Contextos

El problema de las revoluciones egipcias

Por Nonie Darwish 

Corán
"Ése es el principal problema en la mayoría de los países musulmanes: la difícil elección entre un Gobierno civil o militar 'infiel' y una teocracia totalitaria islámica""No es una coincidencia que el islam imponga que todos los musulmanes deban ser regidos por la sharia y declare que todos los Gobiernos seculares, hechos por el hombre, no por Alá, son una herejía y una abominación""Muchos egipcios admiten que se mantenga la sharia en la Constitución, aunque sólo sea simbólicamente. Pero ¿cómo pueden tener la ingenuidad de creer que pueden ignorar sus leyes constitucionales? Mientras la sharia siga en los libros, aunque sea ignorada, el país nunca podrá tener verdadera estabilidad y libertad""Sólo queda esperar que esta dictadura militar no sea como otras, que prometen elecciones y libertad pero siguen siendo autocracias durante décadas"

La última revolución egipcia, la segunda en dos años, es síntoma de un problema profundamente arraigado en el islam. Egipto está al borde de una guerra civil para resolver una tensión interminable entre lo que el islam exige y lo que la gente realmente quiere.

Ése es el principal problema en la mayoría de los países musulmanes: la difícil elección entre un Gobierno civil o militar infiel y una teocracia totalitaria islámica. El problema se agrava cuando la mayoría de los egipcios se consideran tanto musulmanes como amantes de la democracia, pero se niegan a ver que el islam y la libertad no pueden coexistir. ¿Cómo puede producir el islam una democracia en sitio alguno, cuando la libertad de expresión y de credo están prohibidas, cuando no hay una justicia libre e independiente y los derechos de las mujeres, de las minorías y de los no musulmanes están suprimidos legalmente?

El islam tampoco puede renunciar al control del Gobierno: desde su concepción, ha carecido de confianza en su supervivencia sin imposición gubernamental. Como afirmó el pasado invierno en la televisión egipcia el jeque Yusuf al Qaradawi, líder de los Hermanos Musulmanes:

Sin las leyes de “muerte por apostasía”, sin las leyes de apostasía, el islam habría fracasado tras la muerte de Mahoma, porque de otra forma la gente no habría permanecido en esta religión.

Por tanto, no es una coincidencia que el islam imponga que todos los musulmanes deban ser regidos por la sharia y declare que todos los Gobiernos seculares, hechos por el hombre, no por Alá, son una herejía y una abominación.

Las mezquitas están muy ocupadas enseñando cómo llevar a cabo la yihad, odiar a los judíos y maltratar a los cristianos, así que sus imanes no dedican tiempo a predicar sobre los valores de la paz y de la confianza como fundamentos de una sociedad ordenada o de una civilización. Debido a esa educación islámica, los musulmanes que aspiran a la libertad son incapaces de construir un sistema de valores con el que alcanzarla.

El dilema egipcio no es nada nuevo, pero las buenas noticias son que por fin el país está despertando al hecho de la tiranía que trae consigo la sharia, especialmente si se la convierte en el fundamento de una Constitución. Pese a este despertar, ni un solo rebelde de la plaza Tahrir fue capaz de llevar abiertamente un cartel que dijera: “La sharia debe ser declarada nula y sin efecto”. La mayoría de los egipcios aún cree que decir eso sería un acto de apostasía que podría ser castigado con la muerte.

Todos las encuestas actuales muestran que la abrumadora mayoría de los egipcios aún apoya la sharia, o al menos dice que lo hace. Ahí es donde reside el problema: las leyes de una sociedad reflejan su moralidad. Los egipcios no pueden fingir que pueden tener a la vez sharia y libertad, o que sus leyes no tienen que coincidir con su estilo de gobierno y con lo que les haga sentirse cómodos. Según la sharia, un jefe de Estado musulmán ha de gobernar según las normas islámicas y debe preservar el islam en su forma original; de lo contrario, deberá ser apartado del cargo. La ley islámica no ofrece a un dirigente musulmán más alternativa que aceptar, al menos oficialmente, que la sharia es la ley del país, o si no lo apartarán de su puesto. También obliga a los musulmanes a deponer a cualquier dirigente que no sea musulmán. Debido a ese mandato, los dirigentes musulmanes deben jugar a aparentar ser islámicos y antioccidentales, mientras tratan de llevarse bien con el resto del mundo. Es un juego de vida o muerte para ellos.

Debido a esta misma severidad, muchos egipcios admiten que se mantenga la sharia en la Constitución, aunque sólo sea simbólicamente. Pero ¿cómo pueden tener la ingenuidad de creer que pueden ignorar sus leyes constitucionales? Mientras la sharia siga en los libros, aunque sea ignorada, el país nunca podrá tener verdadera estabilidad y libertad. Incluso con revoluciones, los egipcios podrán lograr sólo cambios cosméticos insustanciales; cambios en el nombre del país, en la bandera, en el himno nacional o incluso en lo relacionado con vestir o no el hiyab.

Pese a que los egipcios siempre se mostraron entusiastas a la hora de acabar con un régimen o con un dictador, nunca lo hicieron si se trataba de cambios en los fundamentos religiosos, culturales y morales del país. Sea en la revolución de 1919, en la de 1952 o en la de 2011, el cambio logrado siempre ha sido superficial, o para peor. De algún modo, siempre que alcanza la ideología religiosa subyacente, el cimiento sobre el que se erigen sus sistemas, la mentalidad musulmana se paraliza.

El resultado es una mayoría de ciudadanos confusos cuya confianza se ha visto destruida, con unos valores morales en conflicto y el concepto de la realidad distorsionado. ¿Durante cuánto tiempo puede seguir sin detectarse esta existencia alterada? Lleva 1.400 años sin derrumbarse, pero ¿podrá ser esta última revolución la grieta en la opresión de la sharia?

Los laicos egipcios han logrado dar un gran paso en su lucha contra los Hermanos Musulmanes, pero ¿podrán mantenerlo? La Hermandad está profundamente arraigada en la mentalidad egipcia, y ha jurado perpetrar un baño de sangre contra cualquier Gobierno secular.

Para que un Gobierno laico permanezca en el poder necesita volverse tiránico y encarcelar a los miembros de los Hermanos Musulmanes. Es lo que ha empezado a suceder: se emitieron órdenes de detención contra 300 de ellos horas después de que Morsi fuera depuesto.

Egipto está de nuevo en la casilla de salida. Una dictadura militar es, al menos por el momento, la única solución que puede mantener y sustentar un cierto grado de laicismo, ante el constante asedio que sufren los derechos humanos, la libertad religiosa y la democracia por parte del islamismo. El mismo que ha sufrido la Declaración Universal de Derechos Humanos de Naciones Unidas, que el 5 de agosto de 1990 fue rechazada por la Organización de la Conferencia Islámica (OCI) y sustituida por la Declaración de El Cairo de los Derechos Humanos en el Islam, la cual, en su artículo 24, concluye:

Todos los derechos y libertades estipulados en esta declaración están sujetos a la sharia.

Por su parte, el artículo 19(d) establece:

No habrá crimen o castigo excepto en lo que establezca la sharia.

Sólo queda esperar que esta dictadura militar no sea como otras, que prometen elecciones y libertad pero siguen siendo autocracias durante décadas.

Gatestone Institute