La Librería

El piloto de Arafat

Por Juan Antonio Cabrera Montero 

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"El libro que nos presenta la periodista italiana Lucilla Quaglia se centra en las peripecias –el término puede parecer frívolo, pero dadas las circunstancias se ajusta perfectamente a la realidad– que su padre, el piloto Marcello Quaglia, vivió/padeció como piloto personal de Arafat durante cinco años. Un período harto interesante en la historia reciente de Oriente Medio, de 1988 a 1993"

Pocas sonrisas han cautivado a la opinión pública internacional durante tantos años como la de Yaser Arafat. Héroe para muchos, tanto en el mundo árabe como en Occidente, el personaje esconde más incógnitas que certezas; es complicado, ciertamente, saber qué se escondía bajo la kefia del que fuera icono del pueblo palestino durante décadas. Terrorista, líder político, esperanza y amenaza para la paz… un hombre controvertido cuya herencia no pudo ser otra que caos y cortoplacismo.

El libro que nos presenta la periodista italiana Lucilla Quaglia se centra en las peripecias –el término puede parecer frívolo, pero dadas las circunstancias se ajusta perfectamente a la realidad– que su padre, el piloto Marcello Quaglia, vivió/padeció como piloto personal de Arafat durante cinco años. Un período harto interesante en la historia reciente de Oriente Medio, de 1988 a 1993.

La autora se esfuerza continuamente en subrayar que no se trata de un libro político, como tampoco lo son los diarios de su padre. Sin embargo, se abre con las reflexiones de Massimo D’Alema y Gianfranco Fini, para dar gusto a los lectores italianos tanto de izquierdas como de derechas. Fini no hace sino repetir tópicos –algo normal en alguien que ha pasado del ámbito neofascista a un insustancial centro político y que acaba de ser despedido del mismo Parlamento que presidió hasta hace pocos meses–; por su parte, D’Alema, que trató más con Arafat, traza una semblanza más verosímil, pero que no llega a convencer por su tibieza.

Lo cierto es que desligar la vida de Arafat de su quehacer político es imposible. Los destinos de sus numerosos vuelos no eran precisamente turísticos. Quaglia no presenta una relación exhaustiva de los mismos, con lo que nos priva de la auténtica agenda del personaje. Habría sido interesante conocer la fecha y duración de algunos viajes en los que seguramente se iba tejiendo la actividad política del líder palestino. Estas lagunas y el hecho de que se presenten los hechos de manera aséptica, impersonal y totalmente acrítica hacen que la calidad de la obra no llegue a colmar las expectativas.

Marcello Quaglia se mantenía siempre, como es lógico, en un segundo plano. No podemos exigirle que nos cuente el contenido de las conversaciones entre Arafat y sus interlocutores. Cuando va más allá del típico volamos-de-tal-sitio-a-tal-otro o de las condiciones no siempre ideales en que se desarrollaron los vuelos, la familia Quaglia recurre al manual de descripción del líder perfecto: nos describe a un entrañable Arafat desvelado por el futuro de su pueblo, preocupado por las dificultades que padecen sus compatriotas, interesado en la paz… y admirador de Tom y Jerry; sí, también tenía corazón, aunque lo cierto es que la serie le gustaba porque el pequeño ratón lograba siempre poner en dificultad al gato –esperamos ahora con ansia otro libro: El psicoanalista de Arafat–.

El comandante Marcello aceptó esta misión porque trabajaba en una empresa que se dedicaba a ello; había sido piloto circunstancial de muchas personalidades políticas internacionales, mayoritariamente italianas. Lo que no queda claro es por qué, a pesar del trato que le dispensó Arafat, continuó trabajando para él. Seguramente el salario no era pequeño y compensaba con creces la fatiga y el peligro que entrañaba llevar de un lugar a otro a quien nunca se fio de nadie.

Merece la pena recordar una anécdota que a más de uno le hubiera hecho poner abruptamente fin a semejante relación contractual. Se trata de un oscuro episodio que la autora sitúa en Bagdad, aunque por lo que narra en otros lugares del libro podría haberse producido en Damasco, ya que en diferentes ocasiones y por motivos de seguridad Arafat no llegaba directamente a su destino en avión, sino que parte del trayecto lo realizaba por carretera. Sea como fuere, no hay más datos ni fechas, Arafat tenía que regresar a Túnez tras uno de sus encuentros con Sadam Husein y los pilotos italianos fueron informados de que deberían volver directamente y de vacío a Roma sin pasar por Túnez, ya que del viaje de retorno del rais se ocuparía un avión fletado por el Gobierno sirio. El comandante Quaglia y su copiloto, una vez realizados los controles previos al vuelo, emprendieron viaje con destino al pequeño aeródromo romano de Ciampino. La sorpresa fue que, al poco de alcanzar la cota de altura prevista, saltó la alarma que indicaba problemas con el carburante.

Lograron hacer un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto chipriota de Larnaca. Allí comprobaron que el mecanismo que permite la circulación del carburante entre los depósitos había sido manipulado. Un sabotaje más que se unía a la larga lista de atentados frustrados contra Arafat. Lo curioso del caso es que Arafat, en otro viaje posterior, se reunió con Quaglia poco antes del despegue y, con un tono de pena y pesar, le pidió disculpas:

Comandante, conocía perfectamente el sabotaje sufrido por su avión, pero pensé que no sucedería nada grave, dado que el aparato, sin pasajeros, resultaría mucho más ligero, y que con su destreza saldría de aquella fea situación.

A la pregunta del italiano sobre por qué no había sido informado, el risueño Arafat respondió:

No podía poner en riesgo a mis servicios de inteligencia. Quienes forman parte de él arriesgan su vida todos los días.

A pesar de la inicial perplejidad, el comandante Quaglia siguió siendo el piloto de Arafat. Interrumpió su colaboración únicamente cuando su identidad fue desvelada: una bella periodista árabe, que cautivó con sus encantos a su copiloto, logró una serie de sustanciosas informaciones que fueron inmediatamente filtradas. Se habían desplazado a Túnez para seguir las labores de búsqueda del Antonov en el que viajaba Arafat y que se estrelló en el desierto de Libia. El rais sobrevivió, pero Quaglia tuvo que renunciar al puesto poco después. Ya no era de fiar.

Lucilla Quaglia, Il pilota di Arafat. I Libri del Borghese, Roma, 2012, 148 páginas.