Contextos

En el centenario de Beguin

Por Eli Cohen 

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"Luchó en la II Guerra Mundial, fue hecho prisionero, perdió a su familia en el Holocausto, lideró la rebelión contra el Imperio británico, llegó a primer ministro de Israel, consiguió el premio Nobel de la Paz y acabó condenado al ostracismo por una guerra impopular""Evitó una guerra civil que habría consumado en pocos días lo que no han podido hacer los ejércitos árabes en más de medio siglo""Beguin, que por activa y por pasiva dijo que incluso aunque existiera una autonomía palestina jamás estaría a favor de una retirada israelí de Judea y Samaria, apoyó siempre que los árabes israelíes tuvieran los mismos derechos y libertades que los judíos israelíes""Con la operación Paz para Galilea, iniciada el 6 de junio de 1982, pretendía expulsar a la OLP del Líbano, acabar con la influencia siria e instalar un Gobierno cristiano amigo en Beirut"

Durante un año pasé muchas horas en el Menachem Begin Heritage Center, asistiendo a conferencias y leyendo en su nutrida biblioteca. El edificio está situado a dos pasos del barrio de Yemin Moshé, desde donde se contempla una visión excepcional de la Ciudad Vieja y donde se erigía la frontera con Jordania, que partía Jerusalén en dos. Yuval, un joven que regenta el departamento de educación del centro, confeso izquierdista y votante de Meretz, me contestó lo siguiente cuando le pregunté cómo podía trabajar allí, dada su condición política:

Independientemente de su ideología, Beguin fue un hombre de Estado.

El 16 de agosto se cumplieron cien años del nacimiento de Menájem Beguin, junto con David Ben Gurión, y tal como apunta Daniel Gordis, un líder fundamental en la creación del Estado judío. Los artículos y obituarios se han sucedido, tanto dentro como fuera de Israel. Acercarse a su figura y a su legado es, cuando menos, un recorrido apasionante y dramático por la formación y evolución de Israel, así como por la historia del siglo XX.

Beguin vivió dos vidas: la de combatiente y la de político. Ambas acabaron en tragedia, pero son esenciales para comprender el Israel moderno. Su biografía –como la de muchos otros líderes sionistas de aquel entonces– es digna de un guión de Hollywood: luchó en la II Guerra Mundial, fue hecho prisionero, perdió a su familia en el Holocausto, lideró la rebelión contra el Imperio británico, llegó a primer ministro de Israel, consiguió el premio Nobel de la Paz y acabó condenado al ostracismo por una guerra impopular.

A la temprana edad de 13 años se unió al movimiento socialista y sionista Hashomer Hatzair -al que más tarde se uniría Mordejai Anielewicz, quien lideró la resistencia judía antinazi del gueto de Varsovia–, pero pronto se pasó al derechista Betar, donde llegó a ser el protegido de Jabotinsky, padre del sionismo revisionista –y padre político del Likud–. Sus dotes de liderazgo y oratoria relucieron, y enseguida se convirtió en la cabeza de dicho movimiento en Polonia y Checoslovaquia.

Cuando los nazis invadieron Polonia, en 1939, escapó junto a muchos líderes judíos a Lituania, donde fue arrestado por el NKVD, antecesora del KGB, acusado de ser un espía del imperialismo británico. Vaya con la acusación, pensarían poco tiempo después los ingleses. Tras haber pasado tres años entre la prisión de Luziski y un campo de trabajo en Pechora (Siberia), se unió al ejército polaco del Este, conocido como el Ejército de Anders, y llegó a Palestina en 1942. Pese a que quería volver a Polonia para luchar contra los nazis, fue persuadido para quedarse y luchar en las filas del Irgún por la independencia judía. Fue el general del Ejército de Anders Michał Karaszewicz Tokarzewski quien le dio un permiso indefinido para quedarse. El mismo año, sus padres y su hermano mayor morirían a manos de los nazis en el gueto de Brest.

Es entonces cuando, debido a la reputación que se había labrado como líder de Betar, se le ofrece tomar el mando del Irgún. Así, el nuevo comandante iniciará la rebelión contra el Mandato Británico en Palestina el 1 de febrero de 1944. También entonces comenzará su legendaria rivalidad con David ben Gurión. Aquel fue un enfrentamiento perpetuo entre dos visiones del sionismo para el Israel que estaba por venir. Dicha rivalidad guarda un parecido obvio con la que protagonizan el profesor Xavier y Magneto en el mundo de los cómics, tal como ha afirmado uno de los padres de la franquicia mutante, Chris Claremont, que además declaró en unaentrevista al New York Time Magazine el año pasado que Magneto y Beguin fueron terroristas que se convirtieron en hombres de Estado. Además, ambos líderes, como los mutantes, eran enemigos íntimos. Cuenta Ned Temko que cuando, en 1956, un Ben Gurión bronquítico y encamado comunicó a Beguin que había decidido ir a la guerra junto a Gran Bretaña y Francia contra Egipto, éste se cuadró ante el primer ministro convaleciente y le dijo que aplaudía su valiente decisión y, cogiéndole la mano “como si fueran amantes”, que contara con su apoyo.  Después de la campaña de Suez, sin embargo, Ben Gurión y Beguin volvieron a sus respectivas trincheras.

Tal como me dijo Yuval o afirmó Claremont, Beguin fue un hombre de Estado con todas las letras mucho antes de llegar a ser primer ministro, incluso antes de pasarse a la política.

Como ya vimos, cuando el Ejército israelí hundió el Altalena, Beguin vio cómo su vida de combatiente por la liberación judía terminaba en un enfrentamiento fratricida. Aun así, supo que era momento de rendirse ante Ben Gurión y aceptar la completa integración del Irgún en el Tzahal, cerrando así un capítulo decisivo en el nacimiento del Estado de Israel. Aunque acabó en tragedia, el saber cuándo llegó su hora en la lucha armada fue también su gran logro como comandante del Irgún. Evitó una guerra civil que habría consumado en pocos días lo que no han podido hacer los ejércitos árabes en más de medio siglo. No obstante, su vida de combatiente es recordada por dos matanzas: la del hotel King David, cuartel general del Ejército británico, y la de Deir Yasin, un poblado árabe situado a cinco kilómetros de Jerusalén.

Pero el fin del Irgún fue el comienzo del partido político Herut –que años más tarde se convertiría en el Likud– y de casi treinta años de oposición férrea en la Knéset. En noviembre de 1948 Beguin viajó a EEUU en el marco de su primera campaña política, y fue recibido con una carta de Albert Einstein y Hanna Arendt, publicada en el New York Times, en el que se le llamaba terrorista y a su partido, fascista. Su eterno enemigo Ben Gurión, que lideró la edad dorada del laborismo israelí, le llamaba, arropado por una mayoría parlamentaria que parecía indestructible, “el payaso”.

A esas alturas del partido resultaba obvio que Beguin nunca podría derrotar a Ben Gurión políticamente. Sin embargo, jamás se rindió. Puso Israel patas arriba en 1952, mientras la Knéset debatía si aceptar la reparación económica alemana por el Holocausto. Beguin declaró que era dinero manchado de sangre, algo inaceptable. Organizó multitudinarias manifestaciones y cercó la sede del Parlamento, que en aquel entonces estaba en la calle King George. Arropado por los asistentes, muchos de ellos supervivientes del Holocausto, clamó desde su escaño contra Ben Gurión:

Cuando disparaste tu cañón hacia nosotros [en referencia al bombardeo de ‘Altalena’], di una orden: ¡No! Hoy, voy a dar otra orden: ¡Sí! Sabemos que no mostrarás ninguna compasión, pero esta vez nosotros tampoco vamos a mostrar ninguna misericordia a los que venden la sangre de nuestros hermanos y padres. ¡Esto va a ser una guerra de vida o muerte!

Las reparaciones económicas se aprobaron y Beguin sufrió otra derrota. El mismo año, empezó a publicar en el periódico del partido su mantra político, el cual resumió de la siguiente forma: libertad individual, reformas sociales e imperio de la ley. Muchos ya se frotaban las manos y veían su fin.

Pero su perseverancia siguió intacta y finalmente, poco antes de cumplir los 64 años, llegó a ser primer ministro. Había pasado 28 años haciendo oposición, toda una vida. En 1967, cuando Israel se preparaba para la Guerra de los Seis Días, aceptó formar parte de un Gobierno de unidad nacional como ministro sin cartera. Una de sus decisiones más destacadas en aquel periodo fue apoyar el nombramiento de un juez árabe de Jerusalén para la Corte Suprema, aunque no llegó a buen puerto. Beguin, que por activa y por pasiva dijo que incluso aunque existiera una autonomía palestina jamás estaría a favor de una retirada israelí de Judea y Samaria, apoyó siempre que los árabes israelíes tuvieran los mismos derechos y libertades que los judíos israelíes.

Una de las claves de la victoria de Beguin en 1977 fue el apoyo que se labró entre los judíos sefardíes y misrajíes. En uno de sus legendarios discursos durante la campaña electoral, afirmó fervientemente:

No sé qué es ashkenazí, no sé qué es sefardí. ¡Yo soy judío!

Fue Beguin, un judío yeke nacido en Polonia, el que comenzaría a derribar la élite ashkenazí del país y a integrar a los sefardíes y misrajíes. Y fue Beguin también, el más duro de los líderes sionistas, el primer político israelí en llegar a una paz estable con un país árabe.

Constantemente demostró ser un hombre de Estado.

De sus años como primer ministro, aparte de la paz con Egipto –para tal propósito, sacó a punta de fusil a los colonos del Sinaí, tarea que llevó a cabo Ariel Sharón– y de su pulso con Jimmy Carter en las negociaciones –el norteamericano, hastiado, llegó a decir en privado que Beguin estaba “loco”–, destaca el bombardeo del reactor nuclear iraquí de Osirak, que ordenó con la oposición tanto del mundo entero como del establishment israelí: Simón Peres y todos los altos generales se oponían a la acción por irrealizable y peligrosa; y porque podría desencadenar una guerra regional y enfadar a los EEUU.

Cuando Reagan, en represalia, ordenó confiscar los F-16 que había vendido a Israel, Beguin le ignoró y espetó que no habría otro Holocausto en la historia del pueblo judío. Pero diez años más tarde, en 1991, Washington se mostró agradecido, cuando fue a la guerra contra Sadam. Como relataron en 1995 el profesor de Purdue University Louis Rene Beres y el coronel Tsidon Chatto:

Si no hubiera sido por la resolución del primer ministro Beguin en 1981, los ‘Scud’ iraquíes que cayeron en Arabia Saudita o Israel podrían haber contenido radiación letal.

En la cima de su etapa como primer ministro, con una paz histórica bajo el brazo y habiendo eliminado la amenaza nuclear de Sadam Husein, comenzaron los problemas. A pesar de que su Gobierno quiso modernizar la economía mediante liberalizaciones, la inflación fue imparable. En 1979 era del 111% y en 1984 llegó al 445%. Desde la Guerra de Yom Kippur hasta 1985 –cuando Stanley Fisher y Simón Peres, entre otros, inician el plan de estabilización– fue lo que los economistas israelíes llamaron “la década perdida”. 

Con una subida de precios imparable, el vecino del norte, Líbano, estaba sumido en una guerra civil entre musulmanes y cristianos. La OLP, que atacaba periódicamente las poblaciones de Galilea y las granjas de Shebá, tenía Beirut como bastión –tras ser masacrada en y expulsada de Jordania en el Septiembre Negro de 1970– y era aliada de los musulmanes. Beguin pensaba pacificar también el País de los Cedros. Con la operación Paz para Galilea, iniciada el 6 de junio de 1982, pretendía expulsar a la OLP del Líbano, acabar con la influencia siria e instalar un Gobierno cristiano amigo en Beirut.

Lo único que consiguió fue expulsar a la OLP a Túnez. Pero la Guerra de Líbano ha pasado a la historia solamente por un suceso: las matanzas de los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila por parte de los falangistas cristianos. Unas matanzas de las que se acusó directamente a Israel y al Gobierno de Menájem Beguin. En este sentido, la nación se movilizó por completo, Paz Ahora sacó a la calle a 400.000 personas en un país de apenas cinco millones de habitantes y el Gobierno creó la Comisión Kahan para investigar lo sucedido. Ésta concluyó que el Ejército de Israel no mostró la suficiente diligencia ante el peligro que suponía el deseo de venganza de los maronitas tras el asesinato de Bashir Gemayel. Ariel Sharón tuvo que dejar la cartera de Defensa, y el Gobierno de Beguin quedó tocado y casi hundido. Tras la matanza y las acusaciones, Beguin pronunciaría una de sus frases más recordadas, sintomática del declive que estaba experimentando:

¡’Goyim’ [gentiles] matando a ‘goyim’, y acusan a los judíos!

Por aquel entonces Beguin ya iba en silla de ruedas, y los percances cardiacos se sucedían. La presión que recaía sobre su Gobierno por la economía y la guerra en el Líbano se le hizo insoportable cuando, en noviembre de 1982, murió su mujer, Aliza, con la que se casó en 1939, sólo un mes después de conocerla. Aguantó hasta agosto de 1983, cuando dejó el poder y decidió retirarse de la vida pública y escribir, como ya dijo que haría en 1951, cuando perdió las elecciones y se planteó abandonar la lucha política.

En su retiro, probablemente sintió lo mismo que cuando estaba a bordo del Altalena y entre disparos, gritos y confusión veía cómo todo su sacrificio y esfuerzo desembocaba en su peor pesadilla.

A diferencia de líderes de la nación como Golda Meir o Isaac Rabin, que fueron enterrados con todos los honores en el cementerio nacional del Monte Herzl de Jerusalén –donde también se encuentra el cementerio militar–, Beguin dejó claro que quería un entierro sencillo, íntimo, sin elogios ni guardia de honor, en el Monte de los Olivos. Pese a ello, una multitud acompañó el féretro al cementerio.

Es curioso y digno de reflexión el hecho de que Ben Gurión y Beguin, enemigos íntimos, los dos líderes más importantes de la historia del Israel moderno, se negaran a ser enterrados en el Monte Herzl. Seguramente se deba a lo que dijo cuando le recibieron en Petah Tikvah con el grito de “Beguin Melej Israel!” (“¡Beguin, rey de Israel!”) después de la exitosa operación en Osiraq, a que era solo “un hombre sencillo y corriente”. Yehuda Avner, que ha trabajado en el gabinete de cinco primeros ministros israelíes, incluido Beguin, ha dicho que éste era un líder honesto y auténtico, que nunca se puso máscara alguna. También era carismático, y tenía mucho genio.

Como dijo Thomas Friedman en 1987, fue un hombre de paz y de guerra. Un terrorista que se convirtió en hombre de Estado, al decir del mencionado Claremont.

Sea como fuere, el Estado de Israel no puede entenderse hoy sin la figura de Beguin y las decisiones históricas que tomó durante su vida.