Revista El Medio http://elmed.io Noticias de Medio Oriente en español Mon, 09 Dec 2019 19:28:25 +0000 es-ES hourly 1 https://wordpress.org/?v=4.2.25 El Estado Islámico tiene nuevo 'califa' http://elmed.io/el-estado-islamico-tiene-nuevo-califa/ http://elmed.io/el-estado-islamico-tiene-nuevo-califa/#comments Mon, 09 Dec 2019 19:18:44 +0000 http://elmed.io/?p=27095 Abu Ibrahim al Hashimi al Qurashi y se proclama descendiente de Mahoma.

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Se hace llamar Abu Ibrahim al Hashimi al Qurashi, ha recibido ya la adhesión de dos docenas de líderes terroristas islamistas de todo el mundo y en su designación desempeñó un papel relevante su predecesor, Abu Baker al Bagdadi, ejecutado por fuerzas de élite norteamericanas el pasado 27 de octubre en la provincia siria de Idlib.

Según explican Craig Whiteside y Haroro J. Ingram en este interesante análisis, Abu Ibrahim –cuyo nombre real aún se desconoce– tiene experiencia de combate contra el Ejército estadounidense –probablemente en Irak– y dominio académico de las escrituras islámicas, lo que le confiere el perfil de guerrero y sabio que el Estado Islámico considera imprescindible para quien ostente en cada momento el liderazgo de la organización. Los caudillos del Estado Islámico (EI) tienen además que cumplir con otro requisito: ser descendientes de Mahoma. Abu Ibrahim lo sería por el linaje Quraish, al que de hecho alude en su kunya (nombre de guerra) completo.


Abu Ibrahim es el cuarto líder máximo del EI, tras Osama ben Laden (recuérdese que el EI es una escisión de Al Qaeda), Abu Musab al Zarqawi y el ya mencionado Abubaker al Bagdadi; todos ellos acabaron siendo eliminados por EEUU.

“El Estado Islámico ha elegido a un desconocido como su califa, pero ya sabemos que estas figuras semianónimas acaban metamorfoseándose en auténticos iconos del terror”, escriben Whiteside e Ingram; “desde el matón callejero Zarqawi, el Jeque de los Asesinos que [degollaban a sus rehenes vestidos de naranja] ante las cámaras, pasando por Abu Umar, que orquestó una terrorífica campaña de atentados suicidas contra peregrinos chiíes [en Irak], hasta Abu Baker y su reinstauración de la esclavitud, la violación sistemática y las matanzas masivas”. Así que, en cuanto tenga la ocasión, alertan, “Abu Ibrahim desencadenará horrores que al menos se equiparen a los de sus predecesores”.

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Los fracasados siguen dando lecciones http://elmed.io/los-fracasados-siguen-dando-lecciones/ http://elmed.io/los-fracasados-siguen-dando-lecciones/#comments Thu, 05 Dec 2019 10:43:03 +0000 http://elmed.io/?p=27093 Los 'arabistas' norteamericanos insisten en sus fracasadísimas recetas.

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He escrito sobre la maléfica influencia de los especialistas en el mundo árabe sobre los distintos Gobiernos norteamericanos. Tras dejar el servicio público, muchos pretenden seguir influyendo tanto en la arena política como en la opinión pública. Sirva como ejemplo este artículo reciente publicado en el Washington Post por los exdiplomáticos Aaron David Miller y Daniel Kurtzer, que presumen de su medio siglo de experiencia acumulada en el mundo de la diplomacia; medio siglo presidido por decisiones políticas desacertadas. 

En dicho artículo, Miller y Kurtzer inciden en una serie de falacias del pensamiento arabista y critican la decisión de la Administración Trump de no considerar ilegales los asentamientos israelíes; asimismo, lamentan la falta de voluntad de las Administraciones anteriores (salvo la de George H. W. Bush) a la hora de coaccionar a Israel para que ponga freno a la expansión de los mismos.

Su malestar descansa en el error de concepto de que los asentamientos son un obstáculo para la paz. “Los palestinos no pueden intercambiar tierra por paz si no tienen tierra”, escriben.

La extendida idea de que los asentamientos son un impedimento para la paz es fácilmente refutada por la Historia. Los árabes no tuvieron interés en la paz cuando no existían los asentamientos, antes de 1967; tampoco lo tuvieron en 1979, cuando había menos de 10.000 colonos; ni cuando se les ofreció un Estado palestino y el desmantelamiento de los asentamientos (2000), o cuando Israel evacuó todos los asentamientos de Gaza (2005). Ah, y tanto Jordania como los propios palestinos firmaron en su día acuerdos de paz sin exigir que Israel evacuara asentamiento alguno.

Por otro lado, Miller y Kurtzer se olvidan de mencionar el impacto de la decisión de George H. W. Bush de vincular las garantías de préstamo a Israel con la construcción en los asentamientos. En primer lugar, no consiguió que Israel dejara de construir; en segundo, enfureció a los israelíes; y en tercero, no hizo que el proceso de paz avanzara un ápice, en parte por su castigo unilateral a Israel.

En otros ejemplos que ponen también omiten hechos fundamentales. Así, dicen que Jimmy Carter insistió en que Israel paralizara los asentamientos durante las negociaciones de Camp David arguyendo que eso animaría a otros países árabes a unirse al proceso de paz. Pero lo cierto es que Beguin paralizó la construcción en los asentamientos durante tres meses y aun así los países árabes condenaron a Egipto al ostracismo.

Dicen también que el Informe Mitchell sobre la segunda intifada recomendaba que Israel paralizara la actividad en los asentamientos. Ignoran que el levantamiento no tuvo nada que ver con los asentamientos y que continuó incluso cuando Israel se ofreció a desmantelar la mayoría y a permitir a los palestinos crear un Estado.

El tercer ejemplo que esgrimen, la exigencia de Obama de paralizar la construcción en los asentamientos, debilita aún más su argumento. Obama no era imparcial: simpatizaba más con los palestinos, que nunca habían insistido en la paralización. A pesar de que Israel accedió a la misma durante diez meses, los palestinos se negaron a negociar.

Miller y Kurtzer omiten verdades incómodas porque otro principio del pensamiento arabista es que hay que obligar a Israel a adoptar las políticas que los arabistas consideran más beneficiosas para el Estado judío. Los arabistas sostienen que esto es necesario porque el conflicto obstaculiza las relaciones entre EEUU y los árabes. Siguen creyéndolo incluso cuando a la mejora de las referidas relaciones le ha seguido el fortalecimiento de los lazos entre EEUU e Israel.

Los autores no dicen en ninguna parte del artículo que se deba ejercer presión alguna sobre los palestinos, ni que se les culpe de nada. Únicamente escriben que “el inicio de las campañas terroristas palestinas de mediados de los noventa hizo inimaginable que se pudieran endurecer las políticas estadounidenses contra los asentamientos, por no hablar de sancionar a Israel”. Al parecer, sí era imaginable hacerlo bajo el incesante terrorismo de antes y después de ese periodo. Esta miopía sobre las inmaculadas víctimas palestinas, que también ha arraigado entre los progresistas, es una de las razones por las que sus recetas son absurdas.

Miller y Kurtzer vuelven a la idea de que Estados Unidos debe ser “imparcial” si quiere desempeñar un papel en el proceso de paz, situando a nuestro aliado democrático, Israel, en pie de igualdad con los autócratas de la Autoridad Palestina, antiamericanos, corruptos y patrocinadores del terrorismo. De nuevo, esta posición cuenta con un historial catastrófico de casi ocho décadas.

Su afirmación de que la decisión de Trump sobre los asentamientos va contra la legalidad internacional es igualmente errónea, como documenté aquí. Para recapitular brevemente: un funcionario de la Administración Carter concluyó falazmente que los asentamientos eran ilegales; desde entonces, numerosos académicos lo han cuestionado, al igual que el Tribunal Supremo de Israel y el presidente Reagan. John Kerry los calificó de “ilegítimos”, pero, en lugar de votar a favor, en la resolución de la ONU que los declaraba “ilegales” se abstuvo (de todas formas, es algo irrelevante, ya que la ONU emite opiniones políticas, no jurídicas).

La gente como Miller y Kurtzer nunca admite que las ideas que defienden, las mismas que aplicaron en el Departamento de Estado, han sido desastrosas. Les mortifica ver que por fin Trump ha hecho recaer la responsabilidad de la ausencia de paz sobre quienes corresponde: los palestinos. En lugar de blanquear el terrorismo y el irredentismo de los palestinos, Trump es el primer presidente que los castiga por su actitud destructiva. Al reconocer Jerusalén y los Altos del Golán, Trump ha sancionado la realidad que Miller y Kurtzer insisten en rechazar: que Israel no va a retirarse de ninguno de esos lugares. Siguen aferrados al paradigma de los dos Estados con una Jerusalén dividida.

Ahora bien, Miller y Kurtzer sí aciertan en algo: en que la decisión sobre los asentamientos gusta a los seguidores del presidente. Lo cual, por supuesto, no la convierte en errónea.

El Washington Post no publica artículos de opinión sobre cómo administrar una empresa escrito por personas que se han pasado 50 años hundiendo empresas, así que ¿por qué sí da una tribuna para hablar sobre Oriente Medio a quienes no han hecho más que fracasar allí?

© Versión original (en inglés): The Algemeiner
© Versión en español: Revista El Medio

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El secreto a voces de Turquía: su falso laicismo http://elmed.io/el-secreto-a-voces-de-turquia-su-falso-laicismo/ http://elmed.io/el-secreto-a-voces-de-turquia-su-falso-laicismo/#comments Wed, 04 Dec 2019 09:50:51 +0000 http://elmed.io/?p=27091 Una cosa es lo que dicen las leyes y otra, cómo se aplican.

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En teoría, Turquía tiene un régimen laico. Su Constitución dicta que el Estado y sus instituciones deben guardar la misma distancia respecto de todas las creencias (incluida la increencia). En teoría, la discriminación por motivos religiosos está penada por la ley. El caudillo islamista del país, el presidente Recep Tayyip Erdogan, ha declarado que él es equidistante de todos los credos y que está en contra del “nacionalismo religioso”, y el 13 de noviembre dijo a los medios desde la Casa Blanca que Turquía iba a restaurar iglesias dañadas en Siria.

En realidad, Erdogan y su régimen islamista son un excelente ejemplo para ilustrar la imposibilidad de que el islam político sea laico.

La edición de 2019 del informe anual de la Comisión Norteamericana sobre la Libertad Religiosa en el Mundo (Uscirf) concluye que el régimen turco sigue discriminando a la minoría aleví, y que interfiere en los asuntos de lo que queda de las históricas comunidades armenia y greco-ortodoxa.

Para la Uscirf, el Gobierno de EEUU debería:

– Instar al Gobierno turco a que cumpla íntegramente las sentencias del Tribunal Europeo de Derechos Humanos sobre la libertad religiosa o de culto.

– Presionar al Gobierno turco para que optimice las medidas que permitirían a las comunidades religiosas musulmanas no suníes solicitar financiación pública para la construcción, mantenimiento y gestión de sus lugares de culto.

– Instar al Gobierno turco a asegurar que el currículum escolar incluya a todos los grupos religiosos del país.

– Presionar al Gobierno turco para que reprenda públicamente a los funcionarios que hacen declaraciones antisemitas u otras de carácter despectivo sobre las comunidades religiosas del país.

En enero de 2007, el periodista turco armenio Hrant Dink fue asesinado en una concurrida calle de Estambul por un joven nacionalista turco. Tres meses después, cinco jóvenes musulmanes asesinaron a tres empleados cristianos (uno alemán y dos turcos) de la editorial Zirve por sus actividades misioneras, que comprendían la distribución de ejemplares de la Biblia. Al parecer, los tres fueron brutalmente asesinados porque, según esos musulmanes, sus actividades eran proselitistas y por tanto ellos eran “enemigos de Turquía”.

Según una investigación publicada en 2018 por la Universidad Kadir Has de Estambul, sólo al 8,2% de los turcos les gustaría tener un vecino armenio, y sólo el 10,2% se sentiría bien con uno griego (cristiano ortodoxo).

Un Estado laico no puede permitirse el lujo de que le gusten o dejen de gustarle las creencias religiosas de sus ciudadanos. El artículo 10 de la Constitución turca lo expresa claramente: 

Todo el mundo es igual ante la ley, independientemente de su lengua, raza, sexo, color de piel, opción política, filosofía, credo religiosa, confesión… 

Como siempre, una cosa son las leyes y otra, cómo se aplican.

En octubre, Esma B. K. –según fue identificada en los procesos administrativos– fue investigada por ser cristiana y ejercer actividades misioneras. B. K., licenciada en Teología, es profesora de cultura religiosa en un colegio público de la provincia occidental de Aydin. La oficina del gobernador admitió que un inspector estaba investigando a B. K. debido a unas “acusaciones de actividad misionera cristiana” en su contra. B. K. fue suspendida. Tuma Çelik, diputado de la oposición, presentó una pregunta al ministro de Educación para saber por qué la funcionaria B. K. había sido suspendida.

¿Por qué? Muy sencillo, aunque los funcionarios no puedan formular oficialmente lo que es un secreto a voces. La Asociación de Maestros Concienciados manifestó

Es inaceptable que, en un país donde el 90% de la población es musulmana, una profesora de cultura religiosa no sea ella misma musulmana.

¿Igualdad ante la ley independientemente de las creencias religiosas? Olvídense. Los islamistas siempre son mayoritaristas allí donde son mayoría y pluralistas donde son minoría. Si una profesora turca musulmana fuese suspendida en la cristiana Alemania por ser musulmana, pondrían el mundo pondría patas arriba. Correrían al Tribunal Europeo de Derechos Humanos a denunciar la discriminación religiosa. Pero en Turquía la discriminación religiosa contra los no musulmanes está bien porque Turquía es en un 90% musulmana.

Hace un siglo, los cristianos constituían el 20% de la población turca. Hoy son sólo el 0,2%. Pero la mentalidad turca sigue temiendo que un puñado de compatriotas sean de una religión diferente.

© Versión original (en inglés): Gatestone Institute
© Versión en español: Revista El Medio

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La matemática estanca la política israelí http://elmed.io/la-matematica-estanca-la-politica-israeli/ http://elmed.io/la-matematica-estanca-la-politica-israeli/#comments Tue, 03 Dec 2019 10:19:29 +0000 http://elmed.io/?p=27089 Los israelíes están casi tan hartos de votar como de los cohetes terroristas.

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Para que un candidato pueda asumir como primer ministro en Israel no es necesario que obtenga la mayor cantidad de votos, sino que debe ser recomendado para el cargo por la mayoría de los parlamentarios elegidos por los ciudadanos. En la Knéset (parlamento israelí) hay 120 bancas, por lo que para que el líder de un partido pueda asumir como primer ministro debe recibir el apoyo de por lo menos 61 parlamentarios.

Después de las primeras elecciones de este año, celebradas en abril, el primer ministro, Benjamín Netanyahu, no pudo formar Gobierno luego de haber recibido el mandato para hacerlo del presidente, Reuven Rivlin, por lo que se llamó nuevamente a las urnas en septiembre. Luego, Netanyahu fracasó otra vez, por lo que la oportunidad de hacerlo pasó al líder de Azul y Blanco y exjefe del ejército Benny Gantz, quien tampoco pudo establecer una coalición. Por lo tanto, Rivlin decidió entregar el mandato a cualquier miembro de la Knéset que logre juntar al menos 61 apoyos. Cualquiera, ya da lo mismo. 

Sin embargo, es casi imposible que nadie logre armar una coalición de gobierno. Por lo tanto, vamos, tomemos las calculadoras y comencemos a hacer cuentas. Resolvamos estos problemas matemáticos y tratemos de destrabar la política israelí.

En los últimos comicios, el primer ministro Netanyahu, del Likud, obtuvo 32 bancas en la Knéset, y su rival Benny Gantz, de Azul y Blanco, 33. Entonces: 

61-32 = 29. Netanyahu debe juntar 29 apoyos más. 

61-33 = 28. Gantz debe recibir el respaldo de 28.

Hasta ahora, todo es relativamente sencillo. Pero ¿quién apoya a cada uno de los candidatos? Continuemos tratando de resolver los problemas matemáticos.

Netanyahu tiene el apoyo de la derecha y los partidos ortodoxos, pero entre todos no alcanzan los 61 escaños necesarios para formar Gobierno. Sumemos:

32 del Likud + 7 de la disuelta alianza derechista Yamina + 9 del partido ortodoxo sefaradí Shas + 7 del ortodoxo ashkenazí Judaísmo Unido de la Torá = 55. No llega.

A pesar de haber ganado la elección por una banca en la Knéset, las cuentas que debemos hacer en el caso de Gantz son un poco más complejas. Si bien tiene los apoyos de la izquierda, estos son muy pocos, por lo que matemáticamente precisa de la alianza con los partidos árabes, que por primera vez en la historia del país recomendaron a un candidato sionista para primer ministro; lo que sea por remover a Netanyahu del poder, claro. Sin embargo, los miembros de estas fuerzas son antisionistas y suelen defender o justificar a los terroristas enemigos de Israel, por lo que su apoyo a Gantz no sólo será demasiado frágil, sino que además la imagen del líder de Azul y Blanco podría verse dañada si los parlamentarios árabes ingresan a un Gobierno encabezado por él. Espero que haya quedado claro esta compleja situación; si no, no importa, para eso tenemos las matemáticas. Ordenemos un poco el asunto de Gantz.

33 de Azul y Blanco + 6 de Avodá-Guesher + 5 de Unión Democrática = 44. Muy poquito.

Copio y pego:  33 de Azul y Blanco + 6 de Avodá-Guesher + 5 de Unión Democrática = 44. Y agrego los 13 de la Lista Árabe Conjunta = 57. Tampoco alcanza, pero suma fuerza.

¿Quién tiene el as el manga? Avigdor Liberman, el líder del partido derechista Yisrael Beiteinu, quien cuenta con 8 bancas. Sin embargo, este político de larga trayectoria y exministro de Defensa no tiene un especial cariño por los ortodoxos del bloque de Netanyahu ni por los parlamentarios árabes que podrían apoyar a Gantz con el único fin de remover al actual primer ministro del poder. Entonces:

54 + 8 = 62. Netanyahu podría gobernar.

57 (con la Lista Árabe Conjunta) + 8 = 65. Gantz podría gobernar.

Sin embargo, nada de esto sucederá. Liberman pidió a ambos candidatos que formaran un Gobierno de unidad, ya que, de hacerlo, no necesitarían de nadie más.

33 (Azul y Blanco) + 32 (Likud) = 65. Se puede formar un Gobierno, al que seguramente se uniría Yisrael Beiteinu. Por lo que 65 + 8 = 73. 

Vale aclarar que la izquierda y los partidos árabes no apoyarían a un Gobierno encabezado por Netanyahu, y los ortodoxos no respaldarían a un Gobierno del que forme parte Liberman.

73 escaños son más que suficientes, claro. Pero hay un problema. ¿Quién sería el primer ministro? El presidente propuso un Gobierno de rotación encabezado por Netanyahu durante dos años y luego por Gantz durante los otros dos. Liberman apoyó esta propuesta. Sin embargo, el líder de Azul y Blanco desea empezar él, por lo que rechazó la proposición de Rivlin.

También hay que aclarar que Netanyahu no tiene intenciones de abandonar su bloque, compuesto por la derecha y los ortodoxos, algo que fue exigido en reiteradas ocasiones por Gantz y Liberman como condición para formar un Gobierno de unidad. Seguramente, el primer ministro teme que Azul y Blanco lo traicione e intente removerlo del poder, y sin el apoyo de su bloque, el cual se sentiría traicionado si Netanyahu le da la espalda, el primer ministro se vería muy debilitado en el futuro.

Si bien las probabilidades de formar un Gobierno de unidad eran casi nulas, la situación empeoró luego de que el fiscal general, Avishai Mandelblit, acusara formalmente a Netanyahu de soborno, fraude y abuso de confianza. A pesar de que la ley permite al líder del Likud continuar en el cargo de primer ministro y asumir nuevamente si obtiene el apoyo de la Knéset, Azul y Blanco lo vio como una posibilidad única para exigir su renuncia, por lo que la lucha se intensificó y las chances de alcanzar un acuerdo para formar un Gobierno de unidad ya se puede decir que son absolutamente nulas.

¿Algún otro miembro de la Knéset podría formar un Gobierno? Claro que no, lo sabe todo el mundo, empezando por Netanyahu y Gantz.

Hay un candidato del Likud, Gideon Saar, que, cual zombie, de pronto salió a la superficie y no sólo pidió competir con Netanyahu en unas elecciones primarias, sino que además manifestó que él sí puede formar un Gobierno. Sus chances de ganar son pocas, ya que, más allá de que existe algún que otro foco de rebeldía dentro del partido, el apoyo a Netanyahu es muy importante aún. El primer ministro intentó evitar las internas, pero finalmente se llevarán a cabo muy pronto. Este desafío a Netanyahu en su propia facción también es una buena noticia para Azul y Blanco, cuyo objetivo es debilitar al Likud.

Lo extraño es que Netanyahu y Gantz son muy parecidos ideológicamente. Es más, algunos analistas afirman que son los rivales políticos con mayores ideas en común en la historia de Israel, sobre todo en lo que se refiere al conflicto con el terrorismo palestino. De hecho, Gantz, quien fue jefe del ejército y estuvo al mando del mismo durante dos operaciones contra facciones extremistas en Gaza, apoyó los bombardeos del ejército durante la última escalada contra los terroristas de la Yihad Islámica. Las diferencias que pueden haber en asuntos económicos y sociales son mínimas e irrelevantes, nada que pueda llevar al fracaso de una negociación.

Si bien Netanyahu estaba aferrado a su posición de no ceder ante Gantz respecto de su bloque, ahora se aferrará aún más, ya que, después de más de una década de gobierno exitoso, no desea abandonar el poder como un delincuente debido a las causas que pesan en su contra, y que él ve como una persecución de la Justicia y la prensa

¿Exitoso Gobierno? Claro. En el ámbito de la economía, pocos se animan a negarlo. En lo que a seguridad se refiere, tal vez sea más discutible, ya que, a pesar de que Israel ha dado golpes fuertes a las organizaciones terroristas en todos los frentes, lo cierto es que Hamás, Yihad Islámica, Hezbolá y otras aún continúan atacando. Pero el éxito más importante lo tuvo en lo que a política internacional se refiere. No sólo porque hoy Irán está más aislado que nunca, sino porque Israel mantiene vínculos formales e informales con varias naciones árabes. Sí, seguramente porque comparten con el Estado judío el mismo enemigo común: Irán. Al fin y al cabo, es irrelevante el motivo, lo importante es el logro. Esto es política.

Israel se enfrenta a muchos desafíos en materia de seguridad, ya que Irán continúa armando y financiando a sus satélites: Hamás y Yihad Islámica en Gaza, Hezbolá en el Líbano y las milicias proiraníes en Siria. Además, la economía israelí se encuentra muy saludable, por lo que no es necesario dañarla con unas terceras elecciones en menos de un año; deben evitarse a como dé lugar. 

Los israelíes están casi tan cansados de ir a votar y del estancamiento político como de los cohetes de los terroristas. En la arena política hay quienes piden elecciones directas entre Gantz y Netanyahu para terminar con el asunto. De hecho, el Likud ha presentado una propuesta formal para que se lleven a cabo, y quien las gane podría obtener un 10% más de parlamentarios (alrededor de 12) para que pueda formar Gobierno y esta lucha termine. Dicha propuesta parece contar con un apoyo bastante importante del resto de las fuerzas políticas, pero el Comité Electoral se opuso a la misma.

Veremos qué sucede. Tal vez sea la solución, no lo sé. Sólo espero que la próxima votación sea la última y ya no necesitemos calculadoras.

El Medio Oriente está esperando el plan de paz para el conflicto israelí-palestino del presidente estadounidense, Donald Trump; plan que parece que cuenta con el apoyo de buena parte de la región. Si no funciona porque la dirigencia palestina no lo acepta, el beneficio de este plan igualmente sería indiscutible, ya que terminaría de quitarle la máscara a dos Gobiernos (el de la Autoridad Palestina en Cisjordania y el de Hamás en Gaza) que claramente no quieren la paz. 

Los israelíes están hartos de contar los cohetes del terrorismo, pero también de contar votos y bancas. Las decisiones difíciles no sólo deben tomarse en el ámbito de la seguridad, la política también las necesita.

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EEUU: el 'Estado Profundo' luchó contra Israel y contra Trump... y perdió http://elmed.io/eeuu-el-estado-profundo-lucho-contra-israel-y-contra-trump-y-perdio/ http://elmed.io/eeuu-el-estado-profundo-lucho-contra-israel-y-contra-trump-y-perdio/#comments Fri, 29 Nov 2019 10:28:57 +0000 http://elmed.io/?p=27087 Las memorias de Nikki Haley dejan claro que, efectivamente, hay una quinta columna tratando de sabotear al presidente de EEUU.

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La publicación de las memorias de Nikki Haley, exembajadora de EEUU ante las Naciones Unidas, ha resultado muy oportuna. El libro de Haley, With All Due Respect (“Con el debido respeto”), ha copado los titulares por sus revelaciones sobre las luchas intestinas en la Administración Trump.

Según Haley, el exjefe de gabinete de la Casa Blanca John Kelly y el exsecretario de Estado Rex Tillerson intentaron involucrarla en lo que parece una conspiración contra Trump. La esencia de las acusaciones de Haley es que ambos consideraban que su deber no era tanto asesorar al presidente y después ejecutar sus decisiones como manipularlo y sabotearlo para sustituir su criterio por el de ellos, el de la burocracia federal y el del establishment de la política exterior.

Aunque las denuncias del servicio exterior de que Trump seguía su propia agenda en lo relacionado con Ucrania parecen haber calado entre muchos estadounidenses ya predispuestos contra el presidente, Haley nos brinda un ejemplo concreto de una disputa similar que pone este problema en perspectiva.

Haley dedica un capítulo de su libro, “Changing the Culture” (“Cambiando la cultura”), a la relación entre EEUU e Israel. En él explica lo mucho que se resistieron los profesionales de la política exterior a las estrategias de Trump, con las que quería acabar con la política de distanciamiento entre EEUU y el Estado judío del presidente Barack Obama.

Un motivo fundamental de controversia fue la determinación de Trump de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel y trasladar allí la embajada estadounidense, radicada en Tel Aviv. La resistencia del Departamento de Estado y de funcionarios veteranos como Kelly fue feroz. Los únicos que apoyaron a Trump fueron Haley, el vicepresidente Pence y el embajador estadounidense en Israel, David Friedman.

Los críticos pensaban que podrían paralizar, marear y torpedear a Trump con retrasos burocráticos. Pero él mantuvo obstinadamente el rumbo e insistió en llevar a cabo el traslado. Aunque el establishment predijo que el mundo entero ardería, lo cierto es que las protestas fueron mínimas, lo que reforzó a Trump y sus defensores.

Lo mismo ocurrió con la decisión de Trump de retirar a EEUU del acuerdo nuclear con Irán de 2015.

Haley vio maniobrar a lo que parte de la derecha ha dado en denominar  “el Estado Profundo”. Se trata de una expresión siniestra, conspiratoria, que han acabado abrazando aquellos que desde la izquierda sostienen que el funcionariado está ahí, precisamente, para que gente como Trump no gobierne como le venga en gana.

Quienes jalean a los “resistentes” empotrados en el Gobierno y a los sedicentes “adultos” de la Administración por hacer todo lo que está en mano para impedir que Trump lleve a término sus programas piensan que, cuando se trata de frenar al presidente, el fin justifica cualquier medio. La cuestión ucraniana –y la posibilidad de que pueda hundir a Trump– ha acercado a la burocracia y a los progresistas, que habrían considerado ilegítimo que un grupo de empleados del Gobierno hubiese tratado de impedir al presidente Obama entablar negociaciones secretas con Irán, por poner un ejemplo.

Al margen de lo que se pueda pensar sobre su presidencia, Trump llevaba razón y los adultos se equivocaron respecto a Jerusalén y otros asuntos relacionados con Israel. Lo mismo se puede decir respecto a Irán.

Esto debería recordar incluso a aquellos a los que no les gusta el presidente que las decisiones políticas deberían quedar en manos del comandante en jefe elegido por los votantes estadounidenses. Cualquier otra cosa es ilegítima y antidemocrática.

Trump luchó contra el Estado Profundo en lo relacionado con Israel y ganó. Si hubiesen vencido los burócratas, no habría sido una victoria para la democracia. Habría sido un triunfo para la casta que lleva generaciones equivocándose sobre Oriente Medio. Al margen de lo que se piense sobre Trump, permitirles vetar a un presidente es una invitación al desastre.

© Versión original (en inglés): JNS
© Versión en español: Revista El Medio

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Trump y Netanyahu están siendo injustamente perseguidos http://elmed.io/trump-y-netanyahu-estan-siendo-injustamente-perseguidos/ http://elmed.io/trump-y-netanyahu-estan-siendo-injustamente-perseguidos/#comments Thu, 28 Nov 2019 10:14:25 +0000 http://elmed.io/?p=27084 Les están pidiendo cuentas por hechos no constitutivos de delito alguno.

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En las investigaciones que se están llevando a cabo el Congreso de EEUU contra el presidente estadounidense, Donald J. Trump, y en los tribunales israelíes contra el primer ministro del Estado judío, Benjamín Netanyahu, hay llamativas semejanzas, así como importantes diferencias. La más sorprendente de las primeras es que ambos están siendo investigados por actos que el legislador de ambos países no considera explícitamente delictivos. Es más, ningún Legislativo de ningún país sometido al imperio de la ley promulgaría una norma general que penalizara tales comportamientos.

Las investigaciones de que están siendo objeto esos dos controvertidos líderes se basan en el uso de leyes generales que nunca antes se habían considerado aplicables a ese tipo de comportamientos, y en estirarlas para atacar a precisamente a esos dos controvertidos líderes.

Netanyahu ha sido acusado de soborno porque supuestamente accedió a ayudar a una empresa mediática a cambio de una cobertura más positiva o menos negativa de su gestión. Hay cierta discusión sobre los hechos, pero aun considerados de la forma menos favorable a Netanyahu no constituyen un delito de soborno.

La Knéset jamás promulgaría una norma que convirtiera en delito el hecho de que un diputado vote de tal o cual manera para ganarse el favor de los medios. Si llegara a aprobarse, toda la Knéset acabaría en la cárcel. Los políticos siempre cortejan a los medios, y muchos votan teniendo eso bien presente. Algunos incluso negocian las buenas coberturas antes de votar. Por eso tienen jefes de prensa y consultores de medios.

Tampoco se podría redactar un estatuto razonable que penara la conducta de Netanyahu pero no la de los demás miembros de la Knéset que se afanan por tener una buena imagen mediática. Por eso ningún Legislativo de ningún país sometido al imperio de la ley ha hecho de una cobertura mediática favorable el quid o el quo necesarios para una condena por soborno, y por eso la acusación contra Netanyahu no debería ser sancionada por los tribunales.

Basar una condena en una cobertura mediática positiva pondría en peligro la libertad de la prensa y los procesos democráticos de gobernanza. Los fiscales deberían mantenerse al margen de las interacciones entre los políticos y los medios, salvo que se cometan delitos específicamente definidos, y nadie debería ser enjuiciado por actos que el legislador nunca ha considerado ni debería considerar jamás delictivos.

El presidente Trump también está siendo investigado por un supuesto soborno. En un primer momento los demócratas pensaban que podrían someterlo a impeachment por algo no delictivo: incompetencia, abuso de autoridad o conducta impropia. Diría que entre unos cuantos les convencimos de que ningún impeachment sería constitucional si el presidente no fuese hallado culpable de cargos especificados en la Constitución, es decir, de “traición, soborno y otros delitos y faltas menores”. Así que los líderes demócratas se han decidido por el soborno. 

El problema de este enfoque –similar al del caso Netanyahu– es que sencillamente no es un delito que un presidente utilice su poder en materia de política exterior para obtener ventajas políticas, bien sea para su partido o para sí mismo. Imaginen que el Congreso intentara sacar adelante una norma que definiera un abuso delictivo del poder en el ámbito de la política exterior y que para ello discerniera qué cosa fuera abuso político y qué abuso moral.

Los presidentes emprenden acciones militares para obtener ventajas políticas. Prestan ayuda a otros países para conseguir ser reelegidos. Nombran embajadores no por cuestiones de competencia sino para recompensar apoyos pasados y futuros. Nada de esto ha sido considerado nunca delictivo, y al Congreso jamás se le pasaría por la cabeza hacerlo.

¿Podría idear un delito que penara el que alguien quisiera obtener provecho político personal, en vez de provecho político partidario, con la adopción de tal o cual medida? Lo dudo. Pero, incluso si pudiera, no lo ha hecho. Y si no lo ha hecho, ni el Congreso ni los fiscales pueden pretender criminalizar el ejercicio del poder de un presidente sobre la base de que no les gusta cómo gobierna, o incluso si lo hace abusivamente.

En un Estado de Derecho, lo fundamental es que nadie puede ser investigado, procesado o acusado salvo que vulnere prohibiciones inequívocas preexistentes. Ni los congresistas ni los fiscales pueden inventárselas sobre la marcha, porque tampoco ellos están por encima de la ley.

Ahora veamos las diferencias. Israel es una democracia parlamentaria donde el primer ministro puede ser destituido por una simple moción de confianza. No se requiere ni se necesita un mecanismo de impeachment. En cambio, Estados Unidos es una república con separación de poderes y un sistema de contrapesos. Los redactores de la Constitución, con James Madison a la cabeza, consideraron el impeachment un elemento de primer orden para la preservación de la república y no convertirla en una democracia parlamentaria. Por eso rechazaron una propuesta que habría permitido el impeachment sobre la base de la “mala administración”. Según Madison, ese criterio tan abierto habría conducido a una situación en la que el presidente ejercería su cargo sometido a la voluntad del Congreso. Por eso insistió en dotar de unos criterios específicos al impeachment, que los redactores finalmente aceptaron.

Aunque las diferencias entre Israel y Estados Unidos son importantes, lo que les une es su sometimiento al imperio de la ley. Y en un Estado de Derecho digno de tal nombre ni Trump ni Netanyahu serían condenados por soborno.

© Versión original (en inglés): Gatestone Institute
© Versión en español: Revista El Medio

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Guterres insta al Líbano a desarmar a Hezbolá http://elmed.io/guterres-insta-al-libano-a-desarmar-a-hezbola/ http://elmed.io/guterres-insta-al-libano-a-desarmar-a-hezbola/#comments Wed, 27 Nov 2019 10:12:19 +0000 http://elmed.io/?p=27082 El Partido de Dios es el gobernante de facto del País del Cedro.

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El secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, ha demandado al Gobierno libanés que dé los pasos necesarios para desarmar a la organización terrorista de obediencia iraní y cumpla así con lo dispuesto en la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad, que proscribe la presencia en territorio libanés de actores armados no sujetos al control del Ejército libanés.

Guterres ha cursado dicha petición por medio de un informe de Naciones Unidas donde la organización internacional muestra su “preocupación” ante las actividades de Hezbolá luego de que la organización terrorista islamista lanzara un ataque contra posiciones de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) en el norte del Estado judío el pasado septiembre.

Hezbolá es el gobernante de facto del Líbano, dada su tremenda influencia política y económica y su abrumadora capacidad militar, sostenida por Irán.

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Gracias a Trump, los mulás se están arruinando http://elmed.io/gracias-a-trump-los-mulas-se-estan-arruinando/ http://elmed.io/gracias-a-trump-los-mulas-se-estan-arruinando/#comments Wed, 27 Nov 2019 09:31:40 +0000 http://elmed.io/?p=27079 La política de 'máxima presión' se está revelando muy acertada.

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Queda demostrado que los críticos de la política del presidente Trump hacia Irán se equivocaban: las sanciones estadounidenses están ejerciendo una considerable presión sobre los mulás y su capacidad para la financiación del terrorismo.

Antes de que el Departamento del Tesoro de EEUU estableciera sanciones secundarias contra el petróleo y el gas iraníes, Teherán exportaba más de dos millones de barriles diario de crudo. Ahora exporta menos de 200.000, lo que representa un descenso de aproximadamente el 90%.

Irán tiene las segundas mayores reservas mundiales de gas natural y las cuartas mayores confirmadas de crudo, y la venta de estos recursos representan más del 80% de sus ingresos por exportaciones. Así pues, la República Islámica tiene una gran dependencia de los ingresos petroleros para financiar su aventurismo militar en la región y a su plétora de milicias y organizaciones terroristas. Los Presupuestos de Irán para 2019 ascendían a casi 41.000 millones de dólares, y el régimen esperaba obtener unos 21.000 millones del petróleo. Esto significa que alrededor de la mitad de los ingresos estatales provienen de la exportación de petróleo.

A pesar de que el Líder Supremo iraní, ayatolá Alí Jamenei, presuma de que su país es autosuficiente, varios altos cargos han admitido recientemente que la situación económica es muy grave. Desde la ciudad de Kermán, el presidente Ruhaní reconoció por primera vez el pasado día 12 que Irán está viviendo “uno de sus años más difíciles desde la Revolución islámica de 1979”, y que se encuentra en “una situación anómala”.

Dijo más Ruhaní:

Aunque tengamos otros ingresos, lo único que puede mantener el país en marcha es el dinero del petróleo. Nunca hemos tenido tantos problemas con la venta del petróleo. Nunca hemos tenido tantos problemas para que siga navegando nuestra flota petrolera. ¿Cómo podemos gestionar los asuntos del país cuando tenemos problemas para vender nuestro petróleo?

Gracias a la política estadounidense de máxima presión, la economía de la República Islámica ha quedado bastante maltrecha. Recientemente el Fondo Monetario Internacional (FMI) volvió a ajustar sus previsiones para Irán y apuntó que se espera que en 2019 la economía iraní se contraiga un 9,5%, en vez de un 6%.

Una de las razones del sombrío panorama que presenta el FMI es la decisión de la Administración Trump de no ampliar su exención de sanciones a los ocho mayores compradores de petróleo de Irán: China, la India, Grecia, Italia, Taiwán, Japón, Turquía y Corea del Sur. En lugar de presentar crecer, en 2019 la economía iraní se verá reducida al 90% de su volumen de hace dos años, según un informe reciente del Banco Mundial. 

La moneda nacional de Irán, el rial, también sigue perdiendo valor: ha caído a mínimos históricos. Un dólar estadounidense, que equivalía a unos 35.000 riales en noviembre de 2017, se cotiza ahora a casi 110.000.

La República Islámica se afana por compensar la tremenda pérdida de ingresos. Así, hace unos días las autoridades triplicaron el precio de la gasolina. Parece una señal de desesperación para generar ingresos a fin de financiar su aventurismo militar en la región y apoyar a las organizaciones terroristas de su órbita.

La subida llevó inmediatamente a la gente a protestar contra el Gobierno. En los últimos días, varias ciudades se han convertido en escenario de protestas y manifestaciones generalizadas. Las protestas estallaron primero en Ahvaz y después se extendieron a muchas otras localidades del Juzestán, así como a la capital, Teherán, y a Kermanshah, Isfahán, Tabriz, Karaj, Shiraz, Yazd, Bushehr, Sarí, Jorramchar, Andimeshk, Dezful, Behbahan y Mahshahr.

La mengua de recursos también ha llevado al recorte de los fondos destinados a la organización terrorista palestina Hamás y a la milicia libanesa Hezbolá. Hamás se vio obligada a imponer “planes de austeridad”, mientras que Hasán Nasrala, líder de Hezbolá, ha llamado al brazo recaudador de su organización a “posibilitar la yihad con dinero y a contribuir a esta batalla en curso”.

Para probable consternación de los críticos de Washington, la política iraní del presidente Trump ha ido en la dirección correcta. Al intensificar las sanciones económicas, los mulás y sus satélites se están arruinando. Otros países deben unirse ahora a EEUU y adoptar una política de máxima presión, por mucho que prefirieran seguir haciendo negocios con Irán y debilitar a la Administración Trump: si Teherán logra desarrollar con éxito su capacidad para fabricar armas nucleares, acabará utilizándola para chantajearles con ellas.

© Versión original (en inglés): Gatestone Institute
© Versión en español: Revista El Medio

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Netanyahu tiene que demostrar que es tan grande como lo pintan sus seguidores http://elmed.io/netanyahu-tiene-que-demostrar-que-es-tan-grande-como-lo-pintan-sus-seguidores/ http://elmed.io/netanyahu-tiene-que-demostrar-que-es-tan-grande-como-lo-pintan-sus-seguidores/#comments Tue, 26 Nov 2019 11:10:30 +0000 http://elmed.io/?p=27077 Sin duda, es un trago amargo, pero nadie es indispensable en una democracia.

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Los largamente esperados procesamientos por corrupción contra el primer ministro Netanyahu no han provocado cambios sustanciales en el Likud. Los leales seguidores de Netanyahu están convencidos no sólo de su indispensabilidad, sino de la aviesa naturaleza del asalto legal contra su permanencia en el cargo. La mayoría de sus seguidores le volverían a votar en las siguientes elecciones, incluso en unas primarias que se celebraran en el propio Likud.

Gideon Saar, exministro de Netanyahu y una de las figuras más populares del Likud, ha recogido el guante y parece decidido a desafiar al procesado líder del partido. Pero son pocos los que le dan chances auténticas de derrotarlo. Los likudniks están mucho más indignados por lo que no sin razones ven como una persecución políticamente motivada que preocupados por averiguar si lo de mantenerse fieles al primer ministro es lo mejor para el partido y para el país.

En Israel, así como en EEUU –donde la mayoría sostiene que el intento demócrata de someter a impeachment a Trump tiene que ver sobre todo con el sectarismo político–, pocos siguen los procesamientos contra Netanyahu con neutralidad. Mientras esto sea así, Netanyahu puede contar con conservar el liderazgo del Likud.

Por ahora, la atención del Likud y de los demás miembros del campo nacional [bloque nacionalista y religioso que apoya a Netanyahu] está puesta en lo que consideran una persecución judicial injusta que ha secuestrado el proceso político en los últimos dos años. Si las autoridades competentes hubieran puesto pie en pared aduciendo que los cargos eran de naturaleza amorfa y no tenían la entidad necesaria para desalojar de su cargo a un líder electo, el resultado de las dos elecciones celebradas este año habría sido distinto. De hecho, sin la espada del procesamiento pendiendo sobre la cabeza de Netanyahu, es probable que el partido Azul y Blanco no hubiera obtenido tan buenos resultados, y que Avigdor Lieberman no se hubiera atrevido a tratar de deponer al primer ministro.

Pero, con independencia de que Netanyahu esté siendo víctima de una injusticia, sus partidarios tienen que comprender que hay algo más importante. Les guste o no, las probabilidades de que Netanyahu gane otras elecciones antes de que sea exonerado por los tribunales son virtualmente inexistentes. Si no consiguió una mayoría clara para su coalición de partidos derechistas y religiosos antes de los procesamientos, ¿quién puede creer que la conseguiría ahora que sí ha sido encausado? 

Si bien Netanyahu no está obligado legalmente a renunciar, la idea de que aun el más grande de los primeros ministros pueda gobernar como es debido o por mucho tiempo bajo tales circunstancias es absurda.

Así que lo que él y quienes comparten los principios en los que ha basado su excepcionalmente exitosa carrera política deben preguntarse no es cómo ha de sobrevivir contra todo pronóstico, o cómo cobrarse venganza de sus enemigos, sino cómo confeccionar un nuevo Gobierno comandado por el Likud y cómo asegurar la derrota de aquellos de sus rivales que –pese a los intentos de Azul y Blanco de presentarse como un partido muy similar a Netanyahu en lo relacionado con la seguridad– siguen bajo el influjo de las desacreditadas ideas de la izquierda sobre el proceso de paz y la economía.

Salvo que medien un milagro electoral y una generosa decisión de los tribunales sobre su derecho a armar una coalición, Netanyahu no tiene chances de liderar el próximo Gobierno tras las próximas elecciones. Y cuanto más dure el fiasco actual, más probable es que los votantes se harten de su comportamiento y que el gran beneficiario sea el Azul y Blanco de Benny Gantz.

Si Netanyahu hubiera tutelado a un sucesor creíble, en vez de empeñarse en sacar del partido a personas talentosas que con el tiempo podrían haberle sustituido, las perspectivas de un Likud no comandado por él no serían tan desalentadoras. Sea como fuere, lo mejor que puede hacer el Likud por conservar el poder sería elegir a un nuevo líder que pueda unir en torno a sí a los partidos derechistas y religiosos que han trabajado con Netanyahu. No hay razones para que la derecha no siga imperando en Israel, porque sus posiciones en materia de seguridad siguen siendo las hegemónicas.

Netanyahu lleva décadas defendiendo el realismo y la seguridad nacional contra el pensamiento mágico de quienes siguen enganchados a los mitos sobre las [buenas] intenciones palestinas y a las obsoletas recetas económicas socialistas. Pero si se trata de que sus ideas sigan triunfando, el primer ministro tendrá que apartarse a un lado.

Uno puede pensar que las cosas son así sin dejar de creer que Netanyahu ha sido injustamente tratado y querer que su buen nombre quede limpio cuanto antes ante los tribunales. Pero lo mejor que podrían hacer quienes comparten su credo sería urgirle a dar un paso al lado mientras sus correligionarios eligen a sus posibles sucesores.

Es un trago amargo para él y para quienes lo admiran, pero nadie es indispensable en una democracia. Ahora, el deber de Netanyahu no es mantenerse en el poder, sino bregar por que su partido gane las próximas elecciones con caras nuevas que no carguen el pesado fardo de su muy extenso mandato. Si Netanyahu no puede situarse por encima de su propia lucha por el poder para comprenderlo, quizá no es tan grande como tantos de sus seguidores piensan.

© Versión original (en inglés): JNS
© Versión en español: Revista El Medio

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Una tragedia para la democracia en EEUU y en Israel http://elmed.io/una-tragedia-para-la-democracia-en-eeuu-y-en-israel/ http://elmed.io/una-tragedia-para-la-democracia-en-eeuu-y-en-israel/#comments Fri, 22 Nov 2019 10:24:44 +0000 http://elmed.io/?p=27074 La persecución de que están siendo objeto Netanyahu y Trump es harto peligrosa.

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Tras años de rumores, filtraciones, debates acremente politizados y demoras interminables, el fiscal general de Israel, Avishai Mandelbilt, anunció finalmente que el primer ministro Netanyahu será procesado por soborno, fraude y abuso de confianza en tres causas separadas, lo que ha desatado el entusiasmo entre sus detractores e indignado a sus seguidores, por lo que consideran un proceso injusto. Por otro lado, todo el mundo anda preguntándose cómo impactará este panorama inaudito en el confuso marasmo político que tiene a Israel sin Gobierno y al borde de su tercer proceso electoral en un solo año.

El procesamiento de Netanyahu está generando previsibles comparaciones con los afanes demócratas para destituir al gran aliado de Netanyahu, el presidente Trump.

En ambos casos, un líder conservador está siendo sometido a persecución por corrupción, según sus enemigos, o en un intento apenas velado de criminalizar el disenso político, según sus partidarios. Los detractores de Netanyahu y de Trump creen que las investigaciones sobre sus maneras de proceder son una defensa de la ética, de la fiscalización a los gobernantes y de la propia democracia. Sus seguidores, en cambio, consideran que las acusaciones que se les hacen, aun cuando fueran ciertas, son indignas de investigación judicial por insustanciales y, en cualquier caso, meras excusas para desacreditar a políticos a los que sus rivales no pueden derrotar en las urnas. 

Los demócratas dicen que están pidiendo responsabilidades a Trump por la a su juicio ilegal manera de proceder del presidente en el caso ucraniano, mientras que los republicanos rebajan la gravedad de las acusaciones y creen que el único objetivo de la investigación para el impeachment es perjudicar a un presidente despreciado por sus rivales en vísperas de la campaña para su reelección. El desacuerdo, pues, no atañe sólo a los hechos; es total.

Lo mismo cabe decir de lo que sucede con Netanyahu. Sus enemigos dicen que las tres causas que se siguen contra el primer ministro son gravísimas. Pero cuesta verlas como otra cosa que acusaciones muy menores que no tendrán recorrido en los tribunales. En una de ellas, Netanyahu es acusado de aceptar costosos regalos –champán, puros–… sin que haya un quid pro quo evidente. Los otros dos tienen que ver con los intentos de Netanyahu por camelar a peces gordos de la comunicación para conseguir una mejor cobertura mediática; en ninguno de ellos tuvo el menor éxito. Pero es que además no hay ninguna ley que prohíba intentar conseguir algo así. 

Nadie debería estar por encima de la ley, y es difícil demostrar que quienes están detrás de la persecución judicial contra Netanyahu tienen motivaciones políticas. Sea como fuere, su procesamiento parece efectivamente una maniobra. Parece más un pretexto para perseguir a un individuo determinado que el fruto de una investigación judicial. En cuanto al alborozo de la izquierda israelí, tiene menos que ver con la defensa del imperio de la ley que ver a la Justicia acabar con un enemigo político al que ella jamás ha podido doblegar. Sea como fuere, resulta innegable que todo esto ha perjudicado a Netanyahu en las dos elecciones legislativas celebradas este año.

La diferencia entre los casos de Netanyahu y Trump es que en la Knéset no hay un comité que esté tratando de dar caza al primer ministro. El triple procesamiento ha sido responsabilidad de la Policía y el Ministerio Público israelíes, que han obtenido el respaldo de un fiscal general que en tiempos fue asistente del propio Netanyahu.

Aunque la ley no exige la renuncia de Netanyahu, es francamente difícil imaginar que nadie pueda gobernar teniendo causas judiciales abiertas. Netanyahu no puede esperar una sustanciación de las causas lo suficientemente rápida como para evitarse la destitución por parte del Likud o el rechazo de los electores en la próxima primavera. Así las cosas, lo más probable es que su largo mandato llegue a su fin en estos meses.

En cambio, lo de Trump está siendo esencialmente un proceso político. Una magra mayoría puede someterle a impeachment en la Cámara de Representantes, pero sólo una súper mayoría en el Senado (67 votos) conseguiría removerle efectivamente de la Presidencia. Y dado que no hay acuerdo bipartidista sobre la gravedad o incluso el carácter delictivo de su conducta, Trump seguirá en el cargo con independencia de lo que suceda en la Cámara de Representantes.

La naturaleza de las acusaciones también es muy distinta. A Trump se le acusa de abuso de poder y de mala praxis en el ejercicio de sus funciones. A Netanyahu se le persigue por su conducta particular (aceptar regalos) y por maniobrar políticamente para persuadir a los medios de que le hicieran una cobertura favorable.

En términos objetivos, y aun cuando uno rechace las acusaciones demócratas, los supuestos delitos de Trump serían más graves que los de Netanyahu. Pero el horizonte judicial y político del líder israelí es más oscuro que el del presidente norteamericano, que casi seguro concluirá su mandato y aún tiene razonables chances de ser reelegido, pese al clamor en su contra.

En la raíz de ambas controversias se encuentra una querella política que no se sustanciará con argumentos legales a favor o en contra de uno u otro. Con independencia de lo que se piense sobre ambos, tanto el impeachment contra Trump como el procesamiento de Netanyahu parecen más intentos de influir o someter el proceso político por medios judiciales que un afán por impartir justicia. De hecho, es difícil, por no decir imposible, sostener que los intentos de deponer a ambos no tienen nada que ver con la política.

En la medida en que no consigan un consenso que trascienda las demarcaciones políticas, en vez de aglutinar sólo a quienes anhelan sacarse de encima como sea a Netanyahu y a Trump, ambos desarrollos estarán contaminados y serán vistos como maniobras políticas. Sea cual sea el resultado del impeachment contra Trump y del procesamiento múltiple de Netanyahu, los bandos en liza no aceptarán un resultado que no les satisfaga. Y esto es una tragedia para la democracia tanto en EEUU como en Israel.

© Versión original (en inglés): JNS
© Versión en español: Revista El Medio

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