Contextos

El terrorismo palestino y las teorías de la conspiración

Por Jonathan S. Tobin 

Bandera de Israel en llamas.
"Si los líderes palestinos han rechazado las ofertas de paz israelíes consistente y reiteradamente durante los últimos 15 años –y, de hecho, todas las oportunidades de compromiso territorial desde los años 30 del pasado siglo– es porque su cultura política sigue estando guiada por los mismos factores que condujeron a la masacre de Har Nof la semana pasada o a los pogromos de 1929 y 1936, que estuvieron análogamente motivados por falsos rumores de actividad judía en el Monte del Templo. No es sólo que a los palestinos sus dirigentes y los medios les hayan estado imbuyendo odio durante un siglo: es que su visión del conflicto está arraigada en la creencia de que los judíos son un enemigo al que hay que expulsar del territorio"

Israel no sólo sigue impresionado por el horrible ataque terrorista palestino contra una sinagoga perpetrado la semana pasada. Casi igual de escalofriante resulta el espectáculo de odio en los barrios y ciudades árabes de Jerusalén, la Margen Occidental y Gaza: los dos terroristas que acuchillaron y dispararon contra cuatro judíos que estaban rezando y contra un policía druso están siendo tratados allí como héroes. Pero el crimen (así como las ocasionalmente violentas demostraciones de alegría y las declaraciones laudatorias por parte de dirigentes palestinos respecto al asesinato de civiles) ha sido considerado mayoritariamente por los medios como otro desafortunado ojo por ojo entre dos pueblos enfrentados. Aún peor, la motivación de los ataques terroristas, así como el aplauso que suscitan, se vincula a las protestas palestinas por los asentamientos, por su supuesta discriminación o por cuestiones financieras. Sin embargo, como muestra un informe del Times of Israel en el que se relatan los acontecimientos de la semana pasada, las explicaciones ofrecidas por el New York Times, por elegir el más destacado ejemplo de cobertura distorsionada, eluden completamente la locura que guía a este conflicto.

Según informa el Times of Israel, la génesis del ataque contra la sinagoga y sus violentas consecuencias pueden haberse visto alimentadas, en no escasa medida, por falsas informaciones acerca del asesinato de un conductor palestino de autobús. El hombre fue encontrado ahorcado en el interior de su autobús, y tanto los forenses israelíes como los palestinos dictaminaron que la muerte era obviamente un suicidio. Pero en el vivero palestino generador de rumores en el que las teorías de la conspiración sobre supuestas atrocidades judías son moneda de cambio, esto, junto a disparatadas acusaciones de violaciones de mujeres en Al Aqsa por parte de judíos, bastó para que dos hombres acudieran a una sinagoga a asesinar judíos y miles de sus compatriotas salieran a las calles para apoyar su crimen.

Se trata de un hecho significativo, porque los periodistas occidentales, como Jodi Rudoren, del New York Times, han tratado de explicar la atrocidad y el apoyo recibido por la misma vinculándolos a las críticas contra las políticas israelíes que permiten que los judíos se muden a determinadas zonas de Jerusalén o medidas fiscales municipales que pudieran afectar negativamente a los árabes. Ya he criticado la información ofrecida por Rudoren: he expuesto sus errores de percepción acerca de lo que es negociable en el conflicto, así como sus falsas afirmaciones de equivalencia moral respecto a los ataques contra lugares de culto. Seth Mandel también abordó estas cuestiones, así como las acusaciones de Rudoren de que sus críticos tienen prejuicios.

Pero lo principal aquí no es tanto la lamentable actuación de la jefa de la corresponsalía en Jerusalén del NYT como el fracaso de su periódico y de la mayoría de los principales medios escritos a la hora de profundizar en las verdaderas raíces de la furia palestina. Al obsesionarse por cuestiones políticas que encajan con las quejas de la Administración Obama hacia el Gobierno israelí, Rudoren ignoró la epidemia de odio que parece inundar las calles palestinas. Con ello no sólo no logra explicar qué impulsa a los palestinos a asesinar judíos o a vitorear semejantes acciones; además demuestra falta de comprensión respecto a por qué el conflicto en general es tan inmune a las soluciones.

Si los líderes palestinos han rechazado las ofertas de paz israelíes consistente y reiteradamente durante los últimos 15 años –y, de hecho, todas las oportunidades de compromiso territorial desde los años 30 del pasado siglo– es porque su cultura política sigue estando guiada por los mismos factores que condujeron a la masacre de Har Nof la semana pasada o a los pogromos de 1929 y 1936, que estuvieron análogamente motivados por falsos rumores de actividad judía en el Monte del Templo. No es sólo que a los palestinos sus dirigentes y los medios les hayan estado imbuyendo odio durante un siglo: es que su visión del conflicto está arraigada en la creencia de que los judíos son un enemigo al que hay que expulsar del territorio.

Los israelíes y su Gobierno no son perfectos, pero la disposición de los palestinos a creer cualquier historia de crímenes judíos tiene poco que ver con las políticas del Gobierno de Netanyahu y todo con una variante de judeofobia que se ha asentado en Oriente Medio en los últimos cien años. Aunque es posible hablar de lo que podría hacer Israel para apaciguar las ambiciones de sus rivales a fin de promover la paz, es el virus del antisemitismo el que debe abordarse si un líder palestino tiene alguna vez el valor de firmar un acuerdo de paz con los israelíes en el que se reconozca la legitimidad de un Estado judío, independientemente de dónde se tracen sus fronteras.

La locura que conduce a que haya unos cuerpos bañados en sangre sobre el suelo de una sinagoga comienza con este odio y esta paranoia que se han asentado en lo más profundo de la mentalidad palestina. Es la misma psicosis que permite que los medios y representantes de la Autoridad Palestina promuevan teorías de la conspiración y alaben a terroristas. Mientras incluso alguien supuestamente moderado como el líder de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, pueda llamar “mártir que fue directamente al cielo” a un asesino terrorista, ¿por qué debería sorprendernos que los árabes de Jerusalén y de la Margen Occidental crean que los judíos están violando a musulmanas en el Monte del Templo o asesinando a conductores de autobús, aunque se trate de crímenes imaginarios?

Mientras los principales medios de comunicación ignoren la verdad sobre la política palestina y el terrorismo, no deberá sorprendernos que su cobertura del conflicto nos diga más de su parcialidad que de lo que sucede sobre el terreno.

Commentary