Contextos

En ocho años, Obama no ha aprendido nada sobre el conflicto israelo-palestino

Por Mitchell Bard 

President Barack Obama talks with Israeli Prime Minister Benjamin Netanyahu during a phone call from the Oval Office, Monday, June 8, 2009.   Official White House Photo by Pete Souza.This official White House photograph is being made available for publication by news organizations and/or for personal use printing by the subject(s) of the photograph. The photograph may not be manipulated in any way or used in materials, advertisements, products, or promotions that in any way suggest approval or endorsement of the President, the First Family, or the White House.
"Los palestinos no están dispuestos a hacer acuerdos territoriales que conduzcan a una solución de dos Estados. Siguen apoyando la estrategia según la cual aceptarían un Estado palestino en la Margen Occidental y Gaza, pero sólo como una primera fase de la liberación definitiva de toda 'Palestina', un objetivo que reflejan en sus medios de comunicación, mapas, crucigramas, insignias de Fatah y cualquier otro lugar imaginable"

Que el presidente Obama no ha aprendido nada en los últimos ocho años sobre el conflicto palestino-israelí quedó patente en su último discurso en la Asamblea General de la ONU. En las únicas 31 palabras que dedicó al asunto, exhibió su ignorancia: “Los israelíes y los palestinos estarán mejor si los palestinos rechazan las provocaciones y reconocen la legitimidad de Israel”, dijo. “Pero Israel tiene que reconocer que no puede ocupar y colonizar el territorio palestino para siempre”.

Parece razonable, ¿no? Ambas partes son responsables del conflicto.

El problema es que no es verdad.

En primer lugar, en esa equiparación se subestima la responsabilidad palestina. Sí, los palestinos deben rechazar las provocaciones, pero también prevenir activamente el terrorismo. Deben dejar de utilizar el dinero de los contribuyentes de EEUU y Europa para pagar a los terroristas y a sus familias. Yaser Arafat dijo que reconocía a Israel, pero desde aquella carta de 1993 a Isaac Rabin quedó claro que los palestinos no aceptan la legitimidad de Israel como patria del pueblo judío.

Además, los palestinos no están dispuestos a hacer acuerdos territoriales que conduzcan a una solución de dos Estados. Siguen apoyando la estrategia según la cual aceptarían un Estado palestino en la Margen Occidental y Gaza, pero sólo como una primera fase de la liberación definitiva de toda Palestina, un objetivo que reflejan en sus medios de comunicación, mapas, crucigramas, insignias de Fatah y cualquier otro lugar imaginable.

Y lo que es peor: no han sido los israelíes con sus actos quienes han eliminado la posibilidad de una solución política al conflicto, sino la influencia del islam radical, representado sobre todo por Hamás, en la sociedad palestina. Los islamistas, que han cooptado a los líderes palestinos laicos, jamás aceptarán la existencia de un Estado judío en lo que consideran un feudo musulmán, ni consentirán un escenario en el que los judíos gobiernen sobre musulmanes.

Obama sigue sin ver estas verdades. De hecho, refuerza la mala conducta de los palestinos al seguir aportándoles excusas y manteniendo a Mahmud Abás como socio para la paz, aunque el presidente palestino haya rechazado las peticiones de Obama para negociar durante casi ocho años. Lo cierto es que nada ilustra mejor lo débil que se ha vuelto EEUU con Obama que el hecho de que un pelagatos como Abás, que depende completamente de la ayuda internacional para su supervivencia, haya contrariado constantemente a Obama negándose a negociar y yendo del presidente y los israelíes a la ONU en busca de sanciones internacionales que impongan las condiciones palestinas a Israel.

El presidente Obama también sigue haciendo una comparación sofística entre el terrorismo palestino y los asentamientos judíos. Cree de verdad que los judíos que han construido casas en un territorio que ha sido parte de la historia judía durante miles de años son comparables a los palestinos que asesinan judíos. Incluso mientras caen misiles sobre Israel, explotan bombas y se dispara, apuñala y atropella a la gente, Obama sólo sigue viendo fallos en Israel.

La verdad es que, con toda la violencia que hay en Oriente Medio, y ahora en Estados Unidos, resulta estupefaciente que la Casa Blanca y el Departamento de Estado sigan obsesionados con reprender públicamente a Israel por sus políticas de vivienda.

El nuevo desarrollo de las comunidades de la Margen Occidental es un asunto muy controvertido en la opinión pública de Israel; sin embargo, ante la falta de una iniciativa palestina para la paz, sus detractores tienen pocos argumentos a los que agarrarse. Los críticos en la izquierda de EEUU e Israel lloriquean porque el sistema político no haya producido un Gobierno que apoye sus minoritarios puntos de vista, ignorando la realidad de que es el fracaso de anteriores iniciativas de paz las causantes del giro de los votantes israelíes hacia la derecha.

Han pasado más de veinte años desde que los Acuerdos de Oslo dieran pie a las esperanzas de poner fin al conflicto. Pero la violencia palestina nunca cesó, y los compromisos territoriales adquiridos por Israel no condujeron a la paz. Cuando Israel evacuó todos los asentamientos y colonos de Gaza y dio a los palestinos la oportunidad de empezar a construir una infraestructura de Estado, quedó demostrado que la derecha israelí tenía razón cuando predijo que los palestinos se embolsarían todas las concesiones, tratarían de conseguir más cosas sin dar nada a cambio e intensificarían su actividad terrorista. Si la ocupación terminase mañana, el conflicto seguiría y los israelíes correrían un peligro más grave, porque los terroristas estarían libres de responsabilidades, y con capacidad para amenazar aeropuertos, núcleos urbanos, centros industriales y hasta la capital de Israel.

Se pueden dar argumentos contra la expansión de los asentamientos. Por ejemplo, que perjudican la posición de Israel internacionalmente; que desvían recursos militares de las  amenazas vitales; que son caros en una época en que sería mejor invertir el dinero en las necesidades domésticas; que dificultan la posibilidad de una solución política –si es que algún día la quisieran los palestinos–; y que sitúan a Israel en una encrucijada donde será cada vez más difícil seguir siendo un Estado judío y democrático, a medida que la población palestina se convierta en una minoría significativa –si no en una mayoría– entre el Mediterráneo y el Jordán.  

Aún así, no se puede ignorar la Historia. No existían asentamientos antes de 1967, y tampoco había paz. Los palestinos no estuvieron dispuestos a hacer la paz ni siquiera cuando los colonos sólo se contaban por miles. No estuvieron dispuestos a terminar con la violencia cuando Israel evacuó Gaza. Hoy, con una población de 350.000 colonos, los palestinos pueden denunciar a Israel todo lo que quieran, pero sólo podrán culparse a sí mismos. Sus posibilidades de obtener un Estado siguen disipándose a medida que se niegan a negociar y asumir compromisos. Hoy sería difícil, si no imposible, reubicar a más de 50.000 judíos de los asentamientos periféricos si los palestinos accedieran a una solución de dos Estados. Cuando el número de colonos crezca, como se espera, hasta los 500.000 en los próximos años, el acuerdo territorial será probablemente imposible.

Hay pocas esperanzas de que Obama comprenda esto en sus últimos meses, así que sólo nos queda esperar que no agrave la situación, como ha hecho en Siria, Irak, Afganistán y Libia. Lo más sensato que podría hacer es centrarse en esas catástrofes y en la constante expansión del islam radical. No soy excesivamente optimista con los candidatos, pero al menos existe la esperanza de que quien gane entienda un poco mejor el conflicto israelo-palestino y no repita los errores de los últimos ocho años.

© Versión en inglés: The Algemeiner
© Versión en español: Revista El Medio