Contextos

Estado Islámico: se están matando entre ellos

Por Mario Noya 

Estado Islámico
"Si el Estado Islámico del califa Bagdadi que acometía campañas de esclavización y exterminio contra yazidíes, limpiaba sus dominios de cristianos, quemaba vivos o decapitaba a sus prisioneros, arrojaba homosexuales al vacío, dinamitaba conjuntos arquitectónicos ancestrales; si ese Estado Islámico que hemos conocido y al que hemos visto perpetrar matanzas sobrecogedoras en el corazón de Europa era blando, ¿cómo sería el que podría depararnos un futuro no sabemos si inmediato?"

Eso dicen Vera Mironova et at. en la ineludible Foreign Affairs; y que “la sangrienta división en el ISIS” no es de hoy, hora de las peores derrotas de la organización terrorista, sino que arranca de cuando estaba en su mejor momento. No se trata por lo tanto de un fenómeno de ratas que abandonan el barco, sino de unos fanáticos que reclaman a unos fanáticos que cumplan con sus promesas y gobiernen como fanáticos, sin contemplaciones ni transigencias.

Al sedicente califato del califa Bagdadi acudieron yihadistas de todo el mundo para vivir sometidos a la férrea dictadura de la sharia, pero en Mosul como en la misma Raqa algunos se encontraron un panorama bien distinto, a sus ojos signado por la lenidad y hasta por la más imperdonable ignorancia. “¿Cómo iba a ser eso un califato si la población local no sabía siquiera cómo rezar?”, les dijo el año pasado un excombatiente del ISIS procedente de Asia Central a Mironova, Sergatskova y Alhamad, autores del artículo de FA que vengo comentando.

Para ese excombatiente y los de su cuerda, la referida ignorancia era literalmente imperdonable. Un pecado penado con la excomunión del ignorante y del que consentía que lo fuera. Es decir, de los propios líderes del ISIS. Empezando por el mismísimo Abubaker al Bagdadi.

Muchos de estos disidentes fanáticos tenían por referente a Ahmad al Hazimi, autor de un implacable En el islam, la ignorancia no es excusa que llamaba a las excomuniones en cadena de los ignaros y de los que no los ilustraron.

Los takfiris de los que hablamos trataron de cambiar las cosas copando la Hisbah, la policía religiosa del califato. Pero lo que ellos hacían se deshacía después en otras instancias, incluidas las judiciales. “Luchamos y morimos por vivir en el Estado Islámico y resulta que los locales no sólo no se preocupaban por la sharia sino que no querían que los molestáramos con eso”, se lamentó uno de ellos ante Mironova y compañía. Pero, lejos de resignarse, decidieron tomarse la justicia por su mano y dar palizas o directamente asesinar a pecadores a los que ya no llevaban a comisaría.

Los fanáticos que consideran tibia a la organización más fanática del planeta acabaron por poner en cuestión hasta la tétricamente célebre bandera negra del califato: con que lleve la shahada basta, sentenciaban; ¿a qué viene incluir el sello de Mahoma?, ¿acaso somos una banda de idólatras?

En los cuarteles generales del ISIS dijeron basta y se lanzaron a la caza de los puritanos, cuyo rigor acabó por volvérseles en contra. Los intransigentes se delataban rezando siete y no cinco veces al día, o ayunando no una sino dos veces por semana. En la cárcel, a los sospechosos de takfirismo se les hacía pasar el test del pollo: como es un animal que no toleran los intolerantes más radicales, se lo servían en la mera primera cena y atendían a sus reacciones.

Los takfiris dieron también en volcarse en la disuasión, en desalentar a semejantes que tuvieran la intención de incorporarse al Estado Islámico. “Los Gobiernos no entienden que nosotros hemos impedido más afiliaciones al ISIS que ellos”, se ha llegado a ¿ufanar? uno de ellos ante Mironova, Sergatskova y Alhamad.

En plena espiral autodestructiva, los fanáticos fanáticos de Hazimi acabaron siendo excomulgados –por supuesto junto con su jeque– por otros fanáticos fanáticos del jeque Hashimi, que también acabó repudiado –por supuesto junto con sus fieles– por haber comparecido ante un tribunal egipcio, dado que un auténtico takfiri sólo debe obediencia –y comparecencia– a Alá y a sus tribunales de la sharia.

He aquí el gran punto débil de este sectarismo psicopático, apuntan Mironova, Sergatskova y Alhamad. Una permanente agitación purificadora que impide la consolidación de un Estado… islámico. Pero la historia de los takfiris del ISIS habla también de una formidable resiliencia y carga de razones a quienes sostienen que la guerra contra el islamismo va a ser muy, muy larga; y deja en el aire una pregunta tremebunda: si el Estado Islámico del califa Bagdadi que acometía campañas de esclavización y exterminio contra yazidíes, limpiaba sus dominios de cristianos, quemaba vivos o decapitaba a sus prisioneros, arrojaba homosexuales al vacío, dinamitaba conjuntos arquitectónicos ancestrales; si ese Estado Islámico que hemos conocido y al que hemos visto perpetrar matanzas sobrecogedoras en el corazón de Europa era blando, ¿cómo sería el que podría depararnos un futuro no sabemos si inmediato?

(PS: “El ISIS decapita a 15 de sus propios combatientes en Afganistán”).