Contextos

En Jerusalén, mientras nuestros soldados caen

Por Manfred Gerstenfeld 

Jerusalén. El Monte del Templo, desde el Monte de los Olivos.
"Me escriben amigos y contactos desde el extranjero describiéndome los incidentes antisemitas que tienen lugar en sus respectivos países, y también me hablan de las manifestaciones antiisraelíes, las cuales son manifestaciones indirectas de apoyo al movimiento islamonazi Hamás""Hemos llegado, antes o después, a la conclusión de que los Acuerdos de Oslo de 1993 con la OLP fueron un trágico error por parte de los dirigentes israelíes de entonces"

Uno de los poquísimos periódicos noruegos que se muestran amistosos con Israel me pidió que escribiera una pieza sobre cómo llevo a cabo mis actividades diarias durante el conflicto de Gaza. ¿Hago la compra y me siento seguro? ¿Visito a amigos? ¿Voy a restaurantes?, etc.

Responder a estas preguntas me ha hecho analizar detenidamente mi rutina diaria. A diferencia de lo que venía haciendo, ahora siento la necesidad de mirar cada hora una página web hebrea que ofrece las últimas noticias. Me preocupan nuestros soldados, sobre todo uno de mis estudiantes, que ha sido movilizado y se encuentra en la Franja de Gaza o cerca de ella. Como no puede usar el teléfono, ha encontrado una original forma de hacerme saber que está bien. Cada vez que publico un artículo en Facebook, le da a “Me gusta”.

Tengo algunos contactos con caídos o heridos. Conozco muy bien y desde hace muchos años al abuelo de uno de los tres jóvenes israelíes secuestrados y asesinados. El hijo de uno de los amigos de mi hijo mayor resultó gravemente herido en un brazo durante los combates. No conozco al chico, pero sí a su padre. Hace unos días, en la sinagoga nos informaron de que un soldado de nuestro barrio había muerto.

Hemos tenido una serie de alarmas por la proximidad de cohetes disparados contra Jerusalén, pero eso me preocupa menos. Voy a las escaleras del edificio y me encuentro con algunos de mis vecinos. No tenemos tiempo suficiente para llegar al refugio antibombas de nuestro edificio. 

El número de correos electrónicos que recibo ha aumentado enormemente. Me escriben amigos y contactos desde el extranjero describiéndome los incidentes antisemitas que tienen lugar en sus respectivos países, y también me hablan de las manifestaciones antiisraelíes, las cuales son manifestaciones indirectas de apoyo al movimiento islamonazi Hamás. Para ayudarme a responder a las preguntas de los periodistas paso buena parte de mi tiempo analizando el flujo de noticias. También preparo futuros artículos sobre lo que hemos aprendido en las últimas semanas acerca de Europa y de su población musulmana. No se trata sólo del creciente antisemitismo y del vilipendio de Israel, etc., sino de la aparición de los partidarios del islam genocida en la esfera pública europea. Hasta ahora, esa amenaza a los judíos y a la civilización occidental se manifestaba, fundamentalmente, en la marcha de voluntarios musulmanes para unirse a los yihadistas en Oriente Medio.

Hay incidentes en o cerca de Jerusalén. Grupos de árabes protestan de manera violenta, algunos atacan a judíos, otros destrozan parte de la red ligera de ferrocarril. Sin embargo, me entero de estas cosas por la prensa. También leo que hay árabes que se alegran cuando suenan las sirenas, y lo celebran; son las sirenas que nos avisan de que hay cohetes de Hamás aproximándose a Jerusalén.

Una de mis vecinas de arriba llama a mi puerta. Está alucinada por la experiencia antisemita sufrida por una señora de noventa años, una familiar que está en Amberes y que se rompió una costilla. El hijo de la señora llamó a urgencias, pero el médico que contestó se negó a ir. Dijo algo así como “vaya a Gaza unas cuantas horas y se le pasará el dolor”. Los médicos deben prestar el juramento hipocrático, que éste ha incumplido. Reflexiono acerca del enorme contraste que hay entre ese médico belga y los doctores israelíes que, a lo largo de los años, han tratado a muchos palestinos, incluidos terroristas asesinos. Mi vecina me dice que no podía creerse la historia. Respondí que, en la Europa de 2014, nada es increíble.

A diferencia del sur de Israel, donde caen la mayor parte de los cohetes, la vida cotidiana en Jerusalén es relativamente normal. En las últimas dos semanas he salido a comer a menudo con gente del extranjero o con alguno de mis nietos. Hace unos días me encontré con dos finlandeses. El día anterior llevé a mi nieta a cenar; acababa de regresar del campamento de verano, donde también tuvieron unas cuantas alertas de sirenas. Hago mis limitadas compras habituales en el supermercado. 

Cuando llevo a almorzar a la familia de mi hijo mayor, mi nuera me cuenta que uno de sus amigos fue a dar el pésame a la madre de un soldado caído. La madre le dijo: “Mi hijo estaba tras un vehículo que le protegía. Una mujer árabe se acercó a él con las manos en alto, y él decidió dejarla pasar. Para ello, había que mover el vehículo. La mujer pasó y, justo en ese momento, un francotirador árabe disparó y mató a mi hijo”. La madre concluyó, con tristeza: “Eduqué a mi hijo para que fuera un ser humano decente y ha muerto precisamente por serlo”.

El viernes por la noche unos amigos me invitan a cenar con un destacado líder judío norteamericano. Una de las invitadas es una periodista que escribe para un diario italiano. Por decir la verdad acerca de cómo actúa Hamás, recibe amenazas de muerte desde Italia. Las ocho personas que estamos a la mesa estamos de acuerdo: hemos llegado, antes o después, a la conclusión de que los Acuerdos de Oslo de 1993 con la OLP fueron un trágico error por parte de los dirigentes israelíes de entonces. 

Cuando acaba el sabbat, leo en internet las noticias de la prensa de Europa Occidental. Uno de los dos rabinos jefe de los Países Bajos, el rabino Binyomin Jacobs, ha declarado a los medios que muchos judíos neerlandeses se preguntan si hay futuro para ellos en el país. Cuando yo era estudiante y él un niño, le di clase en la escuela dominical hebrea. Era una época en la que los líderes de la comunidad judía holandesa pensaba en construir el futuro de la comunidad. Ahora, esa misma comunidad está pensando en si será destruida o no.