Contextos

El Monte del Templo y las 'respuestas desproporcionadas'

Por Maurice Ostroff 

Mezquita de Al Aqsa en el Monte del Templo
"Se esté o no de acuerdo con las acciones del rabino Glick, incluso si se considera que resultan provocadoras, ni por lo más remoto se parecen a las histéricas descripciones que algunos creadores de opinión hacen de ellas. Y, por supuesto, no justifican el intento de asesinarlo. En un discurso incendiario pronunciado en Ramala en el décimo aniversario de la muerte de Yaser Arafat, el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, advirtió en contra de la modificación del 'statu quo' pese a las insistentes declaraciones del primer ministro Netanyahu de que no se va a alterar el mismo. Además, cuando Israel cortó el acceso al Monte durante un día en un intento de acabar con la violencia, Abás denominó a eso una 'declaración de guerra'"

Ya que los expertos que afirman comprender el conflicto árabe-israelí acusan regularmente a Israel de “responder de manera desproporcionada”, resultaría interesante saber si estos creadores de opinión consideran que los actuales ataques contra los judíos de Jerusalén son una respuesta proporcionada a los activistas que desean orar en el Monte del Templo.

¿A qué se debe toda esta violencia física y verbal? El vigente statu quo permite que los judíos visiten el Monte del Templo, pero no que recen allí. A título informativo, señalemos que el Monte del Templo, considerado el lugar en el que se alzaban el Primer y el Segundo Templos, es el lugar más sagrado del mundo para los judíos. Los musulmanes, a su vez, creen que unos 550 años después de la destrucción del Segundo Templo Mahoma voló hasta el lugar donde antaño se alzaba aquél montado en un caballo alado llamado Burak, y desde allí voló hasta el cielo para suplicar a Dios antes de regresar a La Meca. La mezquita de Al Aqsa y la Cúpula de la Roca están edificadas sobre el Monte, que es en la actualidad el tercer lugar más sagrado para los musulmanes.

En 1948 Jordania ocupó la Margen Occidental y Jerusalén Oriental, donde se alza el Monte del Templo, y se los anexionó en 1950. Dicha anexión fue considerada ilegal y nula por la Liga Árabe y por todos los países, excepto Gran Bretaña, Irak y Pakistán.

Mientras Jordania controló el lugar se negó a respetar los términos del Acuerdo de Armisticio de 1949 con Israel, según los cuales se debía permitir libre acceso a los lugares sagrados de Jerusalén, a sus instituciones culturales y al Monte de los Olivos. A los judíos se les prohibió entrar en la Ciudad Vieja y se les negó el acceso al Muro Occidental y a otros lugares sagrados. Fueron destruidas sinagogas y se emplearon lápidas para construir letrinas. También los cristianos resultaron perjudicados.

En cambio, cuando Israel asumió el control de Jerusalén Este en 1967, tras la Guerra de los Seis Días, mostró un extremado respeto por la religión islámica. En un acto conciliatorio, Moshé Dayán ordenó la retirada de los paracaidistas que habían liberado el Monte y el arriado de la recién izada bandera israelí. Llevó a cabo disposiciones, el statu quo actual, que establecían que el Waqf musulmán seguiría gestionando el lugar, mientras que la Policía israelí se ocuparía de la seguridad. A los no musulmanes, incluidos los judíos, se les permitiría la visita al recinto pero, curiosamente (y quizá de forma un tanto ingenua), no podrían orar allí.

Ahora, sin embargo, algunos judíos religiosos que veneran este lugar sagrado se sienten irritados por esa condición que aún subsiste, que proscribe las oraciones judías en el Monte. Un grupo de activistas, liderado por Yehuda Glick, lleva años orando allí en silencio.

Se esté o no de acuerdo con las acciones del rabino Glick, incluso si se considera que resultan provocadoras, ni por lo más remoto se parecen a las histéricas descripciones que algunos creadores de opinión hacen de ellas. Y, por supuesto, no justifican el intento de asesinarlo. En un discurso incendiario pronunciado en Ramala en el décimo aniversario de la muerte de Yaser Arafat, el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, advirtió en contra de la modificación del statu quo pese a las insistentes declaraciones del primer ministro Netanyahu de que no se va a alterar el mismo. Además, cuando Israel cortó el acceso al Monte durante un día en un intento de acabar con la violencia, Abás denominó a eso una “declaración de guerra”. Y afirmó que activistas como Glick, que desean compartir el recinto para orar, con tolerancia y respeto mutuos, estaban “contaminando” el lugar santo.

Resulta preocupante que la portavoz del Departamento de Estado norteamericana, Jen Psaki, y el secretario de Estado Kerry parecieran aceptar esa respuesta incendiaria y no consideraran que merecía un comentario.

Pero, por supuesto, cuando Israel construye una casa en Jerusalén Este o emplea la fuerza para detener el asesinato de sus ciudadanos comete un ultraje que Estados Unidos condena inmediatamente. Para que luego digan de las respuestas desproporcionadas.

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