Contextos

El triángulo Rusia-Siria-EEUU

Por Julián Schvindlerman 

El presidente de EEUU, Barack Obama.
"Putin sabe que cuenta hasta el año 2017, fin del mandato de Obama, para pasar por arriba de los Estados Unidos. La anexión de Ucrania, la intervención en Siria y la negociación con Irán pueden haber sido sólo los aperitivos de la cena que está preparando"

¿Pueden los hacedores de política de esta Casa Blanca estar tan desoladoramente despistados en su evaluación sobre las intenciones de Rusia en Siria? Dejemos que respondan con su propio eslogan de campaña: yes, we can. Vea las reacciones de Ashton Carter, el secretario de Defensa del país militar, política y económicamente más poderoso de la Tierra, ante las agresiones bélicas inconsultas de Moscú en Siria: “Quiero ser muy cauto en esto. Pero pienso que, con sus acciones, Rusia está echando más leña al fuego”. “Quiero ser cuidadoso, pero parece que [el ataque] sucedió en áreas donde no había fuerzas del Estado Islámico”.

Esta es una Administración que quiere ser cauta y cuidadosa ante un rival asertivo, ambicioso y violento como Vladímir Putin. Así le va. Incluso un hiperobamista como Thomas Friedman, del New York Times, en una nota que empieza con un alegato –”Señoría, salgo nuevamente en defensa de la política del presidente Barack Obama hacia Siria”–, debe reconocer que el inquilino de la Casa Blanca padece “ambivalencia”.

Ante los pronunciamientos adolescentes de Obama en Naciones Unidas –”Ninguna nación puede o debiera intentar dominar a otra”, “Las naciones del mundo no pueden retornar a los viejos hábitos del conflicto y la coerción”–, el jefe del Kremlin ha de desternillarse de risa. Entre carcajadas, invade Ucrania e interviene en Siria –ay– sin aprobación de la ONU.

¿Qué busca Putin en Siria? Fundamentalmente, mantener a Bashar al Asad en el poder. Rusia tiene muchos intereses en aquel país: estratégicos, culturales y económicos. El régimen baazista ha sido el aliado más cercano de Moscú en el mundo árabe por más de 40 años. Durante la Guerra Fría, decenas de miles de rusos se trasladaron a Siria, mientras que las élites sirias estudiaban en las mejores escuelas rusas. Los matrimonios mixtos eran comunes y, al momento del levantamiento sirio, se estima que 100.000 ciudadanos rusos vivían allí. Moscú también provee de armas a Damasco, y compañías rusas han invertido aproximadamente 20.000 millones de dólares allí. Abandonar a Asad supondría renunciar a estas inversiones. Es difícil imaginar un nuevo Gobierno tan amigable a Moscú en una era post-Asad.

La experta Anna Borshchevskaya indicó en una lúcida nota en Foregin Policy que Siria, limítrofe con el Mediterráneo, Israel, el Líbano, Turquía, Jordania e Irak, es el punto de apoyo más importante de Rusia en la región. “Putin ha hecho de la expansión del poderío naval ruso un pilar de su tercer mandato presidencial, y la caída de Asad significaría perder la única base militar de Rusia fuera del espacio post-soviético [Tartus]”. El apoyo a Asad encaja además en los planes de Putin de desafiar a Occidente.

Moscú ha sido un firme partidario de Asad desde el comienzo de la insurrección siria, en marzo de 2011; ha apuntalado al régimen de Damasco con armas, asesores, préstamos económicos y cobertura política en el Consejo de Seguridad de la ONU. Ahora Putin decidió involucrar a su patria en la guerra civil con su aparato militar.

“Debemos reconocer que no puede haber, después de semejante derramamiento de sangre, de semejante carnicería, una vuelta al statu quo previo a la guerra”, dice Obama. “Creemos que es un enorme error rehusarse a cooperar con el Gobierno sirio y sus Fuerzas Armadas”, asegura Putin. Mientras que el estadounidense vacila y cuando actúa lo hace sin convicción, el ruso envía aviones de combate, misiles y baterías antiaéreas. “Contra un Estado Islámico que no tiene fuerza aérea, ¿aviones y helicópteros?”, se preguntaba el analista Charles Krauthammer en el Washington Post. No, Putin no está en Siria para luchar contra estos yihadistas. Él anhela destruir a la oposición moderada a Asad, de modo que sólo permanezca el EI como alternativa al régimen damasceno, forzando así a Occidente a una elección evidente. Tal es así que durante las primeras 48 horas de bombardeos solamente atacó campamentos de rebeldes entrenados por la CIA. Y lo hizo después de haberse reunido con Obama, en su primer encuentro formal tras la marginación mundial de Rusia que siguió a su aventura bélica en Ucrania.

Putin sabe que Obama es un líder flácido. Un estadista que advierte de que “Asad debe irse” y de que el uso de armas químicas es una “línea roja” pero que hace muy poco al respecto. Putin sabe que Obama es un hombre fácil de embaucar; es sencillo hacerle creer que recompensar el mal comportamiento de Irán, por ejemplo, hará, contra todo pronóstico, que Teherán mejore su conducta. Putin sabe que Obama quiere irse del Medio Oriente y pretende aprovechar cada centímetro de espacio cedido gratuitamente por Washington en la región más estratégica del globo.

Putin sabe que cuenta hasta el año 2017, fin del mandato de Obama, para pasar por arriba de los Estados Unidos. La anexión de Ucrania, la intervención en Siria y la negociación con Irán pueden haber sido sólo los aperitivos de la cena que Vladimir está preparando… y a la que Obama ni siquiera ha sido invitado.