Revista de Prensa

Erdogan, acorralado

 

Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía.

La operación anticorrupción llevada a cabo por la Justicia turca que ha llevado a la detención de personalidades relevantes del régimen, incluidos los hijos de dos ministros, supone el mayor problema político para el primer ministro. A pesar de que el Gobierno acusa a “poderes extranjeros” de haber urdido esta maniobra, algunos analistas consideran que el enfrentamiento de Erdogan con el teólogo Fetulá Gülen podría estar en el origen de esta crisis. 

El caso amenaza con perjudicar gravemente al gobernante Partido Justicia y Desarrollo (AKP) de Recep Tayyip Erdogan, apenas tres meses antes de las elecciones locales. Tanto, que Erdogan no ha dudado en calificar el suceso de “sucia operación” contra su Gobierno con “conexiones internacionales y locales”. Pero el primer ministro turco ha ido aún más lejos, llegando a acusar a “embajadores extranjeros” de estar implicados en dicha conspiración. “En los últimos días, de forma muy extraña, algunos embajadores se han visto envueltos en acciones provocativas. Yo les digo que se metan en sus asuntos”, dijo Erdogan. “No tenemos que mantenerlos en nuestro país”, afirmó.

Estas amenazas veladas, aparentemente, estaban dirigidas al embajador de EEUU en Turquía, Francis Ricciardone. Según la prensa turca progubernamental, mantuvo una reunión con diplomáticos europeos en la que el estadounidense habría mencionado el malestar de su país con el director del Banco Popular, Suleyman Aslan, debido a la presunta cooperación de esta entidad bancaria con el régimen de Irán, a pesar de las sanciones.

Algunos analistas, sin embargo, consideran que el factor clave del escándalo es el enfrentamiento entre los partidarios de Erdogan y los seguidores del teólogo Fethullah Gülen, líder de una organización religiosa y educativa dedicada a la búsqueda de influencia política. Numerosos mandos de la policía y responsables de la judicatura son miembros del movimiento Gülen, que hasta 2011 fue aliado del gobierno de Erdogan.

En este artículo, publicado por el Instituto de Estudios para la Seguridad Nacional, se ofrece una visión muy precisa del estado de las relaciones entre Arabia Saudí e Israel, fuertemente marcadas por la cuestión palestina y el enemigo común de Riad y Jerusalén, Irán.

Arabia Saudí y los Estados del Golfo reconocen el poder militar de Israel, así como su estrecha relación con los Estados Unidos (y su influencia en el Congreso), y valoran el mantenimiento de un cierto nivel de coordinación con el Estado judío. Sin embargo, la “normalización de relaciones” –frase favorita de los saudíes– no será posible, según ellos, hasta que no haya un avance significativo en el proceso de paz con los palestinos. En todo caso, si Israel y los palestinos llegan a un acuerdo político, total o parcial, no está nada claro que inevitablemente dé lugar a una ‘primavera política’ entre Israel y Arabia Saudí y otros estados del Golfo.

(…) este tipo de relación [la que mantienen Israel y Arabia Saudí] es importante, sobre todo porque se trata de (…) Estados que no se reconocen oficialmente el uno al otro. El diálogo ayuda a mantener la estabilidad de la región, y sin duda no perjudicará la obtención de un acuerdo político. Sin embargo, es muy dudoso que Arabia Saudita, que pretende liderar a los Estados del Golfo, normalice de forma inmediata las relaciones y pasen de encubiertas a abiertas, algo que podría perjudicarlos. El verdadero progreso en el proceso político entre israelíes y palestinos puede ampliar la base de intereses comunes y permitir a Israel exigir un mayor apoyo de Arabia Saudí para promover iniciativas políticas y ayudar en la construcción del Estado palestino, incluso si no se logra un acuerdo integral.

Oscar Gutiérrez recogen las dudas de los países occidentales a la hora de enviar armamento a las fuerzas que intentan derrocar a Bashar al Asad, ante el temor de que las armas caigan en manos yihadistas y Siria se convierta en un nuevo Afganistán.

“Es difícil saber dónde pueden acabar las armas”, explica desde Líbano Noah Bonsey, analista del think tank International Crisis Group (ICC), “porque las que llegan a los principales grupos pueden ser vendidas o arrebatadas por facciones yihadistas”. No fueron, aparentemente, yihadistas (combatientes extranjeros guiados por la defensa a muerte del islam) los que asaltaron el arsenal de Atmeh, en manos del Consejo Militar Sirio (CMS), cúpula que reúne a los principales mandos desertores del Ejército de Bachar el Asad y que dirige las maniobras del frente rebelde con el plácet de la oposición más moderada. Tras el robo del botín está el Frente Islámico, una organización de nuevo cuño nacida al margen del Ejército Libre de Siria (ELS), formación rebelde mayoritaria, pero que se dice desligada de los grupos que combaten bajo el sello más o menos claro de Al Qaeda.

Neville Teller analiza las repercusiones que un acuerdo de paz palestino-israelí que incluya la creación de un Estado palestino tendría para un territorio de vital importancia como el Valle del Jordán, altamente sensible en términos de seguridad tanto para Israel como para Jordania. 

Como señaló recientemente ‘The Washington Post’, una generación de generales israelíes ha considerado siempre el Valle del Jordán como un flanco crucial contra cualquier invasión terrestre desde el este del país. El valle ha estado bajo control del Ejército israelí desde 1967.

(…)

El hecho es que lo último que necesita Jordania es un Estado palestino débil a quince minutos de Amán [y] que podría ser dirigido por Hamás. Los jordanos miran con aprensión la posibilidad de una Margen Occidental transferida a la Autoridad Palestina que, como Gaza, [acabe] controlada por Hamás y se convierta en una posible base de la Guardia Revolucionaria iraní y de elementos yihadistas que puedan acabar con Israel, pero también a Jordania.