Contextos

Estados Unidos ha fracasado en el Líbano

Por Clifford D. May 

líbano hezbolá
"A todos los efectos, el Líbano es ahora una posesión imperial de Teherán. Eso es un fracaso. Deberíamos reconocerlo y considerar políticas alternativas. Mientras tanto, no tiene sentido seguir ayudando y cebando a los gobernantes de Irán y contribuyendo la penosa decadencia del País del Cedro"

El Líbano fue una vez un noble experimento. Cuando terminó la era del imperialismo europeo, la mayoría de los países árabes y musulmanes se convirtieron en dictaduras en las que las minorías étnicas y religiosas -cristianos, judíos, kurdos, drusos, baháis, yazidíes, etc.- no gozaban de derechos ni libertades. Los libaneses intentaron encontrar un camino mejor, un modus vivendi entre sus pueblos.

En 1943, un acuerdo no escrito conocido como Pacto Nacional estableció el Líbano como un Estado multiconfesional. El presidente debía ser un cristiano maronita, el primer ministro un suní, el presidente del Parlamento un chiita y el vicepresidente un greco-ortodoxo.

Podríamos considerarlo un primer modelo de lo que ahora se llama «diversidad, equidad e inclusión», un intento de crear una forma de gobierno que, podríamos decir, se pareciera al Líbano.

El experimento fracasó. Las tensiones entre las distintas comunidades se agravaron y desembocaron en una brutal guerra civil en 1975. Luego vino la ocupación siria, de 1976 a 2005, y una guerra contra Israel que se prolongó de 1982 a 2000.

Aun así, este Estado experimental perduró, aspirando a convertirse, en palabras del difunto y gran erudito de origen libanés Fouad Ajami, en «una tierra de ilustración y comercio». Su capital, Beirut, fue aclamada como el París de Oriente Medio, una ciudad donde periodistas y espías bebían buen vino, disfrutaban de la buena cocina, buscaban el romance y conspiraban en múltiples lenguas.

Luego, los revolucionarios que tomaron el poder en Irán en 1979 proporcionaron fondos y entrenamiento a una milicia chiita que se autodenominó Hezbolá, «el Partido de Dios». En 1983, Hezbolá perpetró un ataque suicida contra los cuarteles que albergaban a las fuerzas de paz estadounidenses y francesas, matando a más de 300 personas.

En la actualidad, Hezbolá es el grupo terrorista mejor armado del mundo. En 2006, el clérigo que lo lidera, Hasán Nasrala, obsequió al Líbano con «el regalo de dos soldados israelíes secuestrados en una frontera internacional», como escribió entonces el profesor Ajami. «Nasrala nunca dejó que el Gobierno libanés se enterara de su aventura», que condujo a otra guerra con Israel.

Por el daño que ese conflicto infligió al Líbano, Hezbolá no pagó ningún precio. Al contrario, se hizo cada vez más con el control del Estado.

No es casualidad que el Líbano se encuentre hoy en caída libre, con una deuda muy elevada, una moneda muy débil y sin capacidad para proporcionar a sus ciudadanos servicios básicos como la electricidad y la recogida de basuras.

Estados Unidos ha intentado ayudar. Durante los últimos 15 años, la estrategia de las Administraciones, tanto republicanas como demócratas, ha consistido en financiar, entrenar y equipar a las Fuerzas Armadas Libanesas (FAL) para que pudieran servir de “contrapeso institucional a Hezbolá», según declaró un alto funcionario del Departamento de Estado hace un año.

La estrategia fracasó. Esta es la cruda conclusión de un nuevo informe de David Kilcullen, teórico militar internacionalmente reconocido, asesor político (entre otros, del general David Petraeus y de la secretaria de Estado Condoleezza Rice), autor y diplomático, actualmente profesor de la Universidad Estatal de Arizona y director general y presidente de Cordillera Applications Group; además, forma parte del Consejo Asesor del Centro sobre Poder Militar y Político de la Fundación para la Defensa de las Democracias.

Basándose en un extenso análisis, Kilcullen concluye que los 2.500 millones de dólares en ayuda que Estados Unidos ha proporcionado a las FAL desde 2006 no han satisfecho de ninguna manera los objetivos del Departamento de Estado: «Reforzar la soberanía del Líbano, asegurar sus fronteras, contrarrestar las amenazas internas e interrumpir la facilitación del terrorismo».

Kilcullen explica:

El argumento para reforzar las FAL se basa en parte en la suposición de que compiten con Hezbolá por el prestigio y la influencia. En realidad, ambos están unidos en los niveles más altos, porque el influjo de Hezbolá sobre las autoridades civiles del Líbano es muy amplio.

Y añade:

El grupo terrorista tiene un poder de veto efectivo sobre la elección del primer ministro y las acciones del Gabinete libanés. La coalición de Hezbolá tiene mayoría en el Parlamento, y sus aliados ejercen de presidente y jefe de la mayoría en el mismo.

Por si fuera poco, las FAL «han mostrado una clara pauta de encubrimiento de las infiltraciones de Hezbolá, obstaculizando los esfuerzos de la ONU para vigilar la frontera sur del Líbano y bloqueando» a la Fuerza Interina de la ONU en el Líbano (Unifil) para que ni siquiera investigue las actividades de Hezbolá que violan el Derecho Internacional o ponen en peligro al Estado libanés.

Entre esas actividades se cuentan la excavación de túneles desde el Líbano hacia Israel con el fin de infiltrar terroristas u otros combatientes, así como el emplazamiento de más de 130.000 misiles, incluidos 500 con sistemas de guiado de precisión capaces de sobrepasar el sistema antimisiles israelí Cúpula de Hierro.

Hezbolá instala esos misiles dentro, debajo o cerca de casas, escuelas, mezquitas y hospitales, confiando en que la comunidad internacional culpe a Israel de la carnicería resultante.

«En el análisis final», escribe el profesor Kilcullen, «la teoría en la que se basó el aumento de la ayuda estadounidense -fortalecer un Estado libanés no sectario para competir en influencia con Hezbolá- ya no es válida, si es que alguna vez lo fue». Así que aconseja a la Administración Biden que «revise el marco de apoyo estadounidense a las FAL, que una Administración diferente concibió en circunstancias radicalmente distintas».

Sus recomendaciones específicas incluyen que se condicione la ayuda futura a una supervisión más rigurosa y escéptica de las relaciones de las FAL con Hezbolá y las organizaciones vinculadas a ella, y que se mantengan o incrementen las «sanciones al patrocinio iraní de Hezbolá».

Es importante destacar que Kilcullen no está a favor de una ruptura total. Aunque recomienda una revisión de las políticas de ayuda, ve cierta utilidad en mantener «el compromiso militar de Estados Unidos con las Fuerzas Armadas del Líbano», a fin de tener «una visión de la toma de decisiones libanesa y acceso a líderes influyentes» del país.

Pero el enfoque actual de Estados Unidos -aparentemente impulsado por la inercia y la reticencia a admitir que los contribuyentes estadounidenses no han recibido ningún beneficio de su inversión- resulta ser contraproducente.

A todos los efectos, el Líbano es ahora una posesión imperial de Teherán. Eso es un fracaso. Deberíamos reconocerlo y considerar políticas alternativas. Mientras tanto, no tiene sentido seguir ayudando y cebando a los gobernantes de Irán y contribuyendo la penosa decadencia del País del Cedro.

© Versión original (en inglés): FDD
© Versión en español: Revista El Medio