Contextos

España: el conflicto de Oriente Medio en los programas electorales

Por Eli Cohen 

Banderas de Palestina e Israel.
"No sabemos qué pasará el domingo; mucho menos qué Gobierno saldrá de las urnas, si es que sale alguno, ni quién ocuparía el Ministerio de Exteriores. De ser Unidos Podemos, los ciudadanos españoles podríamos ser testigos de cómo España promueve sanciones económicas contra Israel mientras refuerza sus lazos con regímenes abyectos, o, nunca se sabe, igual imitan a su socio natural Alexis Tsipras, tiran por el camino de la Realpolitik y firman una alianza estratégica con Israel"

Como es lógico, los mensajes de los partidos políticos durante esta campaña reboot han girado en torno a los asuntos que más preocupan al electorado: economía, paro, corrupción, desigualdad, etc. En consecuencia, la política exterior ha quedado relegada a un segundo plano; solo ha lucido con Venezuela, con el TTIP o con las exigencias fiscales de la Unión Europea. Concretamente, el conflicto entre israelíes y palestinos, en el que España, desde la Conferencia de Paz de Madrid de 1991, siempre ha buscado desempeñar un papel mediador y relevante, apenas ha ocupado unas líneas en los programas de algunos partidos –otros ni lo mencionan.

Durante la pasada década especialmente, el conflicto de Oriente Medio fue un debate más en la arena política. Por ejemplo, durante la segunda guerra del Líbano, mientras un 15% de la población israelí vivía en los refugios debido al lanzamiento constante de katiushas por parte de Hezbolá, vimos al entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ataviado con una kufiya palestina; al número 2 del PSOE, José Blanco, afirmando que las víctimas civiles en el Líbano eran objetivo buscado de Israel y al histórico activista LGBT Pedro Zerolo liderando una manifestación contra Israel en la que había banderas de Hezbolá.

Ciertamente, el conflicto entre israelíes y palestinos es un asunto que levanta pasiones en España. Sólo tenemos que acordarnos de la polémica suscitada el pasado verano por el veto a Matisyahu en el festival Rototom. Según la encuesta llevada a cabo por Casa Sefarad en el año 2010, también sobre este tema los españoles estamos polarizados: “El 56,8% opina que la paz será posible cuando Israel deje de atacar a los palestinos y un porcentaje similar, el 45%, que lo será cuando los palestinos dejen de atacar a Israel.” El mismo estudio revelaba que un 34,6% de españoles, más de un tercio, tiene una opinión desfavorable de los judíos.

No obstante, los partidos han pasado de puntillas sobre el tema.

El PP utiliza en su programa una narrativa de la factoría Margallo. Las líneas maestras del papel de España en Oriente Medio y en el norte de África versarán sobre el desarrollo de “una interlocución preferente con los países árabes”. La única mención al conflicto entre israelíes y palestinos es tibia: “Contribuiremos con nuestros socios de la UE a impulsar el proceso de paz en Oriente Medio”.

El PSOE se decanta por el lado palestino: “Reconocer el Estado Palestino. Impulsaremos este reconocimiento también por parte del resto de nuestros socios europeos”. Ya a finales de 2014 el Congreso aprobó, con amplia mayoría, el reconocimiento del Estado palestino, a iniciativa del PSOE. El texto en cuestión no recogía ninguna condena al terrorismo ni ninguna recomendación a la Autoridad Palestina para que hiciera sus deberes en materia de democracia, convivencia y corrupción, por ello UPyD fue el único partido que no estampó su firma en el texto final.

Ciudadanos ni siquiera recoge las palabras Oriente Medio en su propuesta exterior, aunque sí se muestra contundente en la lucha contra el yihadismo. Ahora bien, Rivera fue el único candidato que metió a Israel en campaña, cuando dijo que quería una España que tomara el ejemplo de Alemania y del Estado judío como potencias tecnológicas mundiales que fomentan la innovación. Los de siempre tuvieron problemas de acidez al leer las declaraciones del líder naranja.

Es Unidos Podemos la formación que más profundiza en sus propuestas sobre el conflicto entre israelíes y palestinos. Así, promete promover el “reconocimiento del Estado palestino” y, “en el caso de que se produzcan violaciones de derechos humanos”, impulsará la “imposición de sanciones frente a las políticas de ocupación, segregación, discriminación y castigos colectivos por parte del Estado de Israel hacia las poblaciones palestinas”.

Si las violaciones a los derechos humanos las lleva a cabo Hamás, como el lanzamiento de cohetes contra ciudades israelíes, las ejecuciones sumarias públicas de colaboracionistas o el reclutamiento y alistamiento de niños para emplearlos en conflictos armados, suponemos que la cancillería española no efectuará acción alguna. Qué decir si las mismas violaciones las cometen otros países como Irán, que cuelga a homosexuales –entre 4.000 y 6.000 desde 1979–. Ya en las elecciones europeas de 2014 Podemos abogaba por romper relaciones comerciales con países que violen los derechos humanos, “como es el caso de Israel”, mientras propugnaban extenderlas con el Magreb –que, como todo el mundo sabe, es un oasis de democracia y pluralismo.

Ninguno de los partidos mayoritarios, que mostraron su repulsa ante los atentados de París, Bruselas y Orlando, consideran los atentados indiscriminados en Tel Aviv o Jerusalén dignos de condena. Tampoco la actitud intransigente y alejada de toda convivencia de la dirigencia palestina.

Siguiendo la tradición de los últimos años, los partidos de izquierdas apoyan abiertamente el reconocimiento del Estado palestino. La causa palestina es una de los clásicos de la izquierda europea del siglo XXI, la de fondo de armario, la que nunca falla. Sin embargo, la solución de los dos Estados, incluso para los que creemos en ella, como el líder de la oposición israelí Buji Herzog, el profesor Ian Lustick o pacifistas como Yosi Beilin, no pasa por su mejor momento y son necesarios enfoques distintos y más innovadores para construir la paz. Pero el dogma no entiende de razones y domina el mantra de reconocer al Estado palestino, a pesar de que, a falta de una Palestina, hay dos, y enfrentadas: la de Hamás en Gaza y la de Al Fatah en Cisjordania; la primera, gobernada por fanáticos que contemplan como única solución al conflicto la desaparición de Israel, y la otra, gobernada por corruptos que no quieren abandonar sus mitos de lucha y sangre y dedicarse a la aburrida y laboriosa tarea de administrar un país.

No sabemos qué pasará el domingo; mucho menos qué Gobierno saldrá de las urnas, si es que sale alguno, ni quién ocuparía el Ministerio de Exteriores. De ser Unidos Podemos, los ciudadanos españoles podríamos ser testigos de cómo España promueve sanciones económicas contra Israel mientras refuerza sus lazos con regímenes abyectos, o, nunca se sabe, igual imitan a su socio natural Alexis Tsipras, tiran por el camino de la Realpolitik y firman una alianza estratégica con Israel.

En cualquier caso, el conflicto ha sido un tema testimonial en los programas electorales de los partidos; y, a tenor las encuestas, quizá es mejor así.