Contextos

El país ausente

Por Marcelo Birmajer 

Bandera de Israel.
"Buscándolo en Google descubro que frecuenta un antisionismo moderado. Cuando la flotilla colaboracionista de Hamás intentó arribar a las costas de Gaza en 2010, Chabon escribió un indignado artículo contra Israel, declarando que los judíos eran hipócritas al considerarse especiales y Pueblo Elegido, al tiempo que, a la hora de defenderse, exigían que se les respetara su derecho a la autodefensa como a cualquier otro pueblo""Quizás Chabon no reconozca la singularidad del pueblo judío en sus méritos colectivos, pero lo invitó a reflexionar sobre cuán singular es este pueblo en cuanto a sus expresiones de autoodio individual"

Como lector, doy a los libros que adquiero el tratamiento que se le da a un vino: los leo en el momento, como un tinto joven; o los dejo reposar durante años. Cuando finalmente los leo, reparo en el año en que lo compré, y lo considero de la cosecha de ese año. Me compré Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, novela del por entonces joven autor norteamericano Michael Chabon, en 2001, en Madrid. Lo comencé en Buenos Aires en abril de este año 2014, y lo terminé en los primeros días de junio. Es un voluminoso tomo de 600 páginas. La idea inicial es muy buena, pero el desarrollo no siempre le hace justicia. Chabon retrata el mundo del cómic norteamericano, y la poderosa participación de los judíos nativos o residentes en USA en ese arte, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, durante la misma y en las postrimerías. Hay una jugosa pero finalmente desaprovechada equivalencia entre Superman y el Golem del rabino de Praga, ambos creados por judíos.

Los dos protagonistas, ambos judíos, son Kavalier, un escapado de la Checoslovaquia ocupada por los nazis, encargado por la comunidad judía de Praga de salvar al Golem, que pierde a la mayor parte de su familia en la Shoá y a su hermano menor en un barco hundido por los nazis; y Clay, un joven judío nativo norteamericano, y gay. Ambos pergeñan un atractivo personaje de cómic llamado El escapista, quizás uno de los mejores personajes del libro, lo mismo vale para la calidad de su muy bien contado origen ficticio. El libro padece baches de intensidad y su ambición de contar una época, completa y cartográficamente, quizás le juega en contra. Pero, paradójicamente, su peor fracaso es una ausencia, una omisión. Un vacío que parece imposible que se deba a una distracción o a un descuido. 

La novela de Chabon relata el destino de los judíos de Europa Oriental y de Norteamérica en esos años decisivos y fatídicos. Como el título del monumental libro de Raul Hilberg: La destrucción de los judíos de Europa.

En ese contexto, Chabon se demora, justificadamente, en las fantasías que tejen, a través del cómic, los judíos americanos y sus pares europeos recién llegados, en su anhelo por rescatar a su pueblo: superhéroes todopoderosos que, a diferencia del Todopoderoso, impedirían que los nazis asesinasen y sometiesen a las peores iniquidades a la mitad de los judíos del planeta. Un superhéroe ficticio a la altura del Mal cuasi inverosímil que sucedió en la realidad. 

A lo largo de su prolongada novela, Chabon es generoso en su repaso histórico: la guerra civil española, la vida artística y política norteamericana, Dalí en Nueva York, Orson Welles. Es un fresco entre fines de los 30 y comienzos de los 60. Pero hay una ausencia elocuente, brutal, chirriante: en ningún caso aparece Israel.

Los judíos americanos, en la novela de Chabon, ya sean nativos, primera o segunda generación, o llegados de Europa, se desesperan, se interesan, o son indiferentes, a la suerte de su hermanos europeos. Pero ninguno se entera de que existe un emprendimiento sionista en el territorio del Mandato Británico en Palestina, en cuyo seno podrían salvarse quienes arriben. No sólo no hay sionistas en la novela de Chabon: termina la guerra, transcurren los años cincuenta, llegamos a los 60, e Israel no aparece. No se funda. No sobrevive. No es un comentario en los diarios, no hay una referencia política, cultural ni social. Es cierto: ningún judío está obligado a incluir a Israel en sus novelas. Pero para narrar la historia de los judíos europeos y norteamericanos entre comienzos de la Segunda Guerra y fines de los cincuenta y no incluir a Israel hay que hacer un esfuerzo titánico, sobrenatural. También infame. Chabon menciona a buena parte de los países del globo terráqueo, entre ellos Argentina. Pero no tiene un solo espacio en su novela de 600 páginas para escribir la palabra Israel.

Buscándolo en Google descubro que frecuenta un antisionismo moderado. Cuando la flotilla colaboracionista de Hamás intentó arribar a las costas de Gaza en 2010, Chabon escribió un indignado artículo contra Israel, declarando que los judíos eran hipócritas al considerarse especiales y Pueblo Elegido, al tiempo que, a la hora de defenderse, exigían que se les respetara su derecho a la autodefensa como a cualquier otro pueblo. En su novela El sindicato de policía idish, de 2007, especula sobre la destrucción de Israel.

Debo confesar que, ponderando los desafíos y los logros de Israel, tiendo a considerarlo un país especial, que afrontó peores circunstancias y alcanzó mayores niveles de civilidad que la mayoría de los países sobre que los que he leído. Pero, aun cuando no se comparta mi opinión, cualquier persona medianamente sensata reconocerá que no se puede narrar la historia de los judíos entre 1939 y 1960 sin Israel. Es curioso que Chabon no incluya a Israel en su novela preliminar y lo destruya en su novela posterior. Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay ganó el premio Pulitzer. Es asombroso, con ese hueco ominoso, que lo haya ganado. Quizás Chabon no reconozca la singularidad del pueblo judío en sus méritos colectivos, pero lo invitó a reflexionar sobre cuán singular es este pueblo en cuanto a sus expresiones de autoodio individual.