La Librería

‘El Palestino’, una decepción

Por Eli Cohen 

portada-el-palestino
"Cuando acabamos el libro, pidiendo la hora desde muchos capítulos atrás, sacamos varias cosas en claro. La primera, algo que no nos sorprende: en Venezuela terroristas internacionales se mueven como peces en el agua; la segunda, que los occidentales somos unos xenófobos desconsiderados y maniqueos al abordar el fenómeno islamista; la tercera, que el autor –como recalcó en una entrevista en 'La Vanguardia'– no justifica el terrorismo indiscriminado propio de los islamistas pero lo comprende"

En el año 2003 el periodista que se oculta bajo el pseudónimo Antonio Salas se ganó la admiración de los de mi generación. Diario de un skin fue el libro que todos leímos ese año, y, además de la extensión del fenómeno neonazi en España –que cualquiera creía relegado a unos cuantos rapados con la mano en alto en las gradas de los estadios–, nos sorprendieron las agallas del tal Salas.

A los que nos tocaba de cerca el movimiento neonazi, porque éramos sus víctimas potenciales, nos dio por indagar sobre Antonio Salas y su libro. Mis pesquisas no hicieron sino acrecentar mi simpatía por el personaje al saber que su principal fuente de inspiración había sido el trabajo del militar y periodista israelí Yaron Svoray, que se infiltró seis meses en el movimiento neonazi alemán para producir su obra La sombra de Hitler.

Así pues, Antonio Salas era una especie de heraldo de la investigación, un periodista valiente dispuesto a comprender qué mueve a movimientos llenos de odio y furia como el neonazi.

En su siguiente obra, El año que trafiqué con mujeres, volvió a meterse con éxito en los entresijos de una red criminal y sin escrúpulos, y dejó claro una vez más que iba completamente en serio.

Por ello, cuando en 2010 se publicó El Palestino muchos no tardamos en acudir a una librería y comprar un ejemplar, ansiosos de ver qué había descubierto el señor Salas en sus años como infiltrado en el las redes internacionales del terrorismo islamista. Pero si en las ocasiones anteriores había desvelado una información muy valiosa para luchar contra los nazis y contra las mafias, en cambio aquí toda la investigación desembocaba en una relación de comprensión y afecto, una renovación del mito del buen salvaje.

Después de los atentados del 11-M, Antonio Salas lo vio claro. Su próximo destino iba a ser el terrorismo islamista, muy en boga entonces (también el 11-S y el 7-J seguían bien presentes en el imaginario occidental). Así, después de intentar estudiar árabe y juzgarlo harto complicado –sobre todo porque no podía despojarse de su acento español y jamás habría pasado por nativo–, se hará un perfil a la medida. Se convierte, pues, en Muhamad Abdalah, un palestino nacido en Venezuela con orígenes en el pueblo de Burqyn, cerca de Yenín. Un palestino que ha visto cómo su mujer era asesinada por las fuerzas ocupantes israelíes y emprende un viaje que le transformará para siempre.

Es lógico que Salas empatice con la causa islamista si va a infiltrarse en sus redes internacionales. Es una consecuencia lógica de construir un personaje creíble y, sobre todo, es un seguro de vida en muchas ocasiones. Aun así, lo más relevante, y a la vez más decepcionante, del libro es la mencionada simpatía y comprensión que muestra hacia la causa islamista.

Al principio de su infiltración, Salas no deja de repetir que antes de que llegara a Palestina se creía “a pies juntillas la versión israelí del conflicto”, y enfatiza en varias ocasiones que pensaba que los palestinos eran todos terroristas que cometían atentados contra los sufridos israelíes. Pero luego no deja de referirse a Jerusalén como Al Quds, y afirma que “la mayor parte de la resistencia palestina no es terrorista, y ni siquiera es musulmana”.

El relato adquiere interés cuando viaja a Jordania o se adentra en territorio de Hezbolá, en Haret Hreik, Beirut. Sin embargo, en Oriente Medio sólo estará de paso, para crear el personaje de Abdalah. Donde de verdad llega a hacer sus pinitos en las redes terroristas, según su investigación, es en Venezuela, cuando se convierte en protegido de ílich Ramírez Sánchez, más conocido como Carlos el Chacal, y se codea con líderes de las FARC, Heizbolá-Venezuela y ETA, que campan a sus anchas por el país bolivariano. Cuando pasa por los territorios palestinos es solo para recalcar lo malos que son los israelíes, y como mayor logro exhibe haber pasado un equipo de cámara oculta por un puesto de control israelí.

En Diario de un skin Salas incluyó informaciones relevantes como la colaboración entre el islamismo y los neonazis, mencionó la revista Handschar –nombre de la unidad de las SS integrada por voluntarios musulmanes–, que aunaba los dos movimientos, y refirió el porqué de esa alianza que, ideológicamente, resultaba contranatura: tenían un enemigo común: los judíos. En El Palestino vuelve a tratar la alianza entre terroristas islámicos y neonazis, y sorprenderá a más de uno al describir la colaboración entre un icono del terrorismo de extrema izquierda como el Chacal con los nazis –no sólo con los palestinos que lucharon en las SS de la mano del gran muftí de Jerusalén, aliado de Hitler–. Salas cuenta que esta alianza entre ultraizquierdistas, nazis e islamistas tuvo un delirante momento estelar en la conferencia para la negación del Holocausto que montó el infame expresidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, allá por diciembre de 2006. De nuevo, no es complicado averiguar la razón de tal convergencia.

Muhamad Abdalah, es cierto, muestra lo indulgente que ha sido el Gobierno chavista con los movimientos terroristas de todo el mundo; pero su historia acaba convirtiéndose en una denuncia contra la islamofobia occidental y, por último, en un ejercicio de comprensión del terrorismo islamista. Según leemos en sus disertaciones personales o en entrevistas como la que le hace a Ibrahim Abayat, el terrorista palestino que secuestró la iglesia de la Natividad (Belén) en 2002 y ahora vive en Zaragoza, los terroristas palestinos no serían sino víctimas, monstruos de Frankenstein creados por la ocupación israelí.

Cuando acabamos el libro, pidiendo la hora desde muchos capítulos atrás, sacamos varias cosas en claro. La primera, algo que no nos sorprende: en Venezuela terroristas internacionales se mueven como peces en el agua; la segunda, que los occidentales somos unos xenófobos desconsiderados y maniqueos al abordar el fenómeno islamista; la tercera, que el autor –como recalcó en una entrevista en La Vanguardia– no justifica el terrorismo indiscriminado propio de los islamistas pero lo comprende.

Salas, ciertamente, abunda en algo esencial para entender el fenómeno, y la simpatía que despierta en muchos occidentales. Él cree que es comprensible que un joven palestino se coloque un chaleco bomba y se inmole en una cafetería llena de civiles. Desgraciadamente, mientras esta manera de ver las cosas siga prevaleciendo en Occidente, mientras los terroristas tengan esta coartada, será muy difícil acabar con el conflicto entre israelíes y palestinos y, sobre todo, con las redes terroristas islamistas en todo el mundo.

Antonio Salas, El Palestino, Temas de Hoy, Madrid, 2010, 720 páginas.