Contextos

El reino, el poder y la gloria

Por Clifford D. May 

Bandera de Arabia Saudí.
"La reforma, como la política, es el arte de lo posible. En este tenso momento de la Historia, ¿hay una alternativa realista que no sea sustancialmente peor para Arabia Saudí, Estados Unidos, la región y el mundo entero?"

Arabia Saudí está cambiando. Si te dicen algo así funcionarios del Gobierno, lo tomas cum grano salis. Pero cuando los activistas pro derechos humanos saudíes dicen lo mismo, prestas más atención.

“Pasito a pasito”, describe una inteligente joven. Ha estudiado en el extranjero y se acaba de convertir en abogada. Es una de las apenas 120 mujeres admitidas en el colegio de abogados de su país, segregado por sexos.

En Arabia Saudí, las abogadas sólo pueden ejercer en el ámbito del Derecho de Familia. Pero ella cree que con el tiempo se abrirán las puertas. “Hay al menos un reconocimiento, a partir del cual debemos construir”, añade. Más aún: los dirigentes del país han adoptado un plan para reformar, si no transformar, el reino, corazón de los mundos árabe e islámico.

El interés propio es por lo general el pilar más sólidos sobre el que construir. El rey Salman ben Abdulaziz al Saud y otros miembros de la realeza –en particular el joven y dinámico príncipe heredero Mohamed ben Salman al Saud– entienden que su extraordinaria riqueza y la de su país proviene de una única fuente, el petróleo, que es extraído y vendido a industriosas sociedades foráneas.

Cuando ese petróleo se agote, o cuando unos medios de producción de energía más competitivos disminuyan su valor, ¿qué va a impedirle al desierto reclamar los palacios y mansiones de Arabia Saudí; sus bulevares, sus tiendas de Rolex, Armani y Porsche, sus restaurantes gourmet y sus elegantes mezquitas?

¿Quién pagará los salarios de los seis millones de saudíes (de un total de 20 millones) que ocupan cargos públicos no precisamente exigentes, así como los de los diez millones de trabajadores invitados extranjeros que, por sumas prácticamente ridículas, hacen el trabajo que no quieren hacer los ciudadanos saudíes? Tampoco es inconcebible que la competencia por unos recursos menguantes dé lugar al tipo de conflictos que ahora se están desatando en otras partes de la región.

Los planes saudíes de reforma fueron desvelados el año pasado bajo el título general de Visión 2030, e incluyen el Programa de Transformación Nacional. En menos de una generación, se van a recortar los subsidios y los cargos públicos, y se pretende combatir de manera eficaz la corrupción y la burocracia. Un sector privado de rápido crecimiento dará lugar a nuevas industrias y profesiones. La gente sería más libre, lo que no quiere decir que vaya a ser libre.

Visión 2030 proyecta una Arabia Saudí que sea “un país tolerante con el islam como Constitución y la moderación como método”. “Daremos la bienvenida a los trabajadores cualificados de todo el mundo y respetaremos a quienes se han unido a nuestro periplo y a nuestro éxito”. Dicho de otro modo: Arabia Saudí quiere ser una start-up nation en vez del reino bombeador.

Para eso, la economía, la cultura y, desde luego, la religión estatal –una austera interpretación del islam comúnmente conocida como wahabismo– tendrán que relajarse un poco. El año pasado, la Mutawa, la policía religiosa –que vela por que se cumplan el código de vestimenta, el apartheid por sexos y los momentos dedicados a la oración– dejó de tener potestad para practicar arrestos. Hoy, sólo observa y denuncia a los transgresores a la Policía normal.

Entre los trabajadores extranjeros hay al menos un millón de católicos romanos, que tienen prohibido fundar iglesias o rezar en público. Pero las autoridades tienden ahora a hacer la vista gorda ante los grupos que rezan en domicilios particulares. No hay que confundir el que les den permiso con que les garanticen sus derechos. “Si hay diez personas en mi casa –dice un trabajador cristiano–, hay miedo a que alguien llame a la puerta”.

También deben producirse cambios en la escena internacional. Durante la década de 1980 y 1990, Arabia Saudí dio lo que ahora se reconoce como un paso de gigante en la dirección incorrecta. Tras la revolución islámica de Irán en 1979 y, ese mismo año, el asedio a La Meca, una sangrienta revuelta de los que podrían denominarse ultrawahabíes, los miembros del Familia Real se vieron obligados a demostrar su compromiso con la yihad. Se gastaron miles de millones de dólares en construir mezquitas y madrazas en el extranjero y en enviar a clérigos que odiaban a los infieles e incitaban al terrorismo a predicar y dar clase en ellas.

Uno de los frutos fue Al Qaeda, a la que un cándido intelectual saudí llamó “monstruo de Frankenstein”. Muchos estadounidenses no han olvidado que 19 de los 22 “extremistas violentos” que atacaron Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001 eran ciudadanos saudíes. ¿Aún hay potentados saudíes financiando a yihadistas? Es casi seguro. Pero los diplomáticos estadounidenses creen que el Gobierno saudí está ya fuera de ese negocio.

Aunque Israel es un vecino al que la mayoría de los saudíes ve con poca simpatía, las continuas matanzas en Siria, Irak, el Yemen, Libia, Afganistán y otros lugares del mundo islámico parece haberles causado impresión. Pocos saudíes sofisticados siguen diciendo que el Estado judío es la raíz de todos los males. Son muy conscientes de que la República Islámica de Irán representa una amenaza existencial para ambos países. Y si dice que ahora funcionarios de uno y otro están cooperando discretamente en inteligencia y seguridad.

La realeza también se está dejando la piel en alentar al poderoso establishment wahabí a que se modere y adopte una interpretación más liberal de la sharia, la ley islámica. Esos esfuerzos no han sido completamente exitosos. Se sigue cargando contra judíos y cristianos desde algunos púlpitos saudíes. Los ateos son vistos como terroristas. Y los libros de texto utilizados en las escuelas, dentro y fuera del país, no han sido completamente purgados de pasajes pensados para inspirar animosidad hacia los no creyentes. Lo mejor que se puede decir es que ha habido alguna mejoría.

Si Visión 2030 prospera, Arabia Saudí será más próspera, más estable y menos brutalmente represiva que la mayoría de los países musulmanes de Oriente Medio. Los saudíes trabajarían estrechamente con los estadounidenses y otros para hacer frente a los yihadistas y para frustrar, y tal vez derrotar, el imperialismo iraní.

La reforma, como la política, es el arte de lo posible. En este tenso momento de la Historia, ¿hay una alternativa realista que no sea sustancialmente peor para Arabia Saudí, Estados Unidos, la región y el mundo entero?

© Versión original (en inglés): Foundation for Defense of Democracies (FDD)
© Versión en español: Revista El Medio