia de Obama y su secretario de Estado John Kerry, que en la práctica dieron a los palestinos poder de veto sobre la normalización entre el mundo árabe e Israel, Trump ha contribuido a forjar acuerdos de normalización entre Israel y Emiratos, Baréin y Sudán, a los que quizá sigan otros.

    Visto lo visto, no es de extrañar que la mayoría de los israelíes apoyaran la reelección de Trump. Pero si, como parece, apoyaron por el candidato finalmente perdedor, han de saber que la histeria podría ser contraproducente.

    Sin duda, es lógico que les preocupe una hipotética Administración Biden. Con toda seguridad, el Departamento de Estado y el Consejo de Seguridad Nacional quedarían en manos de discípulos de la Administración Obama o de gente que comparta sus impresiones sobre Oriente Medio. Igualmente, su equipo de política exterior retomaría el acuerdo nuclear con Irán y es probable que tratase de revivir las moribundas relaciones con la Autoridad Palestina, que fueron degradadas debido a la negativa de Ramala a dejar de financiar el terror o a discutir siquiera las ideas de Trump sobre la paz en Oriente Medio.

    Pero sigue habiendo una posibilidad de que, como ha insinuado el principal portavoz para política exterior de la campaña de Biden, Anthony Blinken (favorito para ser el consejero de Seguridad Nacional del demócrata), EEUU mantenga las sanciones de Trump contra Irán. Lo cual significa que la más importante misión para Israel y los grupos judíos en los meses venideros no será volver a librar las batallas políticas de 2015. Sí deberían, en cambio, persuadir a Biden de que no caiga en la tentación de acabar con estos cuatro años de progresos para presionar a Irán a fin de renegociar el acuerdo nuclear y desmantelar las cláusulas que ponen a Teherán en un rumbo cierto hacia la satisfacción de sus ambiciones atómicas.

    En lo relacionado con la cuestión palestina, sería bueno que el primer ministro Netanyahu y los americanos proisraelíes asumieran, acertadamente o no, que Biden no se consideraría vinculado a las políticas de Obama que sabe resultaron fracasos abismales.

    El apoyo de Biden a Israel ha estado siempre condicionado por su insistencia en que él sabe mejor que los líderes del Estado judío qué es lo mejor para éste. Por indignante que eso sea, es igualmente cierto que Biden alberga mejores sentimientos hacia Israel que Obama. Lo mejor sería tener esto en cuenta, en vez de asumir que Biden retrotraerá la política mesoriental de EEUU al penoso momento en que Obana apuñaló a Israel por la espalda en Naciones Unidas justo antes de abandonar la Casa Blanca.

    Aun si Biden fuera tan estúpido como para desperdiciar un valioso capital político con políticas basadas en insensatas demandas de que Israel rinda sus derechos y su seguridad, como hizo Obama, o con una nueva ronda de apaciguamiento ante Irán, Israel no ha de que doblegarse ante la presión de EEUU. Como dejó claro Netanyahu durante los escabrosos ocho años de Obama, Israel siempre puede decir ‘no’ a EEUU cuando crea que debe defender sus intereses ante unos policymakers norteamericanos errados.

    Las alianzas con los Estados árabes forjadas con la ayuda de Trump serían más fuertes, no más débiles, si Biden se decantase por aquellas políticas que beneficiarían a Irán. Los Estados árabes que han abrazado a Israel no lo han hecho por caridad o por una vinculación emocional con el sionismo, sino para reforzar su seguridad. Si Biden comete los mismos errores que Obama, necesitarán a Israel tanto o más que ahora.

    De la misma forma, Israel es  hoy más fuerte económica y militarmente que en 2009, y aunque la amistad con su única superpotencia aliada le sigue resultando necesaria, no trepidará ante Biden como no lo hizo ante Obama. Aún tiene numerosos amigos en la política norteamericana, y puede y debe remitirse a los principios del Plan para la Prosperidad de Trump como único fundamento sólido para una posible resolución del conflicto con los palestinos.

    Es prudente prepararse para lo peor, aunque no sea el único resultado posible. Una Administración Biden podría tener suficiente con hacerse cargo de los problemas relativos a la pandemia del coronavirus, la economía, las infraestructuras nacionales y otros asuntos cruciales. Una tozuda negativa de los veteranos de Obama a admitir que se equivocaron con los palestinos la última vez que estuvieron en el poder sería un error no forzado que no haría ningún bien a Biden.

    La posible salida de Trump entraña desafíos para Israel. Aun así, no sería el fin de la alianza israelo-americana ni el augurio de la destrucción de Israel. Y es fundamental que los israelíes y aquellos que se preocupan por la nación judía lo tengan presente.

    © Versión original (en inglés): JNS
    © Versión en español: Revista El Medio

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    El auténtico legado de Rabin – El heredero de Rabin es… Netanyahu – Rabin o la confianza http://elmed.io/el-autentico-legado-de-rabin-el-heredero-de-rabin-es-netanyahu-rabin-o-la-confianza/ http://elmed.io/el-autentico-legado-de-rabin-el-heredero-de-rabin-es-netanyahu-rabin-o-la-confianza/#comments Wed, 04 Nov 2020 10:46:16 +0000 http://elmed.io/?p=27800 El auténtico legado de Rabin Efraim Inbar, presidente del Jerusalem Institute for Strategy and Security (JISS), hace un repaso de la trayectoria de Isaac Rabin con motivo del 25º aniversario de su asesinato a manos del ultranacionalista religioso Yigal Amir. A juicio de Inbar, Rabin murió sabiendo que el Proceso de Oslo no se vería […]

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  • El auténtico legado de Rabin
  • Efraim Inbar, presidente del Jerusalem Institute for Strategy and Security (JISS), hace un repaso de la trayectoria de Isaac Rabin con motivo del 25º aniversario de su asesinato a manos del ultranacionalista religioso Yigal Amir.

    A juicio de Inbar, Rabin murió sabiendo que el Proceso de Oslo no se vería coronado por el éxito porque los palestinos no estaban verdaderamente dispuestos a firmar la paz con Israel.

    El primer ministro y ministro de Defensa Isaac Rabin fue asesinado hace 25 años por un fanático judío debido a que buscaba alcanzar la paz con los palestinos por medio de la partición de la Tierra de Israel (en lo que se llegó a conocer como el Proceso de Oslo). En cada aniversario de la tragedia surge el debate a propósito del legado de Rabin.

    Sólo una ínfima minoría niega que, en líneas generales, el Proceso de Oslo fue un fiasco, porque el movimiento nacional palestino ni estaba ni está preparado para un compromiso histórico con el movimiento sionista. Hay pruebas de que Rabin llegó a esta misma conclusión antes de ser asesinado. Rabin fue escéptico con Oslo desde el principio, y proyectó una creciente ambigüedad al respecto. [De hecho,] consideró poner fin al proceso. Con todo, el fiasco de Oslo fue responsabilidad suya.

    En retrospectiva, quizá no había otra manera de llevar al liderazgo y a la sociedad israelí a la conclusión de que Israel no tenía un socio para la paz que haciéndole pagar un precio de sangre.

    (…)

    Rabin estaba preparado para la partición de la Margen Occidental, en consonancia con la posición tradicional del sionismo, pero insistió en que Israel tuviera unas fronteras defendibles. Jamás se distrajo con un retorno a las fronteras de 1967 o con intercambio territorial alguno. En su último discurso ante la Knéset [Parlamento], el 5 de octubre de 1995, incidió en el mapa de su predilección. La frontera oriental (…) de Israel sería el Valle del Jordán (“en su más amplia expresión”). Jerusalén (unida) y su entorno quedarían incluidas en Israel. Rabin habló de una “entidad” palestina (que sería “menos que un Estado”) que se encargaría de los asuntos palestinos.

    Esas formulaciones estaban (y están) en sintonía con el consenso israelí y fueron citadas este año en el plan de paz de la Administración norteamericana (el Plan Trump). De hecho, la cautela y suspicacia de Rabin en lo relacionado con la paz representan un necesario correctivo ante cierta euforia ambiental que se registra actualmente en Israel. Rabin advertía a menudo al público de que Israel está en Oriente Medio, donde los tratados de paz son, en el mejor de los casos, fenómenos temporales.

    […]

    Los logros de Rabin en el ámbito de la seguridad nacional fueron notables. Como jefe del Estado Mayor, hizo de las FDI [Fuerzas de Defensa de Israel] una poderosa maquinaria militar y la condujo a la victoria en 1967 [Guerra de los Seis Días] (…) Como primer ministro, contribuyó a reconstruir las FDI en el periodo posterior a 1973 [Guerra del Yom Kipur]. Como ministro de Defensa, sacó a Israel de la ciénaga libanesa en 1985. Consiguió combatir la intifada con tenacidad pero sin dejar demasiadas cicatrices en las FDI ni en la sociedad israelí. En 1994 llegó a un acuerdo de paz con el Reino de Jordania.

    Su asesino privó a Rabin de la oportunidad de asumir el fracaso del Proceso de Oslo, que él no lanzó pero sí respaldó orgullosamente.

    Quien tal sostiene es nada menos que el director del diario izquierdista Haaretz, Aluf Benn, quien destaca la gran desconfianza que sintió siempre el mandatario israelí hacia su teórico socio para la paz, Yaser Arafat, y llama a recuperar el proceso de paz con la celebración de una conferencia como las que llevan sin producirse precisamente desde el asesinato de Rabin.

    Hoy, Rabin es considerado un izquierdista ansioso por entregar territorios y crear un Estado palestino sobre las ruinas de los asentamientos y de los sueños de los colonos [de poseer] toda la Tierra de Israel. Se trata de una imagen que sirve a los dos lados del mapa político: la izquierda necesita un héroe y la derecha un traidor. Se trata de un completo despropósito.

    Rabin quería reforzar la posición internacional de Israel con la ayuda de su amigo el presidente de los Estados Unidos Bill Clinton, así como desarrollar alianzas con los regímenes ‘moderados’ de Oriente Medio –Egipto, Jordania, Marruecos, Túnez, Omán, Qatar y Turquía (antes del ascenso de Erdogan al poder)– para contrarrestar el creciente poderío de Irán. Pero fue tacaño en lo relacionado con la devolución de territorios.

    […]

    [Rabin] no mostró amistad ni camaradería hacia [Arafat] y le vio con suspicacia hasta el día de su muerte. Se sentía mucho más cómodo con el rey Husein de Jordana y con el presidente egipcio Hosni Mubarak.

    Los acuerdos que ha suscrito Netanyahu con Emiratos y Baréin remiten mucho más al legado de Rabin que a la retirada unilateral de Gaza de Ariel Sharón. (…) los países árabes están aceptando a Israel como un vecino deseable y como un lobbista en Washington. No se ha tocado un centímetro de tierra ni movido a un solo colono a cambio, y lo único que han obtenido los palestinos han sido unas pocas declaraciones de cara a la galería.

    No podría estar Yair Lapid más en desacuerdo con Benn. A juicio del líder del partido liberal Yesh Atid, el difunto líder del Partido Laborista atesoraba cualidades de gran liderazgo de las que a su juicio carece el actual primer ministro, Benjamín Netanyahu, a quien dirige acerbas críticas sin citarlo por su nombre e insta a dar pasos decisivos en la resolución del conflicto con los palestinos.

    El auténtico legado de Rabin no es la paz o la guerra. Es la confianza. El liderazgo de Rabin se basaba en la confianza. La gente creía en él y por tanto confiaba en él. (…) Vivió y murió siendo un hombre digno. Decía lo que pensaba y hacía lo que decía. Fue asesinado porque su asesino le creía.

    […]

    Aducir que el único legado de Rabin radica en que fue asesinado es un intento de manipular la Historia. A Rabin no le definió su muerte sino su vida. El legado de Rabin es un modelo de liderazgo. Definió para nosotros los valores de un líder israelí y desde entonces le hemos traicionado una y otra vez.

    […] 

    Los bienvenidos acuerdos con Emiratos, Baréin y Sudán han sido presentados ante la opinión pública israelí como logros que significan que podemos seguir sin hacer nada con los palestinos. Se trata de una visión tremendamente miope. Esos acuerdos deberían ser el primer paso de un largo camino hacia la separación con los palestinos. Deberíamos utilizar esos acuerdos para relanzar la solución de los dos Estados por medio de una conferencia regional. He aquí el interés nacional israelí (…) 

    Si Israel saca de la mesa la solución de los dos Estados, hemos de decidir qué vamos a ofrecer en su lugar. ¿Cuál es la alternativa? ¿Cómo vamos a seguir siendo una democracia judía, un Estado nacional liberal, si no tenemos idea de qué hacer con los millones de palestinos que viven bajo nuestro mandato? Se trata de un penoso dilema que provoca daños políticos a todo aquel que lo afronta. Precisamente por eso lo abordó Rabin. Él comprendió que era su deber como líder. 

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    El islamismo palestino, exultante con la oleada de terrorismo islamista en Europa http://elmed.io/el-islamismo-palestino-exultante-con-la-oleada-de-terrorismo-islamista-en-europa/ http://elmed.io/el-islamismo-palestino-exultante-con-la-oleada-de-terrorismo-islamista-en-europa/#comments Tue, 03 Nov 2020 10:07:20 +0000 http://elmed.io/?p=27785 La mezquita de Al Aqsa, foco de difusión de odio criminógeno.

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    El Instituto de Investigación Mediática de Oriente Medio (Memri) ha publicado dos vídeos que dan cuenta de cómo está viviendo el islamismo palestino la oleada de terror islamista que está teniendo lugar en Europa.

    En el primero de ellos se ve al erudito Nidal Abu Ibrahim Siam clamar contra “la civilización de Francia y Occidente” por sus “mentiras y pecados”, su “ateísmo y herejía”; una civilización plagada de “prostitución, promiscuidad y homosexualidad”. Acto seguido, un esbirro se pone a recitar proclamas contra Macron coreadas por la multitud como “Macron, escoria, mañana conquistaremos París”.

    Posteriormente, Abu Ibrahim retoma la palabra para dirigirse igualmente al presidente de la República Francesa, “el enemigo de Alá y su Mensajero [Mahoma]”, y augura el advenimiento de un nuevo califato que invadirá Francia y conquistará Roma para “instilar justicia y esparcir la luz” por Europa.

    Pronto, oh Macron, acabaremos con tu corrupta civilización y purgaremos la tierra de la inmundicia capitalista. (…) La única respuesta a Francia y su presidente es declarar la Yihad por la gloria de Alá.


     

    En el segundo vídeo, que también tiene por escenario la mezquita de Al Aqsa de Jerusalén, el jeque Isam Amira se deshace en elogios de Abdulá Abuyedovich Anzorov, el terrorista checheno que degolló el pasado 16 de octubre al profesor de instituto Samuel Paty por mostrar unas viñetas de Mahoma en una clase sobre libertad de expresión.

    Estas fueron las palabras del jeque:

    El islam no tiene nada que ver con el término ‘terrorismo’, salvo por lo que respecta a aterrorizar a sus enemigos. El Corán dice: “Disponed toda fuerza y todos los corceles de la guerra que podáis, para golpear con terror en el corazón del enemigo de Alá y de vosotros mismos (…)”. Así que el terrorismo es un motivo para la formación militar. En otras palabras, justifica los preparativos bélicos.

    En cuanto a lo que la gente llama “terrorismo” (…) Cuando un musulmán de origen checheno decapita a un infiel que ha afrentado al profeta Mahoma, la gente habla de “terrorismo” (…) Bien, es un gran honor para él y para todos los musulmanes que haya un joven así que defienda al profeta Mahoma. Es igual que los hombres y mujeres que a lo largo de la Historia han defendido al profeta Mahoma, su santidad y su honor. Todos estos términos serán reconfigurados cuando la palabra de Alá impere suprema sobre la de los infieles.

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    ¿Pasarán la prueba del tiempo las políticas proisraelíes de Trump? http://elmed.io/pasaran-la-prueba-del-tiempo-las-politicas-proisraelies-de-trump/ http://elmed.io/pasaran-la-prueba-del-tiempo-las-politicas-proisraelies-de-trump/#comments Mon, 02 Nov 2020 11:45:42 +0000 http://elmed.io/?p=27783 Aunque quisiera, Biden tendría muy difícil desmantelar la política mesoriental del republicano.

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    Para los seguidores judíos del presidente Donald Trump, han sido la guinda del pastel: la eliminación de toda restricción territorial en los acuerdos bilaterales de tipo científico o académico –que materializa la posición adoptada por Washington en 2019 de dejar de considerar ilegales los asentamientos– y la decisión de que los ciudadanos norteamericanos nacidos en Jerusalén puedan poner en sus documentos oficiales “Israel” como lugar de nacimiento son la culminación de una revolución en la política mesoriental de EEUU.

    Los críticos del presidente hablan en este punto de política más que de principios. Pero la cuestión que hay que plantearse respecto de las políticas de Trump hacia Israel no es si contribuirán a su reelección (lo cual es harto improbable), sino si superarán la prueba del tiempo si las encuestas están en lo cierto y el ganador de las elecciones es el exvicepresidente Joe Biden.

    La magnitud del vuelco en unas políticas que se remontan a 1967 e incluso a 1948 no pueden sobrevalorarse. La decisión trumpiana de reconocer Jerusalén como la capital de Israel y trasladar la embajada estadounidense desde Tel Aviv hasta la Ciudad Santa satisfizo una antigua demanda de la comunidad proisraelí. Demanda a cuya satisfacción habían renunciado hace tiempo incluso los más activistas, así como el Gobierno israelí.

    Tampoco nadie en la comunidad proisraelí soñaba hace cuatro años con que, luego de medio siglo de compartir con el resto del mundo la idea de que las comunidades judías en la Margen Occidental son ilegales, el Departamento de Estado emitiera una opinión legal que dio vuelta a esa posición.

    Por si fuera poco, Trump reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán y cortó la ayuda a la Autoridad Palestina (AP) hasta que ésta rescinda su financiación del terrorismo.

    Los veteranos de la política exterior predijeron con toda gravedad que esas medidas, especialmente las relacionadas con Jerusalén y los asentamientos, incendiarían la región y que la ira contra Trump se extendería por los mundos árabe y musulmán. Pero, para consternación de sus rivales y pasmo de los ex altos cargos con la Administración Obama, esos cambios sísmicos no desembocaron en una orgía de caos y violencia. Por el contrario, la política exterior de Trump ha contribuido a la forja de los Acuerdos de Abraham, notable cadena de acontecimientos por la que Emiratos, Baréin y Sudán –y se espera un nutrido etcétera– han normalizado relaciones con Israel.

    Hace sólo unos años, los críticos del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, advirtieron de un “tsunami diplomático” orquestado por los palestinos y el expresidente Barack Obama que dejaría aislado al Estado judío. Hoy, gracias a una intransigencia que incluso les llevó a no seguir la senda de un Obama que trataba desesperadamente de revivir unas negociaciones cuyo objetivo sería garantizarles un Estado y un acuerdo que devolvería a Israel a las líneas de 1967, con sólo unos ajustes menores, son los palestinos los que están aislados. Y lo están debido en gran medida al empeño de Obama en apaciguar a Irán, que esencialmente echó a Arabia Saudí y a otros Estados del Golfo en brazos de Israel. Aunque siguen haciendo declaraciones de cara a la galería en favor de la causa palestina, pasan de ellos, convencidos y con razón de que el líder de la AP, Mahmud Abás, y su partido Fatah, así como sus rivales de Hamás, son sencillamente incapaces de llegar a la paz con Israel, sean cuales sean sus términos.

    Las posiciones de Trump no imposibilitan la erección de un Estado palestino. Pero si sus decisiones permanecen en vigor, cambiarán fundamentalmente los términos de cualquier negociación, pues se instará a los palestinos a que reconozcan que, aun si verdaderamente estuvieran dispuestos a hacer la paz, no habrá expulsiones masivas de cientos de miles de judíos de sus hogares de Judea y Samaria –y de Jerusalén–. Cualquier negociación que se lleve a efecto considerará la Margen Occidental un territorio en disputa en vez de palestino, a diferencia de lo que asume el resto del mundo, negando los derechos judíos y los acuerdos internacionales que contradicen el aserto de que Israel no tiene demandas legítimas que plantear.

    Pero ¿qué ocurrirá si Biden jura como presidente el próximo mes de enero y la gente de Trump es desplazada por veteranos de la Administración Obama y otros favoritos de la casta de la política exterior? ¿Será el fin de la revolución mesoriental de Trump?

    Aunque la respuesta debería quedar en manos de Biden y sus asesores, lo cierto es que, aun cuando quisieren, no todos los logros y mandatos de Trump tienen fácil reversión. Y si es sensato, Biden evitará la tentación de negar la evidencia de lo que ha representado la Presidencia Trump en Israel y Oriente Medio.

    Biden planea devolver a EEUU al deleznable y desastroso acuerdo nuclear con Irán de 2015. Habrá que ver si llega tan lejos como para levantar las sanciones que pesan sobre Teherán, pero no hay duda de que, igual que los palestinos, los ayatolás desean que gane Biden, mientras que los árabes (así como la mayoría de los israelíes) van con Trump.

    Igualmente, a Biden le basta con una firma para revertir la posición de Trump sobre los asentamientos. Y es probable que lo haga, porque la presión para que Israel acepte una rendición territorial masiva como parte de un acuerdo integral de paz y una solución de dos Estados que en realidad los palestinos no desean es un asunto en el que un inveterado veleta como el exvicepresidente jamás se ha mostrado indeciso.

    Pero que nadie espere que traslade la embajada o que dedique mucho tiempo a resucitar las conversaciones de paz.

    Biden ya ha dicho que la embajada se quedará donde está porque, aunque lamente la decisión de Trump, moverla o hacer declaraciones formales que deshagan el reconocimiento generaría discusiones estériles que no le ayudarían a conseguir nada. Y seguro que incluso Biden entiende que Obama desperdició un tiempo, una energía y un capital político preciosos en interminables y fútiles disputas con Israel que jamás llevaron a los palestinos a negociar en serio.

    Si los demócratas recuperan el poder, Biden tendrá que vérselas con la pandemia del coronavirus, una economía devastada y un montón de problemas de gran calado. Seguro que en las bases ultraizquierdistas de su partido aplaudirían que atacara a Israel, pero es probable que incluso la izquierda priorice otros elementos de su agenda radical y destructiva, como la toma del Poder Judicial y el Green New Deal. Invertir el capital político necesario para trasladar la embajada o emprender una ofensiva diplomática de gran calibre a fin de resucitar las conversaciones con los palestinos sería un imposible y un error garrafal.

    Aun sus críticos más virulentos deberían comprender que el legado de Trump en este ámbito no será fácil de arrumbar.

    Sus logros no se reducen a una nueva embajada y a unos acuerdos que los demócratas consideraban imposibles. El imaginativo salto que llevó a Trump y a su equipo a considerar erróneas las políticas norteamericanas previas, y fantasiosas las advertencias de la casta de la política exterior, ha cambiado para siempre el enfoque norteamericano sobre Oriente Medio.

    La decisión sobre Jerusalén y los Acuerdos de Abraham –con todo lo que conllevan– dejaron en evidencia las políticas de los predecesores de Trump y las alertas de los veteranos del Departamento de Estado, como mitos e incluso mentiras. Aunque muchas de las decisiones de Trump pueden ser revertidas, el denominado retorno a la normalidad no cambiará los hechos sobre el terreno, no generará la paz con los palestinos ni provocará que los Estados árabes dejen de actuar en función de sus intereses a la hora de tratar a Israel como un aliado.

    Puede que Israel afronte graves dificultades en los próximos cuatro años, pero nunca más podrán decir sus críticos que las políticas de Trump eran un desastre, dado que ya hemos visto lo exitosas que han sido para la causa de la paz. Puede que Trump sea pronto cosa del pasado, pero no habrá vuelta atrás que permita a sus críticos presumir que saben de lo que hablan cuando hablan de Oriente Medio.

    © Versión original (en inglés): JNS
    © Versión en español: Revista El Medio

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