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'Exilio': una historia prescindible

Por Eli Cohen 

Detalle de la portada de 'Exilio', de Richard North Patterson.
"La equidistancia se agradece cuando hablamos de un conflicto en el que es pecado no lucir, siquiera subliminalmente, alguna 'sensibilidad'. El problema es que, para conseguirlo, Patterson se desmadra. Guste o no a los pretendidamente equidistantes, Israel es un Estado democrático que mantiene a raya a los radicales, mientras que en el bando palestino han sido los radicales los que han regentado tradicionalmente el Gobierno"

Se ha escrito mucha literatura de ficción sobre el conflicto entre israelíes y palestinos. Los aficionados a las novelas históricas aman Oh Jerusalén o Éxodo; los incondicionales del espionaje tienen El Triple o La chica del tambor; ésta que nos ocupa, Exilio, tiene un poco de todas las anteriores, pero es mucho menos arriesgada: en su forzada equidistancia está su mayor carencia. Y eso que nos animamos a leerla porque Bill Clinton dice de ella:

Es una novela sorprendente, con una trama que no sólo resulta entretenida sino que proporciona un punto de vista sobre el sangrante conflicto entre israelíes y palestinos.

En un conflicto tan mediatizado y politizado, a cualquiera que se le ocurra juntar un par de letras sobre el asunto se le exige posicionamiento. Tanto en círculos proisraelíes como propalestinos, el carné se pide a la entrada. El autor de Exilio, Richard North Patterson, es miembro del board del lobby J Street, que intenta de servir de contrapeso al todopoderoso Aipac en Washington; en consecuencia, y tristemente, su militancia política ya nos dibuja las líneas generales de su novela antes de abrirla. Porque J-Street, que se ha calificado como pro Israel y pro paz, y su ideario, en principio, lo firmaríamos muchos con los ojos cerrados, ha cometido grandes despropósitos contra sus supuestos objetivos. Recordemos a este respecto las palabras del nada sospechoso Gary Ackerman:

América necesita realmente una organización inteligente, creíble y políticamente activa a favor de la paz y a favor de Israel. Desafortunadamente, J Street no lo es.

El protagonista, David Wolfe, es un alter ego de Patterson. Abogado judío y americano y poco implicado en el conflicto o en el activismo político en favor de Israel (su mujer, en cambio, sí es una ferviente sionista), tras una brillante y meteórica carrera profesional decide dar el salto a la política y presentarse al Congreso. (Es interesante la descripción que se hace del mundillo de la alta política en los EEUU). Sin embargo, las cosas se le tuercen. Después de una cena que organiza su esposa y que tiene como invitado especial al primer ministro israelí, éste es asesinado por dos kamikazes palestinos y Wolfe recibe una llamada de Hana, una mujer palestina con la que mantuvo un romance universitario. Es demasiado recurrente la historia de amor entre una palestina y un judío americano –v., por ejemplo, la prescindible película Amreeka del director palestino y americano Cherien Dabis–; en cambio no suele haber historias de amor con israelíes de por medio, como si no se concibiera que éstos puedieran enamoren de sus enemigos.

Tras el atentado y la llamada de Hana, Wolfe viaja a Israel y Palestina y hace las veces de investigador –nada de un Philip Marlowe o un Mike Hammer: como mucho, muchísimo, Robert Langdon– e intenta salvar la inocencia de Hana, que parece implicada en el asesinato del premier israelí. También intenta ser, siempre, lejano y aséptico con las personas con las que se reúne, sean víctimas israelíes, miembros de Al Fatah o colonos radicales. Esta equidistancia, es cierto, se agradece cuando hablamos de un conflicto en el que es pecado no lucir, siquiera subliminalmente, alguna sensibilidad. El problema es que, para conseguirlo, Patterson se desmadra. Para garantizar su independencia y criticar con dureza a ambos bandos se inventa un grupo de colonos radicales que quiere poner bombas en colegios árabes. Guste o no a los pretendidamente equidistantes, Israel es un Estado democrático que mantiene a raya a los radicales, mientras que en el bando palestino han sido los radicales los que han regentado tradicionalmente el Gobierno. Equiparar a las partes en maldad, o en sufrimiento, no se ajusta a la realidad, y además no es justo.

Tras un largo periplo que lleva a Wolfe a colinas perdidas de Samaria y poblados palestinos semiclandestinos, la ansiada equidistancia del autor nos deja sensaciones encontradas. Acierta Patterson en retratar a los nietos de supervivientes del Holocausto presos de un legado del que no pueden escapar y que les perfila su destino. “Lo más importante que me pasaría en la vida había ocurrido antes de que yo naciera”, le dice una de ellas a Wolfe. Pero cae en el juego favorito de muchos, Spielberg en Munich sin ir más lejos, de buscar razones que, más que intentar entender el razonamiento de los terroristas suicidas, intenta justificarlos. “En las vidas de los terroristas suicidas palestinos a menudo se encuentra alguna humillación, a ellos o a algún miembro de su familia, que atribuyen a los israelíes”. Imaginemos a alguien escribiendo algo así sobre el Estado Islámico tras las continuas matanzas de cristianos que están perpetrando o tras la decapitación de James Foley.

Patterson es una suerte de John Grisham, procedente como él del mundo del Derecho, que se pasa a la novela y utiliza sus libros de poltrona para aventar sus inquietudes políticas y sociales. Nada que objetar al respecto. Bueno, sí: al terminar su novela nos quedamos como al principio. Wolfe no ha conseguido nada. 

De las alabanzas de Clinton, en lo único que acierta el antiguo inquilino de la Casa Blanca es en que es entretenida. Por lo demás, ni es sorprendente ni aporta un punto de vista distinto sobre el conflicto. Una historia prescindible.

Richard North Patterson, Exilio, Roca (Barcelona, España), 2014.